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TRIBUNA

Infinite data

viernes 29 de enero de 2021, 20:08h

Desde hace décadas las grandes corporaciones que rigen el mundo de las tecnologías de la información y la comunicación, ejercen – más allá de su luminoso rostro filantrópico – una oscura actividad de extracción de conducta marginal o de experiencia humana. Una actividad de rapiña y apropiación de nuestra subjetividad – expresada en forma de UPI (User Profile Information) – que se vende a terceros, bien dispuestos a pagar una información que garantiza la posición sin riesgo de sus productos en el mercado. Esta publicidad orientada se funda en un conocimiento sobre la conducta de millones de individuos. Conocimiento que exige masas crecientes de datos para definir la subjetividad nominatim, de cada sujeto de la población mundial. Individuos expropiados sin su conocimiento de un excedente conductual que deriva de su actividad, no sólo en la red sino también entre nuestros inteligentes adminículos de menesteroso, cada vez más vinculados al cuerpo (wearable) hasta alcanzar, según se pronostica para mañana, la forma de inteligencias encarnadas.

El conocimiento de nuestras conductas futuras – basado en el registro y análisis de datos infinitos – garantiza porcentajes de ventas y evita riesgos económicos de otro tiempo. Pero ya hace mucho que la labor de extracción va más allá del mero registro y apropiación, acercándose a una perfecta configuración de la experiencia y la conducta de los seres humanos.

No debiera asombrarnos esta mercantilización de nuestra conducta y experiencia, ni el logro de una capacidad de predicción que alcanza a menudo la exactitud. No debiera asombrarnos porque resulta únicamente el paso al límite de un proceso de mercantilización integral de la existencia cuya duración es multisecular. Ahora bien, ante nuestros ojos el proceso se ha llevado al límite y de ahí la novedad: porque es un límite que conduce a otro género de capitalismo y a una nueva forma de existencia post-antropológica. El proceso ya ha pasado del plano virtual al plano de la vida cotidiana, que ya no podemos llamar real porque el fantasma inteligente ha abducido toda su sustancia. Los aparatos de todo tipo que configuran lo que se ha dado en llamar el “internet de las cosas” virtualizan lo que fue el mundo real. El proceso está magníficamente descrito por Shoshana Zuboff en su Capitalismo de la vigilancia. (Paidós 2020).

Las grandes empresas de extracción de datos conductuales (Google, Apple, Facebook, Twitter…) – cuyo plural es ya una concesión – ejecutan esa actividad, a la que alude la metáfora de la “minería de datos”, amparadas en una ausencia completa de regulación que defienden con todas sus armas los gigantes de la red. O, mejor, el gigante tentacular y difuso que es el alma de la red y todos los abogados bien pagados de su globalización. Ejecutan así la implantación de una forma nueva de mercado con una técnica precisa que permite trascender la simple innovación parcial en el campo del viejo capitalismo: se trata de una transformación en profundidad de la vida humana, cuya mercantilización sin resto ha ejecutado ya este nuevo “capitalismo de la vigilancia”.

No podría haber mejor ocasión para un paso adelante definitivo en ese proceso que esta epidemia mundial y, sin duda, los más listos de la clase aprovecharán la oportunidad abierta, el kairós que abre nuevas rutas al mundo, disolviendo toda la vieja consistencia tradicional de la realidad para formar la escombrera fragmentaria de nuestras vidas, resueltas en datos a los que sólo otorga entidad y sentido el espíritu de un mercado digital absoluto y monstruoso. No es fácil exagerar la potencia del fantasma – que puede mandar callar a todo el que ponga en entredicho su promesa, incluyendo al presidente de los EE. UU, por ejemplo –.

Pero los más listos de la clase, los ingenieros de telecomunicación y expertos en Inteligencia Artificial, han dado por resueltos todos los problemas insondables de la vida humana, configurando una existencia – que ya no es vida – vacía de la profunda gravedad que caracterizó al viejo hombre. El sujeto que están construyendo es, en efecto, de la misma naturaleza que el viento electrónico que lo conduce y lo maneja. El nuevo orden tecnológico arrojará la ruina definitiva de la convivencia humana, haciendo con el hombre lo que el orden clásico de la modernidad industrial hizo con el entorno cultural antropológico y con el paisaje, sutil y pacientemente labrado. Las catástrofes climáticas serán un problema menor, porque la profunda gravedad de la vieja condición humana no puede vaciarse sin producir un estertor de sufrimiento abismal que ya puede escucharse. Es cierto que hacen falta oídos para oírlo, pero antes o después la realidad inapelable se hará valer frente al vacío fantasmal, pero rutilante, de esta tecnológica nada.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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