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TRIBUNA

De la solidaridad en tiempos de pandemia

lunes 22 de febrero de 2021, 20:01h

Dicen las Escrituras que “las cosas que proceden de la boca salen del corazón” (Mateo 15:18). Ya casi no nos asombran las malas palabras, que acaso por puro snobismo, se han vuelto cotidianas en los medios de comunicación, pero nos preocupan cuando revelan lo que hay en el ser humano y, sobre todo, cuando demuestran que poco o nada importan los sentimientos o la condición de los demás. Los que amamos y apostamos por la belleza del idioma de Cervantes y Lope de Vega vemos con inquietud como también a través de las palabras se tergiversan los hechos más sensibles y hasta en los casos extremos como los que nos tocan vivir, en medio de una pandemia, la palabra privilegio se impone a la palabra solidaridad.

Aquí, en esta Argentina nuestra de cada día, la palabra “berreta”, que viene del lunfardo y significa de mala calidad, algo barato y ordinario es, quizá, la que mejor define a su frívola, corrupta dirigencia. Una gran complicidad de mediocres que desde hace décadas viene hundiendo a un país con posibilidades óptimas, beneficiado por la naturaleza con buen clima, ríos navegables, fértiles llanuras, agua en abundancia y excelentes fuentes de energía. A lo largo y a lo ancho, el rico territorio cuenta con alimentos que alcanzarían para satisfacer el hambre de más 400 mil personas; pero, con apenas 44 mil que lo habitan arrastra índices de pobreza que superan con comodidad el 35 por ciento. Quienes detentan el poder, hacen que todo tienda hacia lo “berreta”, y cada cuestión, de manera indecente y enojosa, adquiere aquí su propia versión y su propio vocabulario, y hasta la mentira, adherida a la desfachatez, es un elemento que crece cotidianamente. Unos y otros, no importan al bando que pertenezcan, se consideran dueños de la verdad o de fórmulas mágicas que fracasan; quizá porque en la raíz siempre está lo desleal asociado a la suficiencia. “La inflación es lo de menos; para mi gobierno no será un problema”, enfatizó fantaseando y envalentonado el anterior presidente antes de asumir. Y, de manera “berreta” fracasó penosamente defraudando a los que lo habíamos votado esperando un cambio.

Ahora se llegó al colmo de habilitarse un sitio vip para vacunar funcionarios del gobierno, políticos, sindicalistas y amigos del oficialismo; la mayoría personas jóvenes que no tienen enfermedades prevalentes, y hacen que se condene a una potencial muerte a muchas personas que sí están en riesgo. En tanto que los que tienen edad para ser vacunados, o están cerca de cumplirla, deberán seguir con resignación los protocolos de turnos. Es el principio básico de igualdad que no se ha respetado; sobre todo en un país con tantas limitaciones para conseguir las vacunas necesarias. Al descubrirse este privilegio estalló un escándalo que concluyó con la renuncia del Ministro de Salud. Un despropósito tras otro.

Esto nos hace recordar que no terminado aún el fatídico año 2020, se deslizó desde el Gobierno, con menos certeza que responsabilidad, de manera bien argentina, que durante el mes de enero, al menos 10 millones de almas iban a estar vacunadas con la Sputnik V; hoy comprobamos que todavía no se ha llegado al millón y que por más que nos esforcemos con toda la mejor buena voluntad, los números no cierran, ya que no abundan vacunas y se aplican con cuenta gotas como en todos los países pobres o empobrecidos del continente. A esto se agrega un repudiable acto de corrupción -“berreta”, por supuesto- que benefició, en especial, como ya señalamos a funcionarios y cercanos al Gobierno.

Tal vez a este ritmo se tarde años en inmunizar a la población si no se recurre a otras vacunas complementarias. Se sabe ahora que las naciones de menores ingresos apenas cuentan con las partidas que les serán eventualmente asignadas por la intervención de Covax, un dudoso fondo mundial organizado por la ONU, que apunta a lograr un acceso equitativo a la inmunización; aunque no interviene en un país rico como Canadá que acumulada cantidades de dosis que alcanzarían para vacunar a toda Latinoamérica.

Como parte de una región devastada por el coronavirus según la densidad de habitantes y por su impacto social y económico, la Argentina, con cifras dibujadas, al igual que sus vecinos, se enfrenta a varios interrogantes. Todos ellos están centrados en cómo administrar la escasez de vacunas hasta que su suministro se amplíe y cómo hacer que su aplicación proteja a la suficiente cantidad de personas como para recortar considerablemente el contagio y la letalidad del Covid-19. A la espera de una eventual inmunidad de rebaño, todo parece remoto. Pero no solo de este lado del Atlántico se cuecen habas. El egoísmo y la decadencia mundial, con su falta de solidaridad, es también un hecho irreversible. Homo homini lupus (el hombre es lobo del hombre), conjeturó Plauto en una de sus comedias y acaso nunca como ahora cuando los trapitos se desnudan en el sol.

