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Toreros muertos y Memoria Histórica

Es recordatorio antes que pesada redundancia. Más, responde a una línea filosófica para entender “los toros” – el espectáculo- y “sus circunstancias” en mí (“yo soy yo y mis tauromaquias”) para, pasado a limpio, ponerlo negro sobre blanco: “Si quieres saber como está un país, asómate a una plaza de toros” – por extensión, al “toreo”-. (Ortega y Gasset).

El toreo, anda sumido en tardes de mitos vivientes en cuyas tauromaquias pesa más el pasado nostálgico que la realidad del momento y la profesión de fe por encima de evidencias; el aura eclipsa el rigor del análisis. Ocurrió, y se le sigue añorando, con Romero y algo –una élite más poética que taurina- con Paula. Ahora toca José Tomás.

El gobierno, sus banderilleros y picadores, andan empeñados en reescribir la historia reciente de España, e incluso inspiran juegos “play” en que la hipótesis del cambio del resultado final pueda ser mutante. Todo en base al oportunista sectarismo y un revisionismo manipulador vomitable abusando del tiempo transcurrido en que la generación descendiente de quienes hicieron la guerra y la ganaron pasaron el sarampión del triunfo de sus mayores en aras de la democracia y la igualdad en gesto generoso, principalmente los sectores más duros del Movimiento, el Ejército y las FF.AA. por mor de la educación cívica, basada en los principios y valores humanos, que estos y los ciudadanos de bien han ido inyectando en vena a sus proles sin invocar, ayunos de rencor, a sus muertos, que también los hubo y en abundancia, sobre todo en el período 34-36 que da origen a la contienda.

El toreo nació desnortado, invertebrado; y así sigue, y así le va. A diferencia de un gobierno de ocasión, consecuencia del fatalismo, el toreo carece de “memoria histórica” y no honra a sus muertos –en esencia a aquellos caídos en acto de servicio-, salvo el período, corto, de mistificación hasta la fecha de caducidad para el recuerdo.

El fatalismo, que en el toreo es un activo lícito, por cuanto es la autentificación de la verdad de “las cinco de la tarde”, ha sido utilizado, mismamente como los políticos al uso, de forma, igualmente, oportunista, resucitando mitos por la variante de una supuesta similitud –impostora- con los mitos vivientes institucionalizando “la tarde de los muertos vivientes” cada 28 o 29 de agosto, según interese, en Linares, desde la reaparición de José Tomás en homenaje a ¿“su espejo”? Manolete. (El verdadero homenaje a El Califa fue en fecha cabalística, día 28, por supuesto, del L aniversario, y lo protagonizó Enrique Ponce al matar una corrida de Miura que era el hierro lidiado por Manolete la infausta tarde del año 47, pero su olvido entra en el capítulo de la nula memoria histórica del toreo como consecuencia de la marea puntual y sobre todo desde el desprecio al TORO, que es el santo y seña del toreo en el último medio siglo).

El sábado pasado se cumplieron 23 años de la muerte, en la plaza de toros de Colmenar Viejo (Madrid) , de José Cubero “Yiyo”, a los veinte años de edad pero con una trayectoria consumada y una proyección solo referenciada en Joselito (El Gallo) –Granero era, a penas, un apunte- con todo mi respeto y admiración para Manolete (cuya última etapa fue “guadianesa” y apuntaba jubilación, efímera o permanente, según cuentan sus íntimos, de no haber ocurrido el lamentable suceso de Linares) y también para Paquirri –otro gran olvidado, injustamente, por el toreo- que podría haber remedado al “Monstruo” en su retirada si la tarde de Pozoblanco hubiera resultado feliz y no infausta. Yiyo, no; murió en el levante y no en el poniente.

Yiyo fue la semilla de una pléyade de toreros y figuras que han salido de la prolífica Escuela de Madrid.

