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TRIBUNA

Rebaño

domingo 21 de febrero de 2021, 19:28h

El almirante Wilhem Canaris solía decir a sus amigos que cuando se cruzaran con un rebaño de ovejas no dejaran de hacer el saludo nazi. “Al fin y al cabo”, añadía con su característico humor, “nunca se sabe”. Canaris fue el personaje más desconcertante de la Alemania nazi. Jefe de la Abwehr, el servicio de espionaje militar alemán, y furibundo antihitleriano, sería arrestado por la Gestapo por su participación en la conjura contra Hitler del 20 de julio de 1944, y ejecutado el 9 de abril de 1945 en el campo de concentración de Flossenburg.

En su novela Final en Berlín escribe Heinz Rein que “por muy heterogéneos que fueran los elementos que convergieron en el Partido nazi antes de convertirse en el Partido del Estado, tenían un denominador común: todos ellos eran descarriados o estaban a punto de descarriarse”. Un conglomerado de aventureros desarraigados, violentos mercenarios, mafiosos de los bajos fondos, interesados con afán de notoriedad, arribistas sin escrúpulos que practicaron una violencia brutal sobre sus adversarios políticos tomando el control de las calles en las ciudades alemanas. Aquellos bárbaros militantes serían descritos atinadamente por Theodor Pliever en su libro Berlín: “Y ocurrió que Hitler al hacer redoblar el tambor en una época de crisis y de decadencia cultural se hizo con todos los que vivían sin ideales políticos y religiosos. Junto a él se agruparon los más diversos elementos de la decadencia y su presencia bastó para dispersar las tradiciones, que hasta entonces se habían mantenido intactas y fuertemente unidas”. Como cuenta Luis Abeytua en Lo que sé de los nazis, muchos de los jerarcas del hitlerismo procedían de las más humildes clases sociales, la mayoría carecían de un empleo estable y sus escasos méritos académicos o profesionales no bastaban para justificar su rápido encumbramiento. “Una histérica plebe parlamentaria” como denominó en su Diario de Berlín el periodista Wiliam Shirer a los seiscientos diputados que vestían camisa parda. “Nos han dirigido delincuentes y tahúres y nosotros nos hemos dejado conducir como ovejas al matadero”, puede leerse en la obra anónima Una mujer en Berlín.

Con su nihilismo absoluto, su técnica propagandística y su régimen de terror, Hitler logró el truco de prestidigitación de equiparar el nazismo con el pueblo alemán, convirtiendo a éste en un borreguil instrumento sin voluntad. Al control total sobre la opinión pública, se añadió el adoctrinamiento escolar. El mismo Shirer explica cómo se nazificaron las escuelas mediante la implantación de nuevos libros de texto nazis que falsificaron la historia, “hasta extremos que a veces son cómicos”. Se practicó, además, un socavamiento sistemático de la autoridad de los padres por parte de las Juventudes Hitlerianas. “Divisiones de individuos sin carácter a las órdenes de idiotas marcando el mismo paso”, como las definió Odon von Horvarth en Juventud sin Dios. La pertenencia a dicha organización desligaba al afiliado de cualquier relación familiar.

En la citada obra de Heinz, uno de los protagonistas inquiere a otro personaje: “¿No ha comprendido usted que uno de los primeros objetivos del nacionalsocialismo consiste en acabar con todas las relaciones personales y en lugar de éstas, aplicar un principio rígido?" En otro momento, el mismo protagonista afirma que el nacionalsocialismo es la suma de barbarie más técnica moderna como ideología. Quien fuera Ministro de Armamento de Hitler, el arquitecto Albert Speer, afirmó durante el proceso de Nuremberg, en el que fue condenado a veinte años de prisión, que “la de Hitler fue la primera dictadura de un Estado industrializado en estos tiempos modernos". Una dictadura que para ejercer el dominio sobre su propio pueblo, supo servirse a la perfección de todos los medios técnicos. Mediante la radio y el altavoz, ochenta millones de personas pudieron ser sometidas a la voluntad de un único individuo. Pero también el teléfono, el télex y la radio permitieron transmitir sin dilación las órdenes dictadas por la suprema jerarquía a los órganos inferiores donde fueron obedecidas ciegamente y sin cuestionarse debido a su elevada autoridad. Se hizo posible crear una extensa red de vigilancia de la población y conseguir un alto grado de confidencialidad de los actos criminales. Speer también afirmó que todos los Estados del mundo corren hoy el riesgo de caer bajo el terrorismo de la técnica, aunque en una dictadura ese peligro parece ineludible. Cuanto más se tecnifique el mundo, será más necesario que, en contrapartida, se fomente la libertad individual y el respeto de cada hombre a su propia dignidad.

Durante los años de la República de Weimar, nadie pensaba que Hitler, aquel “charlatán de cervecería”, llegaría a controlar Alemania y gran parte de Europa. Hubo mucha vacilación, candidez y cesiones entre los dirigentes alemanes de la época, que creyeron que podrían pararle los pies a aquel “pequeño cabo austríaco”, que siempre tuvo muy claro su objetivo. El presidente Hindenburg acabaría dándole el espaldarazo. Y la técnica le permitió culminar su sistema criminal. En tiempos como los actuales, debemos saber parar a tiempo a nuestros “pequeños cabos” y también liberarnos del control de la tecnología. Solo así evitaremos convertirnos en un manso rebaño.

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