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TRIBUNA

Ni ortodoxia, ni heteroxia, pero no más allá del bien y del mal

lunes 18 de enero de 2021, 20:06h

¿Algo de que avergonzarse por escribir esta biografía? ¿Avergonzarse del biografiado, Don Marcelino Menéndez Pelayo, o del biógrafo que sobre él escribe, o de las dos biografías?

Don Marcelino es el patriarca de la catolicidad adversus haeresses, y en consecuencia objeto prioritario de los anatemas de los librepensadores, ateos, y en general de la gran mayoría de la gente. La ortodoxia asociada a dogmas religiosos y a Iglesias aparece como lo irracional e intolerante por excelencia, y el creyente ortodoxo como un bicho de mala fe del que habría que cuidarse y precaverse. Católico: cuidado con él.

Frente a ella y como contrapuesto estaría, según los actuales ideologemas dominantes, el pensamiento libre y plural, renovable y abierto. Hoy goza del prestigio máximo la ruptura de esquemas, y puede establecerse la equipolencia “a mayor heterodoxia mayor prestigio”: salir del armario que sea, diferenciarse, enfatizar la disidencia está en alza mayoritariamente, aunque no tardará en convertirse eso mismo en dogma según las leyes del péndulo en la historia.

Pero no sólo eso. Hay también iglesias donde más que los dogmas de fe rigen las ideologías de sus costumbres y adocenamientos, y también ideologías que presumen de desenmascaradoras que funcionan como estrictamente eclesiales, y en ambos casos la intransigencia contra los adversarios es generadora de exclusión y de anatema. Entonces las ideologías devienen dogmas y los dogmas pasan a ser ideologías, no habiendo nada más engañoso que la oposición entre ideología y dogma. En ambos casos lo hegemónico de ambas intimida, acusa, condena, desplaza, reprime, ahoga a lo minoritario, hasta que lo minoritario se convierte en mayoritario para reproducir el mismo esquema.

A esta dialéctica escapan afortunadamente las personas abiertas, cultas y capaces de convivir e incluso algunos grupos y sectores sociales razonables, hayan sido pocos o muchos, pero sí las más cabales en nuestra opinión.

¿Existen, pues, diferencias entre los dogmas religiosos y los dogmas laicos? Cuando Juan Jacobo Rousseau propuso en su Contrato Social la religión civil como una serie de domas laicos y a la vez con capacidad coercitiva para la adecuada conducción de la sociedad pensaba estar inventando una comunidad a la vez religiosa y postreligiosa, pero inmediatamente se demostró que el Estado incorpora los vicios de las religiones duras a las que quiere eliminar generando la exacerbación de su propia capacidad coercitiva, la autodivinización de sus líderes, la reproducción de castas burocráticas excluyentes, privilegios y dogmas más o menos transitorios siempre presididos por el dogma de la posesión del Poder. Y si mala es la inquisición religiosa, mala es la inquisición de los poderes, que no tolera heterodoxos, a los que silencio o destruye.

Pobre, pues, del doblemente pobre, o sea, del que participa pese a todo en una Iglesia dogmática, y además tiene que vivir al mismo tiempo en un Estado teocrático. Pobre de mí, que se acaban las fiestas de san Fermín.

La época de Menéndez Pelayo también padeció esas tensiones, no menos bipolarizadas, de forma que unos reaccionaron apostando por una Iglesia infalible y excomunicatoria en sus convicciones culturales y de fe, y otros por Estados republicanos renqueantes pero igualmente fóbicos en cuanto a su crispación frente a lo religioso y dogmático y frente a todo lo que cuestionase su imperium. Yo conozco el paño de esas arcas y me parece que sustancialmente las cosas no han cambiado en exceso desde entonces hasta hoy, si bien las Iglesias han perdido adeptos y los Estados han ganado, o están ganando al menos súbditos.

Me pregunto que diría hoy el feminismo enregée de los planteamientos ortodoxos y teocráticos de don Marcelino Menéndez y Pelayo, y creo que se lo comerían con patatas fritas en una buena fiesta caníbal. Para suerte de don Marcelino, el feminismo no ha oído hablar de él, total para qué si ya tenemos nuestra ciencia inamovible e inexpugnable. Por lo demás, ya sabemos cómo funcionaban los Torquemadas católicos con respecto incluso a los mínimamente “iluminados”. Lo que pasa es que a quien esto escribe no le hace ninguna gracia ni esto ni aquello, ni aquello ni esto. Así que no vamos a amontonar unas cuantas páginas en defensa de la ortodoxia de Menéndez Pelayo (hoy heterodoxa) que se definía como martillo de herejes y espada de la cristiandad. Si Menéndez Pelayo solamente hubiera sido eso (aunque eso sea lo único que se sepa de él), no me habría molestado a dar el primer impulso a la primera tecla, del mismo modo que tampoco escribí agiografías de Bakunin, ni me mostré violento contra algunos energúmenos de la CNT anarquista que me amenazó con matarme.

Por si todo lo anterior fuese irrelevante, tengo también para mí que la perversidad no es cosa de las estructuras únicamente, ya sean antiguas, modernas, o postmodernas, sino también de las personas; lo que la vida me ha ido enseñando es que la incultura es muy mala y el miedo demasiado grande, y que cuando ambas, incultura y miedo, coinciden, las personas deterioran su propio yo, el yo ajeno, y la naturaleza entera, siendo el resultado un horizonte de perdición y de desesperanza generalizada.

Yo, que acepto la derrota luchando en pie contra ella, a lo largo de mi vida he dejado a mi derecha una silla para don Marcelino Menéndez Pidal, y a mi izquierda otra para Bakunin, pero no me he sentado del todo en ninguna de ellas, soportando el peso de mis nalgas a caballo entre las dos, porque mi sillón no es de este mundo. Soy un hombre relativo centrado en lo absoluto, porque la casa de mi Padre tiene muchas moradas. Y su Palabra es mi ley. Espigando sin diletantismo entre lo bueno y lo malo de cada uno de ellos, detesto el dogmatismo, por supuesto también el mío propio. Cuento además con un fulcro riguroso: sólo creo a las personas que luchan por el prójimo como por sí mismas, lo que hacen y no meramente lo que dicen, y conozco pese a todo la falibilidad de la naturaleza humana, empezando por la de quien esto escribe.

Con este ánimo, séame permitido dar a conocer un poco la figura de este don Marcelino. Hay mucha gente buena que se llama Marcelino.

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