Ha pocos que días se iniciara una década que sin ninguna duda nos hará recordar de grado o de fuerza –(probablemente esto último)- los años veinte de la centuria pasada. La historia ha revelado que el decenio de 1920 fue en España, al igual que en muchos otros países europeos y asiáticos -China o Japón, como salientes ejemplos-, un periodo crucial en su evolución contemporánea, hasta el extremo, incluso, que bien cabe afirmar que en no pocos aspectos representó su entrada en tal edad.
A tenor de ello, muy pronto comenzarán en los ámbitos más destacados de nuestra cultura numerosos actos conmemorativos de varios de sus aspectos más descollantes, en especial, desde el observatorio hodierno. Según es sabido, la entrada de España en los llamados más tarde por la historiografía anglosajona los “felices veinte” no pudo ser más dramática. En julio de 1921 la sangre de la más esperanzada juventud española corrió a borbotones entre los riscos y abrojos del paisaje magrebí más inclemente e híspido. Annual es un episodio grabado a fuego en la memoria colectiva; y aún es posible escuchar en ciertas zonas de la excruciantemente “España vacía” algunos testimonios de los hijos de los combatientes muertos en el campo de batalla o víctimas de crueldades difícilmente imaginables desde nuestra época y óptica. Por fortuna, el decenio acabó en otra fecha harto simbólica como abril de 1931, cuando una considerable parte de la nación se abrió alborozada a un cambio de régimen. Por desgracia, este se verificó en una coyuntura internacional depresiva, con los primeros y grandes efectos de la crisis internacional de 1929, de memoria terebrante en la presente tesitura de una espectacular pandemia, que, conforme al juicio de los expertos, será justamente dentro de unas semanas cuando ofrezca su más oprobiosa y reluctante fisonomía económica.
En la acongojante espera de tales vaticinios será, quizá, oportuno y socialmente aconsejable recalar en el pasado, a la husma más que de posibles paralelismos de motivos para el optimismo. Pues, ciertamente, por encima de cualesquiera otros parámetros la realidad de la España de los años veinte fue la de un país de enorme vitalidad que llegó a asombrar a sus auscultadores y visitantes más acuciosos, como lo indica de forma tan significativa como cimera el testimonio de George Brenan, el hispanista y curioso viajero inglés contemporáneo más conocido por el público lector español.
A todo, en efecto, se sobrepuso la fuerza y la energía creadora de sus distintos sectores, en particular las clases trabajadoras y medias, estas en ascenso imparable en el quehacer cuotidiano. Lacras, carencias seculares déficits, falencias, nefastas herencias y hábitos lacerantes en la vida pública de un liberalismo asfíctico, rendido ante una dictadura militar que ha recibido si no el homenaje, si el respeto acrisolado ante su obra reformista de estudiosos de pedigrí intachablemente democrático, a la manera de Ramón Tamames o S. Ben Ami, quedaron anuladas o superadas por una sociedad impetuosamente creadora, con marcas de crecimiento y desarrollo escasamente registradas en los anales de nuestra taraceada historia.
Así, pues, el tiempo consagrado a su recuerdo no será estéril para las generaciones actuales.