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TRIBUNA

El miedo en la democracia mutilada

lunes 08 de febrero de 2021, 20:37h

Hace ya un año que nos llegaron los primeros ecos de un extraño virus, que ha adoptado el nombre entre nosotros de coronavirus o para los más entendidos covid 19. Los ecos llegaban de tierras lejanas, de un desconocido territorio de la inmensa China, que ni siquiera sabíamos su nombre. Nuestro oráculo particular, el doctor Simón, nos tranquilizó: el virus no llegaría a nuestro terruño o de hacerlo sería algo marginal. En las semanas del mes de febrero, sin embargo, se sucedieron noticias crecientemente inquietantes. El virus se extendía más allá de la muralla china. La Organización Mundial de la Salud empezó a hablar de él y emitió las primeras alertas, que obtuvieron una pobre atención en la opinión pública.

Estábamos centrados en otras cosas, que parecían más importantes. Se estaba preparando la grandiosa manifestación para festejar el 8 de marzo, que sería como la gala del programa feminista del nuevo gobierno Sánchez-Iglesias. Incluso había disputas entre las estrellas gubernamentales (Calvo frente a Montero [Irene]) por ser la prima donna. En los primeros días de marzo se fue creando un ambiente raro. En las conversaciones no se paraba de hablar del extraño virus. Algunos agoreros tímidamente alzaron la voz ante los ya evidentes indicios de que circulaba libremente entre nosotros. Almuerzos y reuniones se suspendían espontáneamente, aunque el oráculo seguía emitiendo mensajes tranquilizadores: no desaconsejaría a un hijo suyo a ir a la manifestación del 8 de marzo. ¿Puede haber algo más convincente en un oráculo quien, en su condición de padre, ha de desear lo mejor para sus hijos? La verdad es que la gala salió deslucida. Acudió mucho menos gente de la prevista. Hubo menos alborozo de lo esperado. Porque, al mismo tiempo, el boca a boca funcionaba. El silencio de las autoridades era reemplazado por radio macuto. Siempre sucede así. Y corrían noticias de que algo estaba pasando en los hospitales, que estaban repletos de contagiados y que estaban a punto de estallar.

Y llegó el 14 de marzo en el que el Gobierno declaró el “estado de alarma” y decretó el más severo confinamiento que pudiera imaginarse: toda la población encerrada en sus casas. Sólo se podía salir a pasear a los perros (quienes los tuvieran). Entonces el miedo se apoderó de la ciudad: un doble miedo, el del gobierno y el de los habitantes. Eran distintos pero se retroalimentaban. Las ciudades se convirtieron en fantasmas. En las calles desiertas reinaba un silencio sepulcral. Alguien inventó una terapia para combatir el miedo: los aplausos en los balcones, que la gente secundó de forma masiva. Nos contemplábamos estúpidamente los unos a los otros batiendo las manos. Eran como las rogativas en una sociedad secularizada.

Las noticias eran confusas. El oráculo hablaba de extrañas curvas y picos: llegar al pico sería una buena noticia porque, cuando se alcanza el pico sólo se puede bajar, aunque también hablaba de mesetas, lo cual no se compaginaba con la idea de descensos. Aunque no se nos reveló ese dato, en las primeras cuatro semanas del estado de alarma murieron 70.410 personas, 38.000 más que en años anteriores. (El exceso de muertos en todo el año 2020 ha sido superior a 85.000). Eran muchas muertes y la gente lo sospechaba porque seguía funcionando radio macuto. Por él sabíamos que los hospitales estaban colapsados, que habían muerto miles de ancianos en las residencias sin haber podido ser atendidos debidamente, que los cadáveres se amontonaban en las morgues sin poderles dar el enterramiento de acuerdo con las tradiciones de nuestra civilización. El miedo iba calando profundamente en los habitantes de la ciudad.

Hace ochenta años, en los oscuros tiempos de la Europa de los totalitarismos, el gran historiador italiano Guglielmo Ferrero publicó “Pouvoir. Les Génies invisibles de la Cité”, luminoso ensayo, en el que estudiaba el factor del miedo en las relaciones de poder. Ferrero partía de la constatación de que “el miedo es el alma del universo viviente”, en los animales y en los seres humanos. Pero actúa de modo especial en lo que al poder se refiere. El poder es una relación entre gobernantes y ciudadanos, entre “señores y siervos”, en palabras de Ferrero, en virtud de la cual unos mandan y otros obedecen. ¿Por qué se produce este “contrato universal”? ¿Qué hace que los súbditos acepten la obediencia a quien ostenta el poder? Aquí el historiador italiano introduce su concepto de “duendes invisibles de la ciudad”, que no es otro que la legitimidad (los distintos principios de legitimidad que se han sucedido a lo largo de la historia). Obedecemos al poder porque lo consideramos legítimo. Cuanto más legítimo sea, la obediencia se logrará con menor coacción. Cuanto menos lo sea, nacerá al poder el miedo de perderlo y recurrirá a mayor coacción, que provocará, a su vez, el incremento del miedo en la población.

