MÉXICO SE REBELA
domingo 31 de agosto de 2008, 23:15h
La imagen de medio millón de personas recorriendo las principales calles de la capital mexicana, hasta confluir en el Zócalo, da una idea de hasta qué punto la movilización debía ser importante. Y ciertamente, lo era. Hace ya demasiado tiempo que México sufre el azote de la violencia, sin que las autoridades parezcan tener visos de afrontar el problema con éxito. Las cifras de muertes violentas en lo que va de año son dignas de conflicto bélico. El número de víctimas mortales en tiroteos y atracos alcanza ya la cifra de 2.300 personas fallecidas. Entre ellas, decapitados, y las tristemente famosas “mujeres de Ciudad Juárez” en lo que es ya una serie de crímenes a los que nadie parece encontrar explicación.
Se ha rebasado el límite. La inseguridad ciudadana alcanza en algunos lugares –la capital, México D.F., sin ir más lejos- cotas preocupantes. Y para colmo, las fuerzas de seguridad no gozan precisamente del apoyo popular. Tantos años de gobierno monolítico del PRI trajeron entre otras cosas una fortísima corrupción, demasiado arraigada en todas las capas sociales como para erradicarse de un día para otro. Tuvo grande y triste repercusión hace poco más de un mes el caso de un adolescente secuestrado y asesinado, al saberse que miembros de la policía estaban involucrados. Y no era la primera vez. La popular “mordida”, soborno exigido por la policía a cambio de no imponer alguna sanción a todas luces injusta, es una práctica demasiado extendida. Y resulta palmario que uno de los principales deberes de un estado es velar por la seguridad de los ciudadanos. Esto no ocurre en México, y por ello sus habitantes, hartos ya, se han echado a la calle. Es de ley. Su imperio, el de la ley, es el que falta. ¿Por qué? ¿Es que acaso los mexicanos son de naturaleza distinta a la de otras sociedades de parecida cultura y el mismo idioma? En absoluto. México, como muchos países del área – y como sucedía en la Europa decimonónica- necesita construir un Estado sólido y moderno, servido por cuerpos de funcionarios del Estado –que no de los partidos- seleccionados por oposiciones, en lugar de recomendaciones, abiertas y públicas, con espíritu y orgullo de cuerpo, inmunes al soborno. Es una deuda que los partidos políticos tienen con la sociedad mexicana. Es razón de Estado. Por el bien de México: que, en buena medida, es también el futuro de todos los que escribimos en esta lengua.