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TRIBUNA

El “23F” ruso

sábado 27 de febrero de 2021, 19:43h

Hace pocos días hemos conmemorado el 40 aniversario del intento del Golpe de Estado en España, llamado breve y explícitamente “El 23F”. Sobre este acontecimiento, ya histórico, se ha escrito y comentado abundantemente. Pero es menos conocido, por lo menos en España, el otro Golpe de Estado, o mejor dicha la intentona golpista, que había producido en otro país, muy lejano de España, pero que por las vicisitudes de la Historia resulta bastante más cercano que algunos de nuestros vecinos más próximos.

Este país, como ya se ha adivinado el lector, por el título del artículo, es Rusia, la heredera de la antigua Unión Soviética. Y quiero dedicar este artículo, precisamente, a lo muy parecido y común que tenían estos dos “Golpes” tan separados por las distancias terrestres y por el tiempo que ha transcurrido. El ruso (soviético) tuvo lugar el 19 de agosto de 1991, con lo cual, dentro de medio año vamos a celebrar el 30 aniversario del “19A” o, en otras palabras, el “23F” ruso.

En primer lugar, hay que resaltar que el objetivo de ambos golpes fue el cambiar de manera violenta el curso de las reformas democráticas que se estaban produciendo en ambos países recientemente salidos de las respectivas dictaduras. España de la franquista y Rusia (entonces la URSS) de la estalinista-comunista.

Tanto en un caso, como en el otro, el golpe lo estaban dando los militares, con el apoyo y la participación de los servicios de inteligencia - el CESID español y la KGB rusa (soviética).

El golpe fue preparado y llevado a cabo por las personas más cercanas a las jefaturas del país: al Rey Don Juan Carlos I en España y al Presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov.

Los golpistas, en los primeros momentos, consiguieron secuestrar la cúpula del poder y hasta sacar los tanques a las calles, en Valencia y en Moscú, asaltando el Parlamento español en pleno debate de investidura del nuevo presidente del Gobierno, y aislando al Presidente soviético en su residencia veraniega en Foros, en el Mar Negro.

Ambas intentonas han fracasados en breve: en menos de dos días en Madrid y en tres en Moscú, porque estaban mal organizadas y aún peor coordinadas entre los propios participantes. En España entre el ejército, los servicios secretos y la Guardia Civil; en la URSS, principalmente, entre el Ejército y la KGB.

Y en ambos “golpes” sus cabecillas han cometido el mismo error garrafal que fue la causa principal del fracaso de ambas intentonas. No han aislado, desde el primer momento, a las principales figuras en la cúpula del poder: al Rey de España, Don Juan Carlos I; y al Presidente de la Federación Rusa (la principal República entre las 15 que formaban la entonces Unión Soviética). Y, precisamente, estas dos personas han hecho fracasar el Golpe.

Voy a centrarme en los sucesos ocurridos en Moscú, el epicentro del “golpe ruso”, ya que son menos conocidos en España en comparación con los acontecimientos del “23F”.

Antes hay que decir que para el día 20 de agosto de 1991 estaba fijada la fecha de la firma de un Nuevo Tratado de la Unión, que tuviera que sustituir al que estaba rigiendo en la URSS desde el año 1922, cuando “oficialmente” fue creada la Unión Soviética como país sustituyente del Imperio de los Zares.

Este Nuevo Tratado ha sido negociado durante varios meses por los líderes de todas las Repúblicas de la URSS, menos las tres “bálticas” que se negaron a participar en dichas negociaciones ya que querían salir de la URSS e independizarse por completo de cualquier nueva fórmula “comunitaria” que las pudiera “unir” de algún modo con los restantes miembros de la Unión Soviética.

Esta nueva fórmula, llamada, como he mencionado más arriba, el “Nuevo Tratado de la Unión” o la Unión de los Estados Soberanos (la SSG en siglas en ruso), la promovió el propio presidente de la URSS, Mijaíl Gorbachov, como una parte sustancial de su programa de la democratización del sistema soviético, bautizado la “perestroika”. El Nuevo Tratado otorgaba a las Repúblicas soviéticas, dentro de la nueva alianza – la SSG – mucho más protagonismo e independencia que ellas tenían dentro de la URSS.

Precisamente, esta independencia y la máxima soberanía que pretendía establecer el Nuevo Tratado de la Unión para sus viejos socios resultó ser la máxima preocupación de la cúpula gobernante de la URSS que tenía miedo de que tanta independencia y la demasiada soberanía llevarían, con el tiempo, a la separación definitiva de las Repúblicas de la Nueva Unión, acabando para siempre con un Imperio Comunista, creado por los bolcheviques después de la Revolución en octubre de 1917.