Yiyo es el estandarte de la independencia del torero ante la opresión de las exclusivas fomentadas por la gran patronal que hacía del “maletín” su uso y abuso (Rechazó una oferta suculenta de Manolo Chopera para seguir al lado de su mentor, Tomás Redondo, con la represalia consiguiente subsanada con su espada y su muleta en una sustitución en San Isidro de “obligado cumplimiento” por parte del empresario vasco, a la sazón regente de Las Ventas)

Como torero basta reproducir algunos pasajes de la crónica de esa tarde firmada por Joaquín Vidal en El País después de su actuación; corría el año 83, al filo de los dieciocho años de edad:

Yiyo, torerazo
JOAQUIN VIDAL, - Madrid - 02/06/1983

“Vino de suplente y ahí está, candidato a triunfador de la feria. Yiyo, esa es la figura. Yiyo, torerazo. Torero completo, en todas las suertes. Torero en la brega, en quites, y con la muleta, artista y dominador. El repertorio de la tauromaquia que plasmó ayer Yiyo ante la asombrada cátedra de Las Ventas, y cuando ya lo había desgranado con auténtica exquisitez, se mostró en su dimensión de torero de casta, valiente, decidido a triunfar a pesar de la bronquedad del toro y a pesar de la cogida. Este sí que es valiente, a carta cabal. Éste no se reboza por las sienes del borrego inválido, al amparo de su ceguera imposibilitándole la embestida. Éste se deja ver, aguanta la arrancada fuerte, desprecia el fulgor helado del gañafón. Y torea. Torea además con alma, e imprime la marca de su personalidad, sin necesidad de proclamarla o de fingirla cara a la galería. Porque lleva el toreo tanto en la cabeza como en el corazón, y ese toreo, de escuela, lo interpreta con la peculiaridad de su sentimiento, adecuándolo a las cambiantes condiciones del toro”.

… “Cuando cobró la estocada -que quedó baja- el triunfo ya era de apoteosis y la plaza entera le aclamaba. "¡Torero!, ¡Torero!". Salió a hombros por la puerta grande, y en aquellos momentos ocupaba un puesto cimero entre las figuras. La lección de Manolo Vázquez, la maestría de Antoñete y su distancia, la torería de Esplá, habían tenido por una tarde su síntesis en Yiyo; torerazo Yiyo”.


Yiyo es, por tanto, 23años después, un ejemplo en vigor para poner en valor, no menos que ninguno de los héroes muertos por la causa”, y no ocultarlo.

Un minuto de silencio, el sábado pasado, en la plaza de toros de Colmenar, seguido de bullicio y ruido de charanga. Fue, ha sido, todo.

Ni una línea más que la reseña del dato, y no en todos los medios, ni siquiera en aquellos especializados que viven de la publicidad de los toreros (un “muerto” no genera “banners”).

Responsabilidad colectiva de “el toreo” en su olvido, y de los mitos actuales que egoístamente se refugian en la leyenda antigua -por mor de la competitividad en la egoísta pretensión absolutista del protagonismo de la historia del toreo- despreciando lo contemporáneo.

(Que 23 años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras, te busca y te nombra. Vivir...con el alma aferrada un dulce recuerdo que lloro otra vez...-Volver, tango, Gardel y Le Pera-)

Únanse, igualmente, la de las instituciones: Comunidad de Madrid, Escuela de Tauromaquia de Madrid y Fundaciones de Joselito y Juli; además de los diferentes gremios profesionales y las “pandillas” de abonados y aficionados –la Mesa del Toro también- cuya vocación no es otra que “pintar la mona”: unas, unos, otras y otros. Reprobable la del alcalde de Colmenar, “figurón” del Centro Taurino de la CAM, y la del empresario designado por el dedo del alcalde que, curiosamente, es el mismo que el prorrogado por Esperanza y el “mariachi” de González con tintes de vitalicio en La Monumental.

Que sepan, todos y todas, que acuñado quedó: “aquellos que ignoran la realidad de su historia o la manipulan están condenados a repetirla” (más o menos); incluso a sufrirla en sus carnes, o en las de los suyos. A quien corresponda.

Yiyo en la memoria y en la historia, por y para siempre. Sin fecha de caducidad, ni leyes: ni de memoria histórica o histérica, ni de concesiones administrativas de plaza, ambas putrefactas como consecuencia de la erosión moral en grado de metástasis.
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