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TRIBUNA

Vestigios revolucionarios de una época posrevolucionaria

Juan José Laborda
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1718lamartingmailcom/12/12/18
sábado 27 de febrero de 2021, 19:39h

Para comentar el título de este artículo, me sirve empezar con el caso de los disturbios callejeros pro Pablo Hasél, un rapero que se llama Pablo Rivadulla, simpatizante del comunismo estalinista, condenado por cantar letras agresivamente ofensivas, que ha entrado en prisión por actos violentos contra periodistas, políticos, testigos y policías.

Los disturbios no tienen nada de revolucionarios. Fèlix Colomer, un joven cineasta, que participó en la manifestación a favor de la libertad de Pablo Hasél, con su pancarta ha conseguido los cinco minutos de gloria informativa que decía Andy Warhol (1928-1987): “Nos habéis enseñado que ser pacíficos es inútil”.

El texto, escrito en español, para una movida convocada en Barcelona, podía interpretarse como revolucionario, o por lo menos, como rebelde. Nada de eso (excepto al emplear el idioma español). Colomer, que llevó a su bebé a la manifa, se ha declarado contrario a la violencia; para nada es un rebelde, aunque es bueno haciéndose propaganda. Como dijo Alexandre Kojève (1902-1968), el más importante estudioso de Hegel y de la dialéctica revolucionaria, “no hay revolución porque no hay nadie muerto o nadie quiere matar”.

Los disturbios y la violencia ya no son en nuestra época “la partera de la Historia”, como pensaron tantos, hasta hace poco tiempo, entre otros, Karl Marx, quién creyó que había descubierto unas leyes científicas que anunciaban la inminente revolución proletaria.

En nuestros días, el itinerario de la revuelta termina en un festejo consumista o en una deprimente desilusión. Desde las gigantescas manifestaciones griegas de diciembre de 2008, y el gobierno posterior de izquierda radical de Alexis Tsipras (2014-2019), los conservadores volvieron al poder con mayoría absoluta (julio de 2019), y ahora Tsipras se ha transformado en un reformista socialdemócrata, en cualquier caso, mucho más coherente que su antiguo admirador, el vicepresidente Pablo Iglesias.

Los chalecos amarillos, también actuaron como fuerzas revolucionarias (mouvement des gilets jaunes) en Francia, y en su momento, sin dirigentes y sin alternativas politicosociales, la derecha y la izquierda extremas intentaron hacerse con el movimiento, pero muchos analistas piensan hoy que su efecto ha sido degradar la calidad de la democracia francesa. Parece que una reaccionaria como Marine Le Pen obtendrá más réditos de la frustrada revolución de los chalecos amarillos.

Los dos anteriores ejemplos de desvanecimiento del espíritu revolucionario nos descubren que la Unión Europea pertenece a la época posrevolucionaria( y poscontemporánea).

Los que asaltaron el Capitolio en Washington, el 6 de enero, manifestaron de palabra y con gestos que creían estar protagonizando una revolución. De hecho, una señora trumpista se quejaba, con gran desconsuelo, que los policías le hubiesen dado porrazos, estando como estaba haciendo la revolución. La revolución, desde la francesa hasta la rusa, fue una manifestación del espíritu científico, de concebir la sociedad como un laboratorio político; era la expresión del laicismo, o incluso la negación de las religiones. La masa que creía asaltar revolucionariamente el Capitolio, llevaba carteles que invocaban a Trump, pero también a Jesús, señalando al mismo tiempo en quién se encarnaba el diablo (la presidenta de la Cámara de Representantes). Hasta la revolución islámica de Jomeini (1979), fue más secular.

No se sabe qué sentirán o pensarán mañana los que ahora se están manifestando a favor de Pablo Hasél. Alain Minc, un respetado intelectual francés, por su inteligencia, escribió en su aclamado libro, Le Nouveau Moyen Âge (1994) que: “Cuanto más inestable y frágil sea la sociedad, menos coherente será la opinión pública y menos posibilidades tiene de convertirse en ley el imperio de la necesidad.

O sea, el pronóstico es que la mayoría de los actuales manifestantes habrá modificado en poco tiempo su opinión, o estarán refugiados en el abstencionismo político. Si no hay un cambio en las dinámicas consumistas mundiales, y eso parece que no sucederá en esta entrante nueva Edad Media, el resultado del follón con el rapero Hasél será un éxito más, pero efímero, de la publicidad comercial. Cuando Hasél salga del penal, será tan conocido que hará conciertos por toda España. No obstante, su reclamo durará poco, porque ahora la memoria apenas se mantiene.

El eclipse de la revolución será duradero. Sólo la publicidad comercial sabe lo que quiere significar la palabra, cuando anuncia, por ejemplo, la revolución de las rebajas, la revolución sexual, y las muchas revoluciones que excitan los instintos hedonistas y consumidores. Pero su significado originario ha dejado de impresionar al cerebro de los vivos en esta época.

Con Copérnico, revolución significó descubrir un nuevo y sorprendente orden oculto; su De revolutionibus orbium coelestium (1543) sostenía que el astro solar no giraba como decía la Biblia. Con Thomas Hobbes, la revolución es un cambio violento en el Estado, producido por las acciones, opiniones y creencias de los hombres. Con Hegel, y tras él, Marx, Bakunin y sus seguidores, la revolución, además, transformará a cada uno de los seres humanos. Max Weber, en su famoso “desencantamiento del mundo” (Die Entzauberung der Welt), estudió lo que había de supersticiones milagrosas en muchas antiguas certezas culturales. Vestigios revolucionarios de nuestra época posrevolucionaria.

Juan José Laborda

Consejero de Estado-Historiador.

JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.

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