Vicepresidentes, primeras damas y otras compañías
Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 01 de septiembre de 2008, 20:54h
Sabido es que los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos intentan encontrar en el respectivo candidato a la vicepresidencia aquello de lo que el número uno carece. Así, Obama ha querido compensar con la edad y la experiencia de Joe Biden lo que en él, según muchos, es juventud y falta de adecuado recorrido. No hace falta adivinar que ademas Biden se puede dirigir a otras parroquias: es blanco, católico y de origen mesocrático, allí donde Obama es obviamente negro, protestante y tan educado que la gente hasta olvida sus convulsos orígenes.
La sorprendente elección de la hasta ahora casi desconocida gobernadora de Alaska, Sarah Palin, como candidata a la vicepresidencia republicana de John McCain responde a las mismas exigencias de compensación binaria. Tiene veintiocho años menos que el septuagenario senador, es muy obviamente mujer y confiesa pertenecer al ala “social conservadora” del partido. Es decir, abomina del aborto -y lo predica con el ejemplo: tiene cinco hijos, el más joven, de apenas cuatro meses, nacido con síndrome de Down-, cree en la pena de muerte, desconfía de los poderes públicos, pertenece a la Asociación Nacional del Rifle y cree en las virtudes de una fiscalidad mínima. Una verdadera republicana al lado de un McCain cuyas credenciales ideológicas han sido muchas veces puestas en duda por sus mismos correligionarios.
Lo de Biden tiene sus evidentes ventajas y, entre las quinielas habitualmente barajadas, era previsible. Lo de Sarah Palin era tan imprevisible que el solo anuncio de su candidatura, pocas horas después del cierre de la convención demócrata en Denver, hizo olvidar que Barack Obama había pronunciado un poderoso discurso en el momento en que aceptaba su candidatura. McCain ha sabido mover pieza hábilmente cuando el margen de maniobra parecía nulo.
Michelle Obama es mujer de convicciones fuertes. Y en el comienzo de la campaña de su marido no se recató en expresarlas, ante la consternación de muchos propios y regocijo de buen número de ajenos. El fantasma de la primera dama intrusiva y dominante -la copresidencia a la que aspiró Hillary Clinton cuando ocupaba la Casa Blanca y que muchos temieron fuera el destino de Bill, su marido, en el caso que la señora ocupara el Despacho Oval por derecho propio- ha hecho de Michelle una figura más convencional, familiar y silenciosa, cuyas apariciones suelen estar puntuadas por la presencia de las dos hijas de la pareja. Cindy McCain se confiesa devota partidaria de ocupar en la Casa Blanca el lugar que corresponde a la mujer en una familia tradicional, evita cuidadosamente proferir ninguna idea política y se muestra incansable y permanente en la compañía de su marido. Ha sido una excepción verla en Georgia estos últimos días, enviada por su marido para mostrar la solidaridad con los georgianos en estos tiempos de tribulación y en ofrecimiento de ayuda humanitaria. Porque el cuerpo electoral americano, tratándose de primeras damas, parece preferir el estilo Laura Bush -discreto, familiar, solidario y más bien silencios o- al que en su momento, durante la frustrada campaña electoral de su marido, encarnó la americano/portuguesa Teresa Heinz Kerry.
A dos meses del 4 de noviembre los cabezas de lista y sus adláteres liman asperezas y procuran evitar sobresaltos. Obama con Biden es más tradicionalmente demócrata de lo que aparecía al comienzo de su marcha casi triunfal. McCain con Palin redora sus blasones conservadores para mejor hacer aceptar su a veces imprevisible republicanismo. Las primeras damas también se alinean. No es éste el tiempo para improvisaciones o bromas. La ciudadanía quiere cambio pero cada cual le pone su apellido y todos, a su manera, aborrecen la aventura. Nada especialmente nuevo.
Como tampoco especialmente nuevo es el recordar que, al final de la historia, y salvo imprevisible catástrofe, el triunfo o el fracaso es del cabeza de lista. Es tal la personalización del sistema que, como en los combates de boxeo, los segundos -vicepresidentes y primeras damas- deben quedar fuera. Aunque algunos de los primeros -véase Cheney- luego resulten decisivos en la orientación de la cosa pública y a veces, pocas, algunas de las segundas-dícese de Lady Bird Johnson y de Nancy Reagan - jueguen influencias tan decisivas como ocultas en las decisiones de sus maridos. Pero eso viene luego. Hoy por hoy la elección está entre Obama y McCain. Y las encuestas siguen muy apretadas. A pesar de todo.
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Embajador de España
JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas
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