Hay otras fechas en distintos lugares para conmemorar el periodismo, pero cada 24 de Enero la tradición católica celebra el Día del Patrón de periodistas y escritores, San Francisco de Sales, nacido en el castillo del señor de Boisy, en Francia, cerca de Annecy, un caluroso 21 de Agosto de 1567, y fallecido en Lyon a la temprana edad de 55 años. Aristócrata de nacimiento, había renunciado a todas las glorias de este mundo y repartido entre los pobres su riqueza, para consagrar su vida como sacerdote a la defensa de un ideal, divulgar la verdad en la que su fe confiaba, a través de la palabra y la escritura. Anticipando un paradigma comunicativo, el entusiasta y brillante predicador de los púlpitos parisinos, administraba sus sermones y escritos con rigor, moderación y caridad hacia sus adversarios, los hermanos calvinistas separados de la Iglesia, a los que procuraba no herir ni humillar. De este modo lo presentaba como modelo de todos los comunicadores públicos la encíclica “Rerum Omnium” del papa Pío XI el 26 de Enero de 1923, por su entrega, honestidad, claridad de ideas, su expresión vivaz y respetuosa, no reñidas con su ardorosa defensa de la verdad.
En tiempos de fake news, el argumentario sobre la verdad en la comunicación pública provoca inevitablemente una sonrisa escéptica. Admitamos la necesidad de un cierto rigor en nuestro manual de ética de la comunicación. Pedir caridad y evitar la crueldad en nuestra crítica del adversario ideológico como practicaba el santo tal vez sea demasiado: practiquemos al menos la empatía con aquellos a los que dirigimos nuestra crítica, pongámonos en su lugar por un instante. Pero la verdad…. y ¿qué es la verdad? Desde Pirrón de Elis a Pilatos, pasando por Montaigne hasta la omnímoda verdad de nuestro Ortega y Gasset, la verdad en la comunicación es un campo de polémica que no se libra precisamente en colchón de plumas.
Decía el intelectual francés Régis Debray que un periodista debe limitarse a comunicar y no empeñarse en algo que no es su función, el adoctrinamiento ideológico o político. En su polémica obra, Transmitir, afirma, para distinguir entre conocimientos e informaciones, que "un profesor transmite, mientras que un periodista comunica". Con esto quiere marcar la diferencia entre los dos procesos: la transmisión es un proceso material, duradero a través del tiempo y, por lo tanto, diacrónico, mientras que la comunicación es más inmaterial y efímera, es decir, sincrónica. La primera es intencional. No hay transmisión sin intención y, por lo tanto, la transmisión requiere una estrategia, una "didáctica", para vencer la resistencia y el conflicto que puede plantear la persona receptora. La comunicación en cambio, en la que el mensaje es efímero, requiere simplemente, por su carácter sincrónico e instantáneo, la coincidencia espacial, aunque se trate de un espacio virtual, entre emisor y receptor, así como un acuerdo en el código utilizado. La distinción a mi entender no resuelve el problema de la verdad en la comunicación, sino que lo desplaza a la dificultad de establecer un acuerdo en el código utilizado: qué criterio utilizar para utilizar el término ultraderecha o ultraizquierda, fascista o populista.
Parece más fecundo acudir a la Teoría de la acción comunicativa del pensador alemán Jürgen Habermas, aquella acción que busca la intercomprensión y se desarrolla mediante la palabra como expresión serena y racional de un pensamiento. La importante labor del escritor, del comunicador en general, consistiría en facilitar la posibilidad de emprender planes coordinados de acción, necesarios ante desafíos o problemas que afectan a todos los participantes, emisor y receptores. Frente a las críticas que tachan este modelo de comunicación de ilusorio o angelical, Habermas argumenta que el modelo tiene en cuenta los condicionamientos a los que está sujeto el ejercicio de la razón en general. Incorporando a su teoría toda la tradición de la contextualización o puesta en situación del pensamiento, Habermas es plenamente consciente de las servidumbres de una auténtica acción comunicativa, pues cada parte que interviene en la comunicación lo hace desde la veracidad de su mundo subjetivo, esa concepción del mundo y de los hechos desde la que habla, aquellos criterios que establecen lo conveniente en cada sociedad, en cada grupo humano, en fin, el comunicador, periodista o escritor, siempre habla desde sus prejuicios o saberes de fondo .En las creencias se está, las ideas se tienen, nos recuerda nuestro gran maestro don José Ortega y Gasset. Pero, reconocida esa limitación, la dificultad de establecer la verdad que se corresponda con el mundo objetivo, no obliga a ningún participante en el proceso de comunicación a buscar decididamente el engaño. La verdad, para la comunicación, es una tarea imposible pero necesaria como objetivo.