Los golpistas, todos ellos los máximos dirigentes del Partido Comunista de la URSS que se encontraba en el poder a lo largo de los 74 años en el ex Imperio de los Zares, no podían permitir la desaparición de esta monumental criatura comunista a nivel planetario. Y han decidido dar el Golpe del Timón, contra el principal timonel de la “perestroika”, el Presidente Gorbachov.

Como la firma solemne del Nuevo Tratado estaba fijada para el día 20 de agosto de aquel año 1991, en el Kremlin, los golpistas habían decidido impedirlo, dando el Golpe el día 19 de agosto.

Con aislar a Gorbachov en su residencia en Crimea, para impedir su regreso a Moscú para la firma del Tratado, y enviando las tropas del ejército a la capital, con el fin de bloquear las principales instituciones estatales del poder, los golpistas pensaron que la situación estaría bajo el control. Que nadie se atrevería a contradecir y no cumplir las órdenes propias del Estado de Excepción que ellos habían proclamado en la madrugada del “19A”. En un país donde el pueblo, hace solo seis años, y a lo largo de tres cuartos de siglo, estaba sometido a la férrea obediencia al poder dictatorial del estado comunista soviético. Pero se equivocaron. Tanto en lo referente al comportamiento del pueblo, como en el no haber aislado a uno de los principales líderes – junto con Gorbachov – de la democratización de la URSS, al Presidente de la Federación Rusa, Boris Yeltsin.

El presidente “ruso” estaba durmiendo tranquilamente en su casa, un chalet en las afueras de Moscú asignado para la residencia oficial del presidente de la Federación Rusa. El día anterior, el 18 de agosto, Yeltsin había regresado de un viaje a la República de Kazajistán – otra de las 15 de la URSS – donde se reunía con su Presidente, Nursultán Nazarbáyev, discutiendo con él los últimos toques del procedimiento de la firma del Tratado de la Unión, el día 20.

A las siete de la mañana del día 19 de agosto, Tatiana, la hija menor de Yeltsin, entró en su dormitorio para despertarle, diciendo: “Levántate, Padre. Ha habido un Golpe de Estado. Están transmitiendo un comunicado. Gorbachov está enfermo. El Comité para el Estado de Excepción ha asumido todo el poder”. Yeltsin se levantó en seguida y se acercó al televisor. No se podía creer lo que estaba escuchando. El locutor estaba leyendo un llamamiento de las “nuevas autoridades” al pueblo soviético al que explicaba las causas que habían llevado al establecimiento del Estado de Excepción: “… en el país reina el caos, la anarquía, el desorden. El Gobierno ha perdido las riendas del poder. Crecen las tendencias centrifugas, el país va camino a la desintegración y hay que evitarlo a toda costa. El día 20 de agosto estaba previsto firmar un Tratado de la Unión que significaría, de hecho, el final de la URSS. La “perestroika” ha entrado en un callejón sin salida…”.

Yeltsin comprendió que se trataba de un auténtico Golpe de Estado, que han decido dar los opositores más duros a los cambios democráticos en la URSS que estaba llevando consigo la “perestroika”, y decidió actuar de inmediato

Pronto llegaron a la dacha (el chalet) del presidente Yeltsyn sus ayudantes y colaboradores más cercanos que vivían en los chalet de al lado, en el mismo complejo residencial. Todos juntos analizaron la situación. Mientras tanto los guardias de seguridad, kaláshnikov en mano, estaban preparados para repeler cualquier intentona de los comandos, que rodeaban el chalet, para detener al presidente Yeltsyn. Pero ese intento no se produjo. Entonces, Yeltsyn decidió desplazarse, inmediatamente, en el coche presidencial a Moscú, a la Casa Blanca. No todos estaban de acuerdo. En el coche y fuera de la residencia, podría ser una presa muy fácil para ser detenido e incluso fusilado “por ofrecer resistencia a las autoridades competentes”. Dentro del chalet estaba más protegido. Los guardias estaban dispuestos a combatir.

