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TRIBUNA

Ideales y pasiones sin freno

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 30 de enero de 2021, 19:37h

“Ideales y pasiones sin freno” es un título que se me ha ocurrido leyendo a Steven Runciman (1903-2000) y a John Julius Norwich (1929-2018), dos historiadores que nos relataron una común historia, la historia de Bizancio, la de Venecia y la de las Cruzadas medievales (1096-1272).

Benedetto Croce (1866-1952), el historiador y filósofo italiano, experto en la cultura española, escribió que: “Toda verdadera historia es historia contemporánea”. Esa afirmación -historicista por todos los lados-, defenderla hoy es incurrir en anacronía. De acuerdo; pero también creo que el oficio de historiador, aunque su primer mandamiento sea la objetividad, o lo que Max Weber (1864-1920) llamaba “la neutralidad axiológica” (o sea, no analizar el pasado desde juicios morales), el historiador, repito, estudia el pasado, pero no puede ignorar los problemas de su tiempo. Es más, muchos grandes historiadores, desde Tucídides, fueron activos protagonistas de su presente.

Los lectores que tengan la bondad de recordar mis artículos sobre las Cruzadas, estoy convencido de que se habrán dado cuenta de que la causa de tantos males del pasado -la codicia, la soberbia, la ira, y los llamados pecados capitales-, efectos del comportamiento humano, pienso que permiten conocer mejor nuestros males contemporáneos.

Cuando el papa Urbano II predica con éxito en 1095 la primera Cruzada, existía la sensación de que aumentaba la riqueza y población en Europa, y que en ella se estaban produciendo profundos cambios socioeconómicos, como el crecimiento de las ciudades, una nueva economía monetaria, el desarrollo del poder de los monarcas, y la aparición de grandes comerciantes y primeros banqueros internacionales.

Pero esos cambios y novedades en aquel tiempo, como en nuestros días, acarrearon muchos males. El incremento de la población será la causa de las grandes migraciones de los pueblos de Europa y Asia, y como ejemplos más notorios, los normandos conquistando las islas británicas y Sicilia, o algo más tarde, los mongoles de Gengis Kan invadiendo Asia, Oriente Medio, y parte de Europa oriental. El feudalismo europeo no fue capaz de absorber el incremento de la población, perjudicando a los campesinos pobres, y también a los que expulsaba de la tierra el régimen nobiliario del único heredero.

La primera Cruzada tuvo dos manifestaciones: los cruzados pobres del fraile Pedro el Ermitaño, que fueron unas 30.000 personas, y la posterior Cruzada de los caballeros, todos ellos segundones (como Godofredo de Bouillon, el conquistador de Jerusalén, y su hermano Balduino, su primer rey), cuya cifra asciende a unos 5.000 caballeros y 30.000 infantes a pie, sin contar sus mujeres, hijos, parientes y criados, que sumarían otro tanto o más. En el seno de las últimas y desastrosas cruzadas, la llamada “cruzada de los niños” (año 1212) sumaría unos 2.000 niños y cientos de adultos, que confiaban en que se les abriese milagrosamente el mar para pasar a África, pero que sólo llegaron a ser vendidos como esclavos en puertos europeos y egipcios por mercaderes codiciosos. Liderazgos engañosos y partidarios sectarios o cospiranoicos se dieron entonces, lo mismo que hoy en día. Confiar ciegamente en un dirigente sin control, siempre será un gran error.

Comparando, hacia el año 1340, antes del bajón de la peste negra, habría en el mundo 430 millones de habitantes, y ahora somos más de 7 mil millones de seres humanos.

Esa mezcla de impulsos idealistas -rescatar la Cruz de los musulmanes-, y de impulsos groseramente materialistas -hacerse rico y rey de Jerusalén o señor de los lugares santos (Antioquía, Belén, Galilea, etc.)-, produjo una conmoción moral en personalidades como Francisco (1181-1226) y Clara de Asís(1194-1253), los dos santos cristianos que denunciaron las cruzadas, y que querían que la Iglesia renunciase al poder y a las riquezas.

Era imposible que los ideales sobreviviesen a las pasiones sin freno. Y el freno no era el liderazgo del Papa, de los nobles, de los clérigos y de los miles de movilizados en las cruzadas. Había una contradicción entre la fe y el poder; entre defender idealmente a Cristo y atacar ferozmente a los que no eran exactamente partidarios del papado. Muchos, como Bernardo de Claraval (1090-1153), el santo reformador del Císter, creían que esa contradicción no se daba porque se disolvía en el misterio de Dios; y entonces él se puso manos a la obra para crear los caballeros templarios, una orden totalitaria, extravagante y codiciosa (que tuvo que disolver posteriormente el papado). San Bernardo fue el gran instigador de la segunda Cruzada(1144-1148), llamada de los reyes, que resultó un fracaso inmenso. Frente al escandaloso comportamiento, entre otros, de Luis VII de Francia, y de Conrado, emperador de Alemania, la actitud de su rival, el sultán Saladino (1137-1193), fue reconocida en Europa como ejemplo de valentía y de tolerancia, incluso con sus enemigos. La contradicción entre ideales y pasiones sin freno, en última instancia, la contradicción entre poder y humanismo no tiene solución si sólo esperamos que la resuelva un líder, sea el Papa, un caudillo militar, o un dirigente de partido. La contradicción se supera con el Derecho, estableciendo límites y prohibiciones, y eso fue obra de la democracia representativa.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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