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TRIBUNA

Todavía

jueves 04 de febrero de 2021, 20:32h

Tras revisar esta página he notado que repetía como un bajo continuo, como una interminable letanía, el mismo adverbio: todavía.

Varias décadas dedicadas a la enseñanza me han permitido ver todo tipo de avatares. Mutaciones de tránsito lento que no me parecía que fueran en la buena dirección, pero – trabajador sin escalafón, ni rango reconocido – fui adaptándome a esas novedades con silenciosa paciencia, tratando de salvaguardar siempre el espacio interior del aula. Cerrada la puerta, trataba de enseñar lo poco que sé sobre mi ámbito preferente de lecturas, buscando a la vez ajustarlas a los programas oficiales, dándoles un relieve que les hiciera visibles para ojos acostumbrados a la más inmediata actualidad.

Sabedor de que el profesor – hace treinta años – gozaba todavía de un residual fondo de autoridad, trataba de no desatender los elementos ocultos del currículo. Siempre traté de mantener mi figura erguida, de hacer ver una voluntad tenaz de resistencia, una firmeza ante la vida y la época que bien sabía yo que desfallecía día tras días, año tras año.

He visto la lenta pérdida de capacidades que juzgábamos esenciales, aunque las llamáramos instrumentales. Dificultades de comprensión de textos sencillos, dificultades de expresión – oral y escrita – sobre cuestiones cotidianas, pérdida de toda capacidad de narración…

No me importó. Si había que enseñar a leer y escribir a adultos que habían alcanzado el bachillerato o la universidad, allí pondría mi afán. He seguido una estrategia de guerrillero solitario o de bandolero sin recursos que se ha visto sitiado por la simple evolución de la realidad. Desbordado y vencido, he debido deponer toda resistencia una vez que el aula, en que pretendí defender una autoridad vestigial y ruinosa, se ha abierto de par en par a los vientos de la información y la comunicación, a la inspección efectiva de cualquier observador y ha segado la posibilidad – que siempre me pareció fundamental en la disciplina filosófica – de distinguir lo esotérico de lo exotérico. Recuerdo cuando el maestro hablaba inter nos, atreviéndose a plantear las cuestiones que la tolerancia señala como intolerables, no necesariamente para defenderlas, pero sí para manifestar su potencia real.

El profesor hoy – con grados y formas diversas, según el medio social del auditorio o el carácter público o privado de la empresa educativa – no sólo ha perdido todo rastro de autoridad, sino que empieza a resultar una figura obsoleta – sustituible por tutoriales de apariencia luminosa – que manifiesta todavía gestos de otro tiempo. A menudo ignora todavía que ha sido reducido a la categoría de administrador de recursos, de gestor de tiempos y tareas, de inspector armado de útiles burocráticos de medición, de experto en calidad y tantas otras cosas que son siempre la misma nadería.

A mi edad, reconozco haber pasado más de treinta años de conversación directa o indirecta con mi maestro, cuyo nombre propio omito aquí por respeto y reverencia. A su través, he podido acceder a toda la tradición filosófica que he sido capaz de acoger. Algunos nombres, la inmensa mayoría muertos, significan para mí un objeto de comunicación real. Como un privilegio conservo el de algunos que conocí en vida, aunque – como es natural – van desapareciendo. El sentido de la tradición y del respeto que denota la forma de trato que aprendí en la escuela, pero no sólo en la escuela, me permitió una apertura más allá del estrecho claustro del presente en marcha. Y también alguna comprensión de los bloqueos y negaciones que ese mismo presente opone a la posibilidad de transmisión y herencia de un bagaje que, más o menos afectado, todavía estuvo al alcance de mis manos.

Cuando hablo con quien todavía entiende la pérdida a la que aludo, me invade una cierta nostalgia y una profunda melancolía. La barbarie tecno-científica ha conquistado el mundo y nos toca preservar en el círculo más inmediato, si todavía es posible, la llama de la civilización. Son muchos los que adivinaron esta terrible barbarie tecnológica, higiénica y atildada. A nosotros nos toca profesar el viejo sentido de la realidad, la intangible verdad de la condición humana, de su tradición y su gloria en estos tiempos de oscuridad y telecomunicación, de democracia sin sustancia y estandarización libertaria. Todavía.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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