En nuestra época, felizmente, el “duende invisible” de la ciudad es la democracia, el único principio legitimador del poder aceptado entre nosotros. Pero, ¡ay!, toda legitimidad se descompone en dos elementos: de origen y de ejercicio. No basta la legitimidad de origen (las elecciones en nuestras democracias); es necesaria también la de ejercicio: ganarse día a día la confianza de los ciudadanos por los resultados. Y, si se me apura, no basta tampoco esta doble legitimidad, porque la democracia que nos hemos dado es un sistema complejo, con variadas reglas indispensables para su supervivencia, tales como nuestros sistemas de libertades, los checks and balances, los controles al poder. Si estas reglas se deterioran o quebrantan, estaremos ya en una “democracia mutilada”.

El miedo del gobierno, al tener que adoptar las drásticas medidas el 14 de marzo, era justificado. Sabía que había actuado tarde, que la situación se le había ido de las manos, que el sistema sanitario iba a estallar, que no se disponía de los recursos para proteger a la población, que el parón del país significaba en un futuro cercano pobreza y paro. Entonces recurrió a las armas de un poder que se siente acorralado: la mentira y le détournement du pouvoir. No le habría sido imprescindible hacerlo. Podría haber optado por otra vía: compartir el poder, centrando toda la acción en combatir la dramática y excepcional situación creada. Pero ni quería compartirlo, ni él ni su socio, ni renunciar al programa progresista-feminista, que le había aupado al gobierno.

La mentira reinó en la época de la pandemia. La mentira en los tiempos modernos es una mezcla de ocultación y propaganda. El gobierno ocultó los fallecimientos, las compras del material sanitario, el estado de las residencias, las carencias en los equipamientos. Se inventó un comité científico inexistente. El colmo de la osadía fue cuando el 10 de junio de 2020 el presidente declaró en el Parlamento que gracias a sus medidas se habían salvado 450.000 vidas. Los tonos bélicos de sus discursos (“estamos ganando la guerra”, “unidos venceremos”) tenían por objeto atemorizar más a la población y hacerla más sumisa.

El desvío y abuso de poder fue la segunda gran arma, ante una población incapaz de reaccionar. Nada menos que treinta y nueve decretos-leyes se han dictado desde que estalló la pandemia, una cifra sin precedentes en nuestra democracia. El Parlamento, desde luego, no podía llevar a cabo sus actividades con normalidad. Se tramitaron dos importantes leyes, que dividían a la sociedad española, -la ley educativa y la ley de eutanasia- sin debate social, sin las consultas pertinentes, sin la participación de los sectores implicados. Los órganos consultivos fueron silenciados. El estado de alarma suponía una fuerte restricciones de las libertades, especialmente las de reunión y participación, esenciales para toda democracia. La vida virtual no puede sustituir a la vida real. El desiderátum de la “democracia deliberativa” brilló literalmente por su ausencia. Instituciones que cumplen una función indispensable para la vida democrática quedaron confinadas como el conjunto de los ciudadanos. Sólo existía el poder desnudo, el verdadero poder, según Carl Schmitt. Un año, en suma, de democracia mutilada.

El miedo de los habitantes de la Ciudad se propagó intensamente en las ocho primeras semanas del confinamiento. Y dominó todas las facetas de la vida social: las relaciones familiares, las del trabajo, la vida religiosa, las relaciones con los vecinos. El miedo produce retraimiento y sumisión, porque de quien se apodera se siente indefenso. Y realmente lo está. Era un miedo a la salud, pero también a la incertidumbre económica. La gente se fue dando cuenta que ya era más pobre, aunque había más perdedores que otros. Pero nadie quería estar entre los más perdedores. Por cierto, el gobierno tomó una decisión tan injusta como explicable por el miedo: privilegiar a quienes tenían un empleo seguro y estable (los empleados públicos), aumentando sus salarios, mientras cientos de miles de “otros” españoles engrosaban las filas del paro, y también las de los comedores sociales.

Pero aquel miedo intenso de las primeras semanas no es tan fácil de erradicar. Sigue presente entre nosotros un año después del comienzo de la pandemia. El sociólogo José Juan Toharia afirmaba recientemente que es el componente vital más fuerte en más de tres cuartas partes de la sociedad española. Es ésta la secuela más importante de la pandemia para una Ciudad democrática. Hasta que no venzamos el miedo, la democracia mutilada campará por sus anchas. Y habrá que hacer un enorme esfuerzo para recuperar la vida social y pública que corresponde a una democracia, lo que implica el funcionamiento de una serie de instituciones, la observancia de unas reglas, unas libertades que se expanden, un debate público no cercenado. Los pesimistas creen que todo eso ha podido perderse si no para siempre, al menos por un largo período. No me han gustado nunca los “profetas de catástrofes”. Pero sí sé que los daños producidos a nuestra democracia, incluso a nuestra convivencia, a nuestra manera de ser, en este año de pandemia han sido formidables. Y que la tarea de reconstrucción será ardua, necesitará mucha energía y principios sólidos, que no son otros los que los pueblos europeos hemos plasmado en nuestras constituciones demoliberales, el nuestro en la Constitución de 1978.

Eugenio Nasarre

Ex diputado a las Cortes Generales

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