Pero Yeltsyn decidió salir. No se podía perder tiempo. Cada minuto que pasaba, favorecía a los golpistas. Había que reconvertir la situación. Cuanto antes, mejor. La escolta le puso un chaleco antibalas. Sus familiares le despidieron asustados. La negra limusina oficial, con el banderín del Presidente de la Federación Rusa, salió a la carretera principal en dirección a Moscú. Nadie se atrevió a detener el coche presidencial, ni a la salida del chalet, ni en la carretera en donde había patrullas y policías por todos lados, ni cuando finalmente entraba en el garaje subterráneo de la Casa Blanca (llamada así por los moscovitas por el color blanco del mármol que cubría las fachadas de este imponente edificio a la orilla del rio Moscóva, la sede del Parlamento, del Gobierno y de la Presidencia de la Federación Rusa), rodeada por los soldados. Era evidente que los Golpistas no habían dado, todavía, órdenes para arrestar al presidente Yeltsyn, aunque existía un plan para su detención, como se conoció posteriormente.

Yeltsyn subió en un ascensor a su despacho y de inmediato empezó a hacer todo lo que estaba en sus manos para contrarrestar el golpe. En seguida, llamó al Jefe de la KGB, Kriuchkov, para decirle que considera al Comité para el Estado de Excepción, un órgano ilegal y que no iba a obedecer sus órdenes. El propio hecho de constituirlo había sido un Golpe de Estado y le aseguró al Jefe de la todopoderosa policía secreta soviética que haría todo lo posible para hacer que el golpe fracasase.

Después telefoneó al vicepresidente Yanáyev y le exigió explicaciones acerca de la situación de Gorbachiov. ¿Dónde se encontraba y cuál era su verdadero estado de salud? Yanayev le dio unas vagas explicaciones, asegurándole que no le pasaba nada al presidente de la URSS, simplemente que no estaba en condiciones de desempeñar sus funciones. No le explicó cuál era la enfermedad concreta que se lo impedía. Estaba claro: Gorbachiov estaba aislado en su residencia veraniega en Foros.

La siguiente llamada fue al ministro de defensa Yázov y a otros jefes militares. Les intentaba convencer de que no participasen en la intentona golpista y que no implicasen al ejército en una lucha política entre las altas esferas del poder.

Los mandos militares no tenían una posición unánime para apoyar el golpe. Algunos discrepaban. No querían que corriese sangre con el ejército combatiendo contra su propio pueblo. Yeltsyn lo intuía y presionaba a los indecisos. Apelaba al sentido de la responsabilidad y del verdadero patriotismo. Consiguió sembrar dudas en varios generales que dirigían personalmente la “ocupación” de Moscú.

Yeltsyn también llamó a los dirigentes territoriales, a los alcaldes de las ciudades más importantes de la Federación Rusa y a los jefes regionales, intentando convencerles de que no apoyasen a los golpistas. Legalmente él era el jefe máximo en el territorio de Rusia. Utilizó toda su influencia. Argumentaba dura y escuetamente. Incluso “amenazó” con que, una vez aplastado el golpe, se castigaría penalmente a los que apoyasen a los golpistas. Transmitía a sus interlocutores su plena seguridad de que el golpe no prosperaría. Muchos se dejaban convencer, otros dudaban y muy pocos decidieron obedecer las órdenes del Comité para el Estado de Excepción.

La frenética actividad telefónica que Boris Yeltsyn desarrolló desde la Casa Blanca en las primeras horas del día 19 de agosto fue fundamental para quebrar los planes de los golpistas. ¡La actividad telefónica! Otro de los “fallos” de aquel, tan extraño, golpe fue no desconectar la Casa Blanca del mundo “exterior”. En ese caso difícilmente habría podido Yeltsyn movilizar a sus seguidores e indecisos para que se opusiesen a los golpistas. Entones ¿Por qué no se tomó esta medida básica en cualquier golpe “clásico”? ¿No calcularon bien los organizadores golpistas el papel que podría jugar contra ellos Boris Yeltsyn? ¿Había dudas e indecisiones respecto a qué se debía hacer con él: detenerlo, aislarlo, liquidarlo…y de aquí la descoordinación en las acciones de los diferentes eslabones golpistas?

Posiblemente los que no cortaron las líneas telefónicas de la Casa Blanca estaban seguros de que los encargados de vigilar y rodear el chalet del presidente ruso en el pueblecito Arjanguelskoye, a sólo 20 kilómetros de Moscú, no permitirían a su ilustre habitante abandonarlo y, menos todavía, le dejarían llegar hasta la Casa Blanca sano y salvo. Listo para luchar.