Pero detengámonos en la palabra que nos preocupa. La solidaridad, además de todo lo sentimental que encierra en su amplia y precisa expresión, es un valor humano que consiste en ayudar al otro de manera desinteresada; es decir, sin esperar nada a cambio y sin ningún interés de por medio. La situación que estamos viviendo nos lleva a formularnos esta incómoda pregunta: ¿La pandemia nos ha vuelto más solidarios y generosos? Al parecer no. El egoísmo y los intereses cuentan más que los nobles propósitos. Las antropológicas ideologías operan hoy sobre un mundo globalizado que acentúa el individualismo del “primero yo y del sálvese quien pueda”, situación que en este caso extremo se viene practicando de un modo impune y vergonzoso. Todo es mercancía más allá de cualquier forma de fraternidad; por consiguiente, era un hecho previsible que una vez descubierta la tan ansiada vacuna se desataría una guerra ferozmente competitiva en el mundo; algo que va más allá de contadas instituciones benéficas y religiosas, y se proyecta hacia casi todos los Estados. Es poco o nada lo que se puede esperar de un mundo cuya estructura económico-política se basa en la desigualdad y en el extremo egoísmo como está demostrado.

Es algo grotesco entonces hablar de solidaridad humana en tiempos como los que nos toca vivir; algo así como sumergirnos en el ridículo. Cabe, sin embargo, hacernos la pregunta: ¿Cuándo el hombre ha sido solidario? Hace demasiado tiempo que vivimos bajo dos sistemas que son muchas cosas en medio de esta solapada gran guerra de intereses. En el campo social, político y económico el hombre no es naturaleza, sino historia y poco cuenta lo humano; vale decir que hay persistencias en nuestra condición, que aún arraigadas en su cambio constante (nunca nos bañamos dos veces en el mismo río, según la remota observación de Heráclito), no son invariables y felizmente nos permiten pensar que siempre vendrá algo distinto; aunque no necesariamente algo mejor, ya que nosotros somos parte de ese cambio y los elementos reiterativos de la condición humana han sido y seguirán siendo inmutables, porque el hombre es siempre el mismo en cualquier época y lugar. “¿Me dices que vez mal el mundo? Te digo que ves el mundo”, conjeturaba resignado don Francisco de Quevedo.

Lo que ahora nos toca vivir se establece conceptualmente en caprichosos elementos, que funcionan de manera simultánea y no se alimentan del común deseo del hombre por ser mejor y más solidario, pues esta voluntad de poder tiene dos esencialidades insoslayables para seguir adelante: la primera es querernos a nosotros mismos; la otra, en la vereda de enfrente y con buen sentido del humor, no tomaros demasiado en serio. Somos voluntad sobre lo justo, lo que nos pertenece; o sea que una vez que consolido mi voluntad (mi triunfo) debo esforzarme por mantenerlo, para lo cual debo hacerlo crecer. Este crecimiento, este voluntarismo, está al servicio de la conservación que tenemos como especie. Aparece entonces una voluntad corporativa y de grupo que se quiere a sí misma y debe aspirar a más poder si intenta conservarse en el terreno económico; valiéndose, por supuesto, de la política (o de la fuerza) como instrumento de poder. Por eso Hitler fue hacía la conquistar de toda Europa; era su necesidad vital ampliar su espacio, para conservarlo y expandirse; otro tanto intentó el comunismo y en nuestras castigadas repúblicas el rudimentario caudillismo).

Esto explica, me parece, el espectáculo horrible que los gobiernos despliegan con el enojoso asunto de la vacuna, que todos esperamos ansiosamente. Es así como algo que vendría a salvar las vidas que la impiadosa pandemia condena se transforma en una mercancía en disputa dentro de las reglas de un sistema nada solidario. Estas vacunas desatan una guerra geopolítica donde cada cual juega su juego, en este caso macabro juego. El egoísmo sigue siendo el motor del sistema y de la humanidad. Ya hace dos siglos Adam Smith advirtió que “nada se puede esperar de la benevolencia del mercader. Todo lo bueno vendrá de su egoísmo que lo lleva a competir y difundir su mejor calidad y precio de venta”.

También es necesario tener en cuenta que los laboratorios que están produciendo la vacuna son grandes empresas multinacionales o países con propósitos imperialistas, y que hoy, con la peste, apelan a una execrable pulsión de muerte. No importa cuántos se sumen al silencio de los más. “lo que importa es que se salven los mejores, los que rinden más al sistema”, acaba de decir la burocrática ex directora del FMI, la señora Christine Lagarde. Los poderes manejan el mundo y hasta es patético el alarmante espectáculo que ofrece la comunitaria Unión Europea (verdadero paradigma de entendimiento entre países que en el siglo XX se masacraron en las dos grandes guerras), y por estos días, no con bombas, se agreden a dentelladas cuando la unidad solidaria debería ser el principal objetivo. Ni hablar de nosotros y nuestro fallido Mercosur.

Esta pandemia no nos ha vuelto ni más solidarios ni más generosos. Quizá haga falta una asociación de Estados que modere y anule los intereses mezquinos de las grandes corporaciones de la salud, dueñas y señores de la vida. Aún nos queda esta esperanza. El espectáculo de la mezquindad política se muestra en todo su esplendor. Para los sistemas de poder el ser humano es lo que es; o sea, lo que es valor de una mercancía. Lo cual nos retrotrae a aquello postulado por Francis Fukuyama, “todas las mercancías remiten a la mercancía de las mercancías: el oro y el dólar y su inconmensurable poder. El ser es entonces de quien lo posee en mayor cantidad. El no ser es simplemente no tenerlo.

De manera que, con resignada pesadumbre, nos podemos morir tranquilos y apestados, convencidos de que, en definitiva, nada cambiará. La sabia reflexión de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, el autor de El Gatopardo, sigue vigente: Todo debe cambiar para que todo siga igual. Probablemente así consideran quienes manejan el poder. En tanto, de solidaridad ni hablar. Lo “berreta” parece haberse hecho extensivo y adueñado del mundo. ¡Qué triste!

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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