“Hago todo lo que puedo por lograr para que mi vieja Iglesia sea también intelectualmente habitable (lo es en otros órdenes), pero es mucho menos fuerte en lo que concierne a las necesidades, los derechos y los deberes de la vida intelectual”. Estas palabras, que podríamos atribuir al Papa Francisco por su actualidad, fueron escritas hace un siglo por el teólogo Friedrich von Hügel (1852-1925), y publicadas póstumamente en 1928 en su libro “Cartas a una sobrina”. Von Hügel, hijo de diplomático austriaco y madre escocesa convertida al catolicismo, vivió en Inglaterra desde los quince años y se le considera uno de los pensadores católicos más influyentes de su época junto con John Henry Newman. Von Hügel no realizó estudios universitarios en teología ni ejerció ningún cargo institucional en la Iglesia y quizá le permitió escribir y enseñar con libertad y ser primer católico investido Doctor Honoris Causa en ciencias religiosas por la Universidad de Oxford desde la reforma protestante.
El barón von Hügel, como habitualmente se le conoce, intentó armonizar tres elementos que son esenciales en la Iglesia: la dimensión institucional, la dimensión intelectual y la dimensión mística. Para el teólogo, los tres deben convivir en una tensión continua que les mantenga bajo un control recíproco: lo institucional garantiza la estabilidad, lo intelectual proporciona desafío y rigor, y lo místico articula la relación entre el creyente y Dios. Ninguno de los tres debe sobresalir sobre los otros dos.
Von Hügel advirtió de un modo especial contra la institución cuando se concibe: “como algo fijo en sí mismo, como dado de una vez por todas, y que debe ser defendido contra todo cambio e interpretación, contra toda novedad y discriminación... como una cosa que se mantendrá literal y materialmente idéntica a sí misma, y por lo tanto como necesitada de ser defendida contra cualquier tipo de modificación”.
En este sentido, hablaba también el Padre Arrupe, prepósito general de la Compañía de Jesús cuando decía en Nueva York el 3 de abril de 1967: “Con el peligro de dejar sorprendido a más de uno, dejadme que os diga con toda honradez, que no es este nuevo mundo lo que yo temo… lo que más bien temo es que nosotros, los jesuitas, tengamos poco o nada que ofrecer a este nuevo mundo, poco o nada que decir que justifique nuestra existencia como jesuitas. Temo que podemos estar repitiendo respuestas de ayer a los problemas de hoy, hablando de un modo en el que ya los hombres no nos entiendan, usando un lenguaje incomprensible para el hombre que hoy vive. Si obramos así, quiere decir que hablaremos cada vez más para nosotros: ninguno nos escuchará, porque ninguno entenderá lo que tratamos de decirles…”.
Von Hügel y Arrupe abordan el mismo tema desde dos ángulos complementarios: la institución se defiende de la “amenaza” del cambio mediante el lenguaje, y a su vez el lenguaje sostiene las ideas que defienden la institución. Sin embargo, el jesuita va más allá poniendo incluso en duda la utilidad de la institución cuando no es capaz de responder a los problemas del mundo y termina hablando únicamente para sus miembros al margen de la sociedad donde vive. Creo que no es baladí que estas palabras las dijera el superior general de la Compañía de Jesús, que hemos de recordar que fue disuelta en todo el mundo en 1773 por el Papa Clemente XIV y expulsada de España durante la Segunda República. El Padre Arrupe defiende con sus palabras que cuando las instituciones pierden su sentido en la sociedad no justifican su existencia.
El Papa Francisco, también jesuita, ha intentado a lo largo de su pontificado hacer que las ideas y las palabras de la Iglesia resuenen en la sociedad, pero también que las preocupaciones de la sociedad resuenen en la Iglesia, como ha demostrado con sus dos últimas encíclicas “Laudato Sí” (2015), sobre el cuidado de la tierra, o “Fratelli Tutti” (2020), sobre la paz y el diálogo entre culturas y religiones.
Siguiendo las palabras de Von Hügel, creo que en España la relación entre la sociedad y la Iglesia tiene mucho de institucional, pero poco de intelectual. El origen de este desencuentro está en la ausencia de estudios de teología en las universidades civiles, lo que no sucede en otros países. El primer divorcio entre la teología y la universidad civil en España se produjo en 1852, debido a la solicitud del nuncio apostólico Brunelli que temía la “imposición” del “poder civil” de la universidad sobre programas, profesores y libros de texto tras la supresión de la figura del canciller, que solía ser el obispo del lugar. La separación definitiva entre ambos mundos se produjo en 1868.
Repensar la conexión intelectual entre la teología y lo que podríamos llamar el “pensamiento laico” es un desafío que debería ser abordado con inteligencia y responsabilidad en estos momentos de crisis. Urge crear espacios de pensamiento y reflexión intelectualmente habitables que busquen respuestas a los problemas de todos.