En el Museo Numantino de Soria, cuya construcción culmina en 1923, en la época de Miguel Primo de Rivera, podemos ver una inscripción epigráfica, procedente de un muro de la Iglesia de San Pedro de Yanguas, en el que encontramos el teónimo celtibero en dativo de provecho “Atemniae”. En Yanguas, territorio de los celtiberos pelendones, se documenta asimismo el culto a las Matres. Efectivamente estamos ante una divinidad celtibera y, por tanto, indoeuropea, Atemnia. A la que yo traduciría como “La Gran Reina”, y en dativo, tal como está en la inscripción, “a La Gran Reina”. Para ello nos basamos en la pura etimología indoeuropea.
Para empezar el prefijo “ate-“, genuinamente celta, tiene un valor intensivo y elativo, indicando sentidos parecidos a nuestros “muy”, “super”, “gran”, etc. Respecto al resto, “mnia”, hay que distinguir entre la raíz “mna”, y el sufijo en “-yos”, que suele tener significados en indoeuropeo relacionados con el comparativo de superioridad ( lat. ior, gr. -íôn, ing. y al. -er, esl. -ye, sct. -yas, etc. ). La raíz “mna-“, con geminación nasal procedente de “bna” significa “mujer”, y proviene del indoeuropeo *gwna con raíz en grado cero ( jónico-ático günê, pero beocio bana, sct. gna, gót. qino, prus. ant. genna, esl. ecl. zena, etc. ), porque en las lenguas célticas la labiovelar sonora tiende a labializarse ( en griego la sorda+o se hace labial sorda ). Así, mujer en antiguo irlandés y galés es “ben” y en galo “bnas”. Incluso en griego encontramos también la labialización y geminación nasal en “mnêstêr”, como “pretendiente de mujer”, con sufijo agente, y siguiendo el modelo de nombres familiares: pater, meter, thügáter, phrater, gót, schwistar, etc. Pues bien, en grado pleno la raíz *gwena ha dado en inglés “Queen”; esto es, la Reina, la mujer por antonomasia, con perfecta ejecución de la Ley de Jakob Grimm. Creemos que este sentido de “Reina” en germánico, partiendo del significado primario de “mujer”, no está exento de connotaciones atávicas de tipo religioso, por lo que a diferencia de quienes traducen el dativo Atemniae como “a la supermujer”, “a la mujer por encima de las mujeres” o “a la gran diosa”, yo soy partidario de traducirlo como “a La Gran Reina”, del mismo modo que nosotros en la Salve llamamos a la Virgen “Regina”, o nos dirigimos a ella con el vocativo “Regina Caeli”, o al final de las Letanías Lauretanas “clásicas” la piropeamos doce veces como “Regina” ( creo que el “papanatismo” modernista ha añadido más “reginae” oportunistas ). Es evidente que “a la Gran Reina” a la que se dirigían nuestros celtiberos era una diosa, pero la piropeaban con el título de Reina.
Obviamente también el prefijo “ate-“ se encuentra asimismo con el mismo valor en las lenguas celtas en la parte masculina, así tenemos el vocablo “atviro” en el sentido de “gran príncipe”, “gran rey” o “muy poderoso”. No hay que olvidar que la raíz de *wiros ( lat. vir, sct. vîras – en la India en sentido de “héroe”- , lituano výras, gót. wair, irl. ant. fer, etc. ), con el significado de “hombre”, “varón”, podría estar emparentada con el vocablo *wis ( lat. vis, gr. Fis ), con el sentido de “fuerza física”, “potencia” o sencillamente “poder”. ¿Significaría entonces *wiros “el que tiene la fuerza”? Ni se nos ocurra airearlo hoy. Y del vir romano vendría la “virtus” en el sentido de “valor en la batalla”. Es evidente que las mujeres, sólo etimológicamente hablando, no tienen virtudes.
Creo que tenemos derecho a pensar que esta etimología de “Queen” supone, a través del espíritu del pueblo británico, un rudimento de galantería fosilizado de la vieja sociedad indoeuropea, que puede ver a las mujeres como reinas y diosas, a pesar del subrayado androcentrismo con que se quiere etiquetar aquella lejanísima sociedad y cultura, confundiéndose las clásicas visiones emic y etic de la antropología más básica. Los indoeuropeos eran androcéntricos, efectivamente. Como todos los pueblos de la tierra. Con la diferencia de que el androcentrismo de otros ha sido y es de tal intensidad que jamás fue honrada la mujer, ni con metáforas que se cristalizaron en el léxico, ni en bellos poemas que ensalzaron la belleza, la inteligencia, la bondad y el corazón de la mujer. Más aún, la propia palabra de mujer es una palabra vitanda en otras culturas. “Gracias, oh Dios, por no ser mujer”, reza aún hoy alguno de esos pueblos.
Como se ve a esta tierra nuestra le pega muy bien el apelativo de la “Tierra de María Santísima”, tal como la ha llamado la Iglesia, porque ya muchos siglos antes del cristianismo la mujer-diosa, madre-reina, era un hecho social y religioso que excedía ampliamente los límites de Andalucía.
La mujer-reina, con su perfume de silencio, es un misterio fragante, dispensadora de inapreciables consuelos, con un papel en el mundo irrebatible. Alma misma del mundo y oráculo de signo positivo, desculpabilizadora amante de la vida, generosa entendedora de los humano, madre augusta, desaforada romántica, glamour encantado, reina-diosa de tiaras de brillantes y sedas vaporosas, con cuenco quemaperfumes, ojos almendrados, todopoderosa y triunfante bajo el klaft, nimbada de belleza eterna, modelo supremo del cuerpo sagrado de la mujer, definitivo icono de lo femenino, fragilidad fuerte, dulzura y esperanza nuestra, clemente abogada nuestra, soberana de la tierra, trono de la sabiduría, causa de nuestra alegría, casa de oro, puerta del cielo, salud de los enfermos, consuelo de los afligidos, victoria de la paz, abierta puerta del cielo, estrella del mar, la más bella y hermosa, lámpara y manantial, techo del cielo, campana de la vida, paloma de la luz, abeja de la altura, luna de cuarzo, patria deseada, ola de plata, cima encumbrada, abismo insondable, prenda de arcano misterio, solemne portento, campo fecundo de gracias copiosas, mesa repleta de dones, asilo seguro, aprisco del rebaño humano, barrera a las fieras hostiles, alegría de todas las gentes, fulgente estandarte de gracia, antorcha segura en la vida, columna de fuego que guía en tinieblas, azucena de intacta belleza, corona de noble firmeza, frutal exquisito, ramaje frondoso que a todos cobija, atavío que cubre al desnudo, llave de la felicidad, esbelto navío de salvamento, puerto seguro en el mar de la vida y la historia, baluarte de los pobres y los viejos, antorcha luciente del que yace en tinieblas, destello de luz sin ocaso, tesoro inexhausto de vida, remedio eficaz de todo mal, protégenos, Gran Madre Nuestra, Reina celtibera.