Con menos inesperada que portentosa imaginación los profesionales de la teología afirman que si la divinidad que nos rige se distrajera un solo instante, toda la estructura de átomos, planetas y constelaciones, se esfumaría como si abriéramos los ojos al despertar del sueño y la vigilia nos sorprendiera ante un árido y extendido desierto sin horizonte a la vista. Aunque vivamos rememorando lo que ya fue; vale decir, “atados a un pasado por delante”, el simple instinto de conservación hace que nos pasemos continuamente construyendo el arca que podría salvarnos del diluvio; sobre todo en una época de acechante, riesgosa pandemia y profundas divisiones ideológicas, que atraviesan a la sociedad y sus élites de virtuales y aniquiladoras situaciones que, de un modo crucial, adquieren una singular importancia cotidiana. Todo esto en medio de un consenso siempre relativo y al filo del enfrentamiento, cuando los cambios de las políticas públicas resultan meros atenuantes; sin embargo, las prioridades pueden mutar abruptamente según qué ideología intervenga. Entre nosotros los argentinos –es duro reconocerlo- hay dos en liquidación que acaparan todo el espectro político y que gobernando demuestran una total incapacidad: el populismo y el neoliberalismo. El áspero cambio de Gobierno que hemos tenido hace más de un año, adherido a la traumática, ecuménica peste, sin dejar de considerar las recientes elecciones en los Estados Unidos de Norteamérica son acaso los extravagantes paradigmas de la época que nos toca pisar sobre suelo argentino.
Antes de ir al grano empiezo con un recuerdo personal, que, me parece, resume algo. Sucedió una bochornosa mañana del mes de febrero de 1974. La revista en la que escribía me designó para que la representara en la conferencia de prensa que el Presidente Perón daría en Olivos. Con imprudencia de mi parte, me registré por teléfono el día anterior y cuando llegué no figuraba mi nombre en la planilla de periodistas autorizados. Gracias a dos entrañables y admirados colegas, pude ingresar. Ellos eran famosos y respetados y fueron mi garantía cuando lidiaba, ya casi resignado, ante los sabuesos de seguridad en la entrada. Me refiero a los inolvidables Antonio Carrizo y Juan Carlos Mareco. Un rato después, en compañía de ambos me ubicaban en la primera fila. Los tres fuimos reconocidos por Perón que nos saludó personalmente con un ligero apretón de manos y un gesto de cordialidad. Hubo varios hechos memorables después, en uno, el caudillo le respondió a una militante montonera que lo interrumpió para cruzarlo con palabras casi groseras, aunque pretendidamente identificatorias. “General, le anticipo, para que quede claro, que yo, antes que montonera, soy peronista”. Perón abrió grandes los ojos, hizo un gesto de asombro y, como buen criollo argentino, al más puro estilo “Viejo Vizcacha. Le respondió: “Hombre, m’hija, lo disimula muy bien”, provocando la risa de todos los asistentes. En otro tramo de su discurso puso en su lugar a un exaltado, que pretendió congraciarse y ser chistoso. “Mire, General, yo siempre tengo presente aquella vieja consigna suya: para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”. A lo que el Presidente asintió rectificando: “Es cierto, tiene razón, compañero; pero es una consigna vetusta que ya no corre más. Ahora debemos estar todos unidos y para un argentino no debe haber nada mejor que otro argentino”.
Se han sucedido los años “pisando como zorros locos”, para usar un verso de Pablo Neruda y en la Argentina, país confuso e irreverente, con marcada vocación divisoria y confrontativa, esta supremacía aún no está resuelta en 2021 y ahora se la llama “grieta”. Cierto, la oposición triunfó en la elección presidencial por siete puntos, lo que no es desechable, aunque contrastó con la amplia, abultada ventaja obtenida en las PASO, que Macri logró recortar. Esto tuvo consecuencias en el plano legislativo: el autodenominado Frente de Todos (cada vez de menos) confirmó su dominio en el Senado, pero en Diputados no alcanzó la mayoría y requiere el apoyo de terceras fuerzas para aprobar leyes claves. Este fenómeno es más probable en las elecciones presidenciales que en las legislativas, pero estas también tienen relevancia: controlar las cámaras es una forma de imponer la voluntad eludiendo la negociación, recurso cada vez menos apreciado por los vetustos partidos que dicen representar a la ciudadanía. Poseer el ejecutivo y dominar el legislativo es una condición crucial para gobernar sin consenso con la cada vez más deslucida oposición.