Hubo muchas contradicciones, fallos y errores en aquel golpe del 19 y 20 de agosto de 1991. (De estos y de otros interesantes, curiosos e insólitos acontecimientos que se produjeron durante el “19A” lo cuento en mi libro “La caída del Imperio Soviético” que va salir pronto en la editorial madrileña “Actas”).

Varios grupos de diputados del Parlamento ruso fueron en coches al encuentro de las tropas que se acercaban a la Casa Blanca. En varios puntos consiguieron detener el avance de los blindados y de los camiones con efectivos militares, convenciendo a los oficiales de que no debían cumplir órdenes anticonstitucionales, ni disparar contra su propio pueblo.

Así empezó el desmantelamiento de la intentona golpista contra la “perestroika” en la URSS. Y quiero resaltar con un especial énfasis el papel del pueblo, de la gente que jugando la vida habían ayudado a Boris Yeltsyn y a sus seguidores a reventar aquel golpe. Cientos de miles de personas, en diferentes lugares, especialmente en Moscú, en el epicentro de la rebelión, acudieron a defender a los principales centros de resistencia, como eran la Alcaldía de Moscú y la Casa Blanca.

Los moscovitas estaban rodeando los blindados que se dirigían hacia la Casa Blanca con el propósito de participar en el desalojo de la misma y en el arresto de Boris Yeltsyn y de sus seguidores, atrincherados en esta sede de la Soberanía “rusa”. La gente de diferentes edades, muchos jóvenes, intentaban parar las máquinas de guerra, convenciendo a sus tripulantes de que no deben luchar contra su propio pueblo que lo único que estaba haciendo era defender el orden constitucional. Los hombres y mujeres les pasaban botellas de agua, bocadillos y helados. Pero también hubo casos en que jóvenes exaltados intentaban impedir la visión de los conductores de los blindados tapando con telas, ropas y mantas las mirillas en la parte delantera de los tanques. O lanzaban cócteles molotov contra los blindados.

La Casa Blanca estaba rodeada por tres anillos “humanos”, formados por decenas de miles de personas, dispuestas a morir, defendiendo la joven democracia en su país. Algunos destacamentos militares que habían llegado cerca a la Casa Blanca, al ver el inmenso número de gente que formaba un escudo humano alrededor del edificio del Parlamento Ruso, detuvieron su avance y dieron la vuelta. En otros lugares, la propia gente rodeando los tanques y camiones militares consiguió detenerlos, incluso aplaudiendo a los soldados que los conducían.

Precisamente esta activa participación ciudadana ha contribuido enormemente al fracaso de los golpistas ya que los militares no se atrevieron a derramar la sangre de su propio pueblo al que juraban defenderlo y protegerlo. Es que romper el escudo humano alrededor de la Casa Blanca e intervenir para detener a las máximas autoridades de la Federación Rusa que se resistían a los golpistas, no se podía llevar a cabo sin un baño de sangre.

Al tercer día los golpistas se rindieron. Sus cabecillas fueron arrestados, juzgados y encarcelados. Gorbachiov volvió de su corto cautiverio en Foros a Moscú a su despacho del Presidente de la URSS en el Kremlin. El nuevo Tratado de la Unión no fue firmado y pronto la URSS desapareció como estado fue sustituida por una nueva alianza denominada la Unión de los Estados Independientes (la SNG en siglas en ruso), sin Gorbachiov y ningún otro “presidente” de la misma. Rusia y las ex Repúblicas soviéticas siguieron el camino de reformas democráticas en sus países. La intentona golpista, en lugar de tener este proceso, lo ha acelerado.

Nunca olvidaré este heroico fervor popular en defensa de su joven democracia. Quizás fue por primera vez en la milenaria historia rusa, cuando el pueblo se levantó a defender no a sus zares o los dictadores comunistas, sino a la democracia y las libertades “civiles”, demostrando que ya no era el pueblo de los “esclavos” de siempre, sino de unos “ciudadanos” dignos de ser libres y respetados por el Poder.

Creo que debemos, aparte de conmemorar los acontecimientos del “23F” o del “19A”, sacar la inequívoca conclusión de que las conquistas democráticas no son status quo, y pueden someterse a unos duros ataques y agravios por parte de los que profesan las ideologías totalitarias. Y que la democracia que no sabe defenderse caerá. Siempre aparecerán unos golpistas de turno para derrumbarla.

Hoy en día, en los países democráticos los Golpes ya no se hacen de la misma manera que los del “23F” o del “19A”. Ahora los procedimientos son mucho más sofisticados, no tan directos y a la vista, con la violