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Otra vez el apaciguamiento

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 01 de septiembre de 2008, 19:54h
La crisis de Georgia ha abierto una nueva fase en las relaciones internacionales, que no supone ninguna sorpresa porque se veía venir desde hace tiempo. El principal rasgo de esta nueva situación es la explícita renuncia de Rusia a convertirse en un país “homologado” según los valores y las pautas de Occidente y su manifiesta voluntad de recuperar su condición de de superpotencia, con intereses y criterios diferenciados. Una voluntad que implica el designio de recuperar una zona de influencia exclusiva, en la que no se permitirá la injerencia de los países occidentales. En suma, se trataría de reconstruir el secular imperio ruso, primero zarista, después soviético.

En el nuevo tablero mundial, Rusia pone encima de la mesa su indudable condición de gran potencia energética: primera productora de gas y segunda de petróleo, tras Arabia Saudí. El resultado es que nos hallamos ante una nueva “guerra fría”, muy diferente a la que solemos referirnos con iniciales mayúsculas y, lo peor de todo sería que, como ha escrito Edward Lucas, “Occidente está perdiendo la nueva guerra fría, aún cuando apenas si se ha enterado de que ha empezado”. Lucas, corresponsal de The Economist en Europa Central y Oriental, es autor de un libro, The New Cold War. How the Kremlin menaces both Russia and the West (Bloomsbury. Londres. 2008) que me parece de imprescindible lectura para comprender cómo se está configurando este nuevo paisaje internacional.

Tampoco es una sorpresa la reacción de Occidente y, en concreto de la UE, que -con evidentes diferencias por la falta de unidad y la inexistencia de una única voz que hable en nombre de todos con autoridad y eficacia- ha optado por una línea blanda, de gestos ineficaces, al servicio de los intereses comerciales particulares y de una mal entendida concepción de eso que llaman el soft power. Una vez más se opta por el apaciguamiento, que tan deplorables consecuencia ha tenido a lo largo de la historia. (Remember Munich, 1938). En buena medida porque Occidente ha quedado enredado en la larga cadena de errores cometidos en estos últimos años, unos por EE UU., otros por la UE y sus más importantes países miembros y aún otros por todos a la vez. Enunciemos algunos de estos errores. 1. Encantados con la idea de que Rusia iba a ser un país “normal”, democrático y “como nosotros” –se la incluyó en el G 7, aunque no cumplía ni los requisitos políticos ni los económicos- ha faltado un análisis de qué es Rusia y cuáles son sus planes, especialmente desde la llegada de Putin al poder. Unos planes que, necesariamente, la enfrentan con un Occidente, que en Rusia es considerado como hipócrita, corrupto y decadente.

2. Se reconoció alegremente la independencia de Kosovo, sin atender a quienes advertían que se trataba de un precedente que, sin ninguna duda, iba a ser aprovechado por Rusia. Y, en plena coherencia, Rusia lo ha aprovechado. ¿Por qué se va aplicar una regla para lo que le conviene a Occidente y otra para lo que no le conviene? Los argumentos que he leído para diferenciar los casos de Kosovo y Georgia son de risa y sólo pueden convencer a los pardillos. Lo peor puede ser que, tras este primer ensayo georgiano que le ha salido tan bien, se repitan en el futuro operaciones similares. Eso sí lo entienden las repúblicas de la ex URSS y los países del antiguo bloque soviético, que son los únicos que conocen a fondo los métodos de Moscú. Estonia y Ucrania ya están sobre aviso.

3. Se perdió la oportunidad de invitar a Georgia y a Ucrania a entrar en la OTAN en la cumbre de abril (la de la famosa foto de Zapatero ensimismado que podría ser la antítesis y el reverso de la no menos famosa foto de las Azores). Se podría haber puesto en marcha el MAP (Membership Action Plan) que habría hecho de los países citados pre-miembros de la Alianza Atlántica, lo que, quizás, no habría impedido la crisis, pero, sin duda, Rusia se lo habría pensado un poquito más.

4. El viaje de Sarkozy, como presidente de turno de la UE, a Moscú fue un auténtico fracaso y su colega, el novato Medvedev, le madrugó en toda regla, mientras la UE quedaba a los pies de los caballos, por no decir de los tanques rusos. En el acuerdo firmado no figuraba la idea de “la integridad territorial de los Estados” (¿para no recordar a Kosovo?), indispensable en un caso como el de las separatistas Abjazia y Osetia del Sur, ni un mínimo mecanismo para verificar el alto el fuego y la retirada de las tropas rusas. Resultado: Los rusos se pasaron el tal acuerdo por el arco de triunfo y ya no va a haber quien les mueva de Osetia del Sur ni de Abjazia. Por lo menos. Se admiten apuestas.

Triunfa el apaciguamiento -versión diplomática del miedo y de la falta de seguridad propia- porque, se dice, Rusia tiene el grifo de gasoductos y oleoductos. De acuerdo. Pero, ¿por qué no piensan que tanto interés como tienen los occidentales en comprar los hidrocarburos rusos, tiene éstos en vendérselos a los europeos? No tiene otros clientes a mano y necesitan el dinero europeo. Una situación, en suma, propicia para una negociación dura y exigente, que es la antítesis de esta rendición “preventiva” a que parecen abocados los europeos. Todo ello en el marco de una reconsideración global de la relaciones de Occidente con Rusia. ¿Y España? “Ni está ni se la espera”. Perdón, Zapatero, ¿cómo no? Está por el diálogo, su panacea para todos los conflictos.

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

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