Quizá en la Argentina no exista una división cultural tan profunda como en los Estados Unidos de Norteamérica; sin embargo, dos bloques políticos y sociológicos esperan las legislativas de este año como un punto de inflexión; pues, aunque parezca un disparate, será la consolidación del llamado “cristinismo” o el inicio de su ocaso. La elección parlamentaria impulsará los sueños hegemónicos de Máximo Kirchner y su mamá, o rehabilitará a los aún despatarrados de Juntos por el Cambio como alternativa. Pero no solo eso. Estarán en juego dos visiones contrastantes sobre el patrón de desarrollo. De un lado la creencia en el Estado, como regulador e impulsor de la economía; del otro, la convicción de que la actividad privada debe ser liberada de restricciones para atraer negocios e inversiones. Todo en un plano simbólico, por supuesto, ya que también se dirimirá un clásico: si el relato debe organizarse en torno a un esquema partidario o ante la república. Nada menos que esto se decidirá en este 2021. Si gana el Frente de Todos, prevalecerá el fracasado estatismo de base popular. Si triunfa la oposición -es casi seguro-, la economía privada y el ideal republicano intentarán en teoría -sin duda otra vez- recuperar chances perdidas y seguramente irrecuperables. En un caso, las clases más sufrientes renovarán contrato con el peronismo. En el otro, las clases medias y altas sentirán que se afloja el yugo. Todo en una constelación casi teológica como en una distracción de la divinidad.
¿Cómo se ganan las elecciones en este contexto de pura división? ¿Qué factores las definirán? Según la teoría del voto las razones económicas suelen imponerse a la hora de optar. Esta explicación clásica se basa en el juicio retrospectivo del votante sobre sus condiciones materiales: si le fue bien reelegirá al partido que gobierna, pero si le fue mal preferirá a la oposición, aunque esta sea de manteca o un panqueque que se extiende hacia cualquier lado.
Aunque este argumento no sea absoluto y menos proverbial, las encuestas son inequívocas respecto de la importancia de la economía. La esquilmada Argentina encabeza el ranking de preocupaciones públicas desde hace décadas, expresada en menciones a los bajos salarios, la galopante inflación y, lo que es gravísimo, la patética pérdida del trabajo. Los últimos sondeos en el plano nacional son concluyentes y devienen en una suma que alcanza más del 60 por ciento, un valor muy superior al de otros tópicos. A este factor, muy observado y angustiante, hay que agregar otro, tremendo y, que yo sepa, no revelado por los sondeos de opinión: la pandemia.
Cómo afectará el voto es una cuestión aún no dilucidada, aunque la evidencia mundial muestra algo obvio, que explica la desesperación de los gobiernos por las vacunas que ralean aquí y allá. La población tiende a apoyarlos si percibe que controlan el problema y los reprueba si estima lo contrario. Entre nosotros, como se dice en buen criollo, “hay mucho verso” y las vacunas no llegan. Por otro lado, una de las hipótesis más consideradas sobre la caída de Trump es el virus antes que su desprecio por la democracia. Cómo interactúan la pandemia y la economía en la mente del votante tampoco está claro y, más aún en país sin rumbo. El Coronavirus, además de inédito, es un fenómeno complejo y multidimensional que, como buena peste, opera en todos los frentes del mundo, ya que afecta los ingresos, amenaza la salud, genera desasosiego y condiciona la vida cotidiana. Si bien los datos computados por recientes encuestas lo ubican como la segunda preocupación después de la economía; con muchas menos menciones, un tercio del electorado cree que es la razón que explica las dificultades de un país donde al parecer estamos todos locos ¿o qué…?