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Ensayo

J. L. Gómez Urdáñez: Víctimas del absolutismo

domingo 07 de febrero de 2021, 18:27h
J. L. Gómez Urdáñez: Víctimas del absolutismo

Prólogo de Carlos Martínez Shaw. Punto de Vista. Madrid, 2020. 392 páginas. 23,75 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Víctimas del absolutismo. Paradojas del poder en la España del siglo XVIII, el profesor José Luis Gómez Urdáñez nos ofrece un retrato preciso del escenario político de nuestro país en la mencionada centuria. Para ello, recurre a una exposición cronológica, que finaliza con el mediático 2 de mayo de 1808, que le sirve para ordenar el contenido. Asimismo, vertebra la obra alrededor de una serie de conceptos fundamentales (absolutismo, despotismo e Ilustración) que interactúan entre sí, manteniendo relaciones en las que a veces se advierte el conflicto y en otras la cooperación.

El autor constituye un referente (catedrático de Historia Moderna la Universidad de La Rioja) en el estudio de la España dieciochesca. Este fenómeno se observa no sólo en el dinamismo de la narración sino también en la capacidad para explicar de manera rigurosa cuestiones complejas que aluden a la economía, a la diplomacia o a las políticas públicas. Además, caracteriza a los diferentes actores (monarcas, ministros, intelectuales…) que guiaron los destinos del país, observándose en algunas ocasiones que en las agendas de aquéllos primaban más las ambiciones personales que el interés general. En consecuencia, las intrigas palaciegas formaron parte principal del paisaje, cobrándose abundantes víctimas, algunas de las cuales nos las anticipa en el prólogo Carlos Martínez Shaw.

Las luces y las sombras del siglo XVIII aparecen explicadas de manera sobresaliente en la obra que tenemos entre manos. Un espíritu reformador, en ningún caso revolucionario, persiguió mejorar las condiciones materiales de la nación… pero sin traspasar determinadas “líneas rojas”: “Así, pues, interesa definir con precisión a qué llamamos despotismo ilustrado, pues su esencia está en la contradicción, en la convivencia de lo viejo, la domus regia, el dominio del absolutismo, y lo nuevo, el Estado, la criatura que avanza con el despotismo ilustrado” (p.122). Tampoco el escenario internacional resultaba el más adecuado para implementar reformas de calado. Este hecho se observó sobre todo en la década final de la centuria, con el estallido de la Revolución francesa y el intento de las autoridades españolas por establecer un cordón sanitario que impidiese la llegada de los argumentos enarbolados por girondinos y jacobinos.

Los rasgos del despotismo ilustrado pudieron verse en ciertos ministros, los verdaderos déspotas en palabras de Gómez Urdáñez, al tiempo que la figura del Rey mantenía su carácter absoluto. Tal constante se mantuvo durante el todo el siglo: “Seguía habiendo un concepto patrimonial de la monarquía, pero también la misma voluntad de reforma a favor de los “amados vasallos”, que venía de muy lejos y que era lo habitual en las cortes europeas del despotismo ilustrado” (p. 322).

Igualmente, no debemos olvidar el rol desempeñado por el binomio Inquisición-religión, actor distintivo del Antiguo Régimen y capaz de fabricar pruebas condenatorias contra determinadas personalidades, generando de este modo un reguero de víctimas. Por tanto, la presunción de inocencia o la preservación de los derechos del reo constituían una entelequia en la España dieciochesca, de lo cual dan buena prueba los destierros de quienes caían en desgracia producto de opacas maniobras políticas (por ejemplo, el conde de Superunda): “La mano dura y la ausencia de sentimientos se aprendía en los círculos políticos, del rey abajo, donde la pérdida de la estimación regia ante cualquier fracaso o debilidad era lo que esperaba el rival político para actuar” (p.80). Al respecto, el capítulo dedicado a Pablo de Olavide refrenda la fortaleza de las instituciones del Estado para convertir en hereje a un inocente incómodo.

Con todo ello, aunque durante el XVIII se adoptaron medidas reformistas, también es cierto que se tomaron decisiones que repercutieron negativamente en el panorama cultural y en el de las letras, como por ejemplo la expulsión de los jesuitas o la campaña desatada contra el teatro. Igualmente, el autor nos acerca la persecución a ciertos grupos, como los gitanos, considerados como una suerte de amenaza para la seguridad nacional. En la mayoría de las ocasiones fueron empleados en trabajos forzados, mientras que en otras se buscó su asimilación.

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