En España, se ha parado el reloj del tiempo político. Desde que Pedro Sánchez habita La Moncloa, nada cambia, ni evoluciona, ni sorprende. Ni el huracán del coronavirus ha alterado las costumbres.
Como si fuera ayer, ya estamos en una nueva campaña electoral catalana. Los socialistas, el tristón de Illa igual que el danzarín de Iceta, reniegan de los separatistas, juran y perjuran que jamás pactarán con ellos, echan pestes de sus maniobras golpistas. Pero si pueden, terminarán gobernando con Podemos y ERC. Ese es el sueño de Pedro Sánchez, por mucho que intente disimularlo.
La política resulta más aburrida que nunca. Porque ya sabemos el final de la película. Ya sabemos que los que intentaron dar un golpe de Estado, con el PSC o sin él, seguirán ocupando la Generalidad, seguirán arruinando Cataluña, seguirán despilfarrando el dinero de los contribuyentes españoles para engañar a los parias de la tierra catalana con el imposible paraíso independentista, seguirán pateando la Constitución sin que nadie les tosa. Es la bandera que ondean con arrogancia.
También por enésima vez, los ingenuos partidarios de los pactos de Estado harán el ridículo. Son esos amateurs de politólogos que llevan siglos apuntando al centro, pero el tiro siempre les sale por la culata. Se han estrellado cada vez que han presionado al PP y a Ciudadanos con la convicción de que pactarían con Pedro Sánchez. Que se lo pregunten a Inés Arrimadas, que se ofreció hasta el final a negociar los presupuestos y acabó en la estacada.
En España, no habrá pactos de Estado hasta que Pedro Sánchez se jubile. Nunca negociará el más mínimo acuerdo con el PP o Ciudadanos. Ya es hora de que los que creen que el centro existe dejen de dar la tabarra.
Tras el 14-F, el PSOE intentará llegar a un acuerdo con ERC, en caso de que los secesionistas no alcancen la mayoría en el Parlament. Salvador Illa, si se necesitaran sus escaños, podría sumarse, pero como palanganero de Junqueras.
Pedro Sánchez, sea cual fuere el partido más votado, aprovechará el resultado para atornillar la poltrona. Y eso pasa por abrazarse a los que intentaron dar un golpe de Estado. A los que acusó de cometer un delito de rebelión. A los que ahora son sus socios preferidos. No importa si el acuerdo se produce dentro o fuera del Gobierno catalán. Solo busca mantener el poder. Y para eso, tiene que contentar a Podemos y a ERC. Con La Moncloa no se juega.
Y así que pasen cinco años. O cien.