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TRIBUNA

La democracia y el aborto

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
martes 19 de enero de 2021, 20:31h

Probablemente la frase “la democracia es divina” le parecería exagerada al mismísimo Toqueville. O al más furibundo defensor de las libertades ciudadanas. Y sin embargo no hace sino repetir lo que ya dijo San Pablo “non est potestas nisi aDeo”. No hay poder que no venga de Dios.

La “potestas” o “auctoritas”, que constituye a un ser humano sobre los demás, y engendra es éstos la obligación en conciencia de obedecerle, no se la pueden dar los humanos unos a otros. Todos son iguales. Sólo podemos designar mediante elección quién ejercerá ese poder. Pero la “auctoritas” como tal sólo puede venir de Dios, fuente de todo poder. Es un error muy frecuente confundir el hecho de la elección del que manda con el mando como tal o en sí. O sea, el valor ético, que llamo“democracia” y eleva objetivamente a un ser humano sobre los demás.

Dicho con otras palabras. Es falsa la supuesta conquista de la Revolución francesa “la soberanía está en el pueblo”, si es que hablamos del máximo poder de un gobernante o jefe del estado. Sólo Dios es realmente “soberano”. Otra cosa es que la designación de los que gobiernan un país, o cualquier otra entidad inferior, haya de hacerse por elección, a menos que esté dada por la naturaleza, como es el caso de la autoridad de los padres sobre sus hijos. El valor ético de la democracia no consiste en el hecho de la elección, sino en que los elegidos reciben de Dios la “soberanía”.

Vaya pues por delante que la democracia es un valor ético que debe ser. Es en efecto “divina”. El problema estriba en que nuestros ignaros políticos piensan que todo aquello que es aprobado en un Parlamento, con una mayoría elegida democráticamente, adquiere ipso facto el nivel divino de lo obligatorio en conciencia para todos. Ciertamente, así sería si la democracia fuese el único valor ético. Pero existen otros valores, que pueden entrar en conflicto con la democracia, y hasta prevalecer sobre ella.

Nicolai Hartmann introdujo el concepto de “fuerza” (die Stärke) de los valores éticos. Lo vemos claro en los conflictos entre valores. De suyo los valores, en cuando perfecciones divinas, no pueden oponerse entre sí. Pero la vida humana está cargada de situaciones concretas en que no es posible vivir a la vez dos valores. Si cumplimos uno, violamos el otro.

El ejemplo más obvio es la legitima defensa. Los valores en conflicto son “respeto a la vida propia” y “respeto a la vida ajena”. Si respeto la vida ajena no respeto la mía. Si respeto la mía, no respeto la ajena. Casi todas las personas viven ambos valores todos los días, sin que surja conflicto alguno. Pero si un terrorista agrede a muerte con un enorme cuchillo de cocina a un agente armado, éste puede usar su arma y matar antes de ser matado. Esto ocurrió hace poco en Barcelona con una policía municipal, y ni siquiera nuestros siniestros políticos -o sea, los de izquierdas- levantaron la voz para protestar. El respeto a la propia vida es objetivamente “más fuerte”, en la terminología de Hartmann, que el respeto a la vida ajena. Por eso tiene la preferencia en caso de conflicto.

Otro ejemplo. Ahora que escasean los puestos de trabajo, imaginemos dos ofertas. La primera es un jefe injusto, pero amable. Todo son sonrisas, chistes y palmaditas en la espalda. Da gusto hablar con él. El único inconveniente es que no paga a fin de mes. La segunda oferta es un jefe justo, pero áspero y antipático. Lo único bueno es que paga a fin de mes. El conflicto se establece entre los valores de Justicia y Amabilidad. Lo ideal sería el jefe justo y amable a la vez. Pero suponemos que no existe. Sólo hay esas dos ofertas. Espero que el lector esté de acuerdo conmigo en que el valor de la justicia es “más fuerte” que el valor de la amabilidad. Y por eso, si buscase empleo, sin dudarlo daría la preferencia al jefe justo aunque desagradable en su trato.

Los conflictos de valores son una excepción a la regla general “no hay ciencia étíca de los casos concretos”. Esos conflictos son casos concretos y conservan la peculiaridad de sus circunstancias específicas e irrepetibles. Pero junto a ello aparece una luz teórica nueva, comparable a la intuición de un valor aislado. Se trata de la percepción del orden objetivo o jerarquía entre los valores éticos. Si entran dos en conflicto, la conciencia moral nos dice cuál tiene más fuerza, y por tanto la preferencia. Por supuesto, en el plano de la teoría. En la práctica del caso concreto puede suceder de todo.

Un tercer ejemplo de conflicto, y muy familiar para todos en nuestra época, lo encontramos entre los valores de Democracia y Respeto al medio ambiente. Hemos pasado del uso generalizado del carbón a prohibirlo y fomentar las energías renovables. En el conflicto entre democracia y respeto a la naturaleza, hemos dado la preferencia al que vemos como “más fuerte”, lo que vulgarmente llamamos “ecología”. El término griego “eco” indica el medio ambiente, la naturaleza donde habitamos. Por eso hemos adaptado las leyes aprobadas en democracia a lo pedido por el respeto al medio ambiente. Reconocemos que en el conflicto entre los valores de Democracia y Respeto al medio ambiente, el último es el más fuerte, y tiene la preferencia en este conflicto ético.

El respeto al medio ambiente es un subvalor dentro del valor más general que llamamos “respeto a la naturaleza”. Comprende también otros dos subvalores, el respeto al cuerpo humano y el respeto al sexo humano. Para evitar los equívocos, y buscar a la vez la brevedad, precisemos la terminología acudiendo a la palabra griega “doulos”, que significa precisamente “respeto”.

“Fisiodulia”............. está por respeto a la naturaleza en general.

“Biodulia”............... por respeto a la vida humana individual.

“Genodulia”............ por respeto al sexo humano.

“Ecodulia”.............. por respeto al medio ambiente.

La fuerza de estos tres subvalores crece hacia abajo. La ecodulia es más fuerte que la genodulia y la biodulia, pues la especie humana surge de un previo estrato meramente animal. La genodulia es el respeto al ser humano desde el cigoto recién fecundado hasta la rotura del cordón umbilical. Biodulia es el respeto al ser humano desde el nacimiento hasta la muerte. La genodulia es más fuerte que la biodulia, pues el sexo, o o trasmisión de la vida, precede a la vida aislada de un individuo.

La popular palabra “ecología” significa exactamente “conocimiento del medio ambiente”. Pero los que destruyen los bosques de la Amazonía conocen demasiado bien la naturaleza. No se trata de conocerla, sino de respetarla. Por eso es preferible la palabra “ecodulia”.

Pasemos ya al tema tan discutido del aborto voluntario. Obviamente, descartamos el aborto accidental o patológico, que es inculpable El conflicto de valores se presenta entre Genodulia y Biodulia, tal como antes descritos. La mismanaturaleza ha colocando la primera antes de la segunda.

Hay que respetar la naturaleza tal como es. Primero es la vida de la especie y luego la vida individual. Primero son los virus, que viven sólo en colonias y carecen de vida individual. Propiamente en ellos sólo hay vida de la especie. Separados del conjunto, mueren inmediatamente. Y luego vienen las bacterias. Con ellas comienza la vida individual. En el ser humano ocurre algo parecido. El feto vive gracias a su madre. Cuando nace empieza su vida individual.

Así pues el valor Genodulia, o respeto al sexo humano, es más fuerte que el valor Biodulia o respeto a la vida del individuo humano. Por eso un animal hembra no duda nunca en sacrificar su vida individual, hasta la muerte si hace falta, para defender o proteger a su cría, y que así continúe la especie.

La maldad intrínseca del aborto voluntario consiste en alterar el orden de la fuerza, en dar la preferencia al valor menos fuerte, en este caso la biodulia o la vida individual de la madre. Todo lo contrario de la conducta de una madre animal, que actuará siempre de acuerdo con el orden objetivo según la fuerza de los dos valores en litigio.

Para justificar la aberración axiológica del aborto voluntario se ha llegado incluso a compararlo con la legítima defensa. El feto sería el agresor injusto y la madre la inocente víctima. Pero la realidad es exactamente la contraria. Es la madre la que agrede al feto. Si el feto tuviera armas y lograse matar a su madre agresora, lo veríamos como un ejemplo genuino de legítima defensa. Lo que hace al aborto tan repulsivo y nefando es la total indefensión del feto, aparte de la ausencia de los más elementales afectos maternos. Por eso, el aborto nos parece peor que un asesinato. Y lo es. La máxima violación del valor más fuerte es peor que la máxima violación del más débil.

Ciertamente cabe el caso dramático de un cirujano que tenga que escoger entre salvar la vida de la madre o la del feto, pues no es posible salvar las dos a la vez. Como siempre, no puede darse una respuesta a priori a este caso concreto. El cirujano habrá de decidir en su conciencia, habida cuenta de las circunstancias concretas presentes. Pero no hablamos de eso. No hay ciencia ética de los casos concretos. Lo que nos ocupa es el orden correcto a nivel teórico entre Genodulia y Biodulia según la fuerza. Cuando una madre decide sacrificar su vida para que su hijo viva, pensamos estar ante la sublime excelencia del más elevado heroísmo. Pero bien mirado, eso es lo que haría cualquier vaca para salvar a su ternero, sin pensar siquiera en heroísmo alguno. Simplemente ha dado la preferencia al valor más fuerte de la genodulia. (Cfr. mi artículo “Mediopatrana la vida es un valor”, en El Imparcial 06/07/20).

Nuestros políticos, por muy democráticamente que hayan sido elegidos, no pueden alterar el orden objetivo entre genodulia y biodulia. Ambos valores se encuadran dentro del valor más general Fisiodulia. A su vez, la Fisiodulia es más fuerte que la Democracia. Esta última es sin duda un valor ético. Pero en caso de conflicto la Democracia tiene que ceder ante la mayor fuerza del Respeto a la Naturaleza, dentro de la cual están tanto el respeto al sexo humano como a la vida humana individual.

Imaginemos que un parlamento apruebe que, si hay que elegir entre un jefe justo pero antipático y un jefe amable pero injusto, propugnase dar la preferencia al segundo. ¿Qué crédito jurídico daríamos a tal ley, que claramente va contra el orden correcto según la fuerza? Pues ése es exactamente el crédito jurídico que merecen las actuales leyes permisivas del aborto. Es decir, ninguno.

Aunque no tenga que ver directamente con la democracia, mencionemos otro argumento a favor del aborto que chirría por su estupidez. Se dice que el feto no es persona, porque no habla. Sin duda es cierto que “si habla es persona”. Pero de ahí no se deduce que “si no habla no es persona”. Quien defienda esta falacia puede comprobarlo con su propio coche. Sin duda admitirá que “si anda tiene gasolina”. Pero de ahí no concluirá nunca que “si no anda no tiene gasolina”. Todos los coches aparcados no andan y tienen gasolina.

Tampoco un niño de una semana habla. ¿Quién puede asegurar que no es persona todavía? Lo único que podemos afirmar es que no sabemos si lo es o no. Y en caso de duda hay que abstenerse de correr el riesgo de asesinar a una posible persona. “In dubbio pro reo”, decían ya los juristas tomanos. Pero en el aborto voluntario y legalizado ni el feto ni el niño de una semana son siquiera reos de nada.

En conclusión, una ley permisiva del aborto voluntario va contra la mayor fuerza de la genodulia respecto a la biodulia. Y además otorga falsamente a la democracia más fuerza que al respeto a la naturaleza. Resulta paradójico que los que ponen el grito en el cielo porque se tiren basuras industriales a un río defiendan al mismo tiempo el aborto voluntario. Si no ven nada censurable en el aborto voluntario, tampoco deberían verlo en ensuciar un río con restos industriales. ¿Acaso el sexo humano no pertenece a la naturaleza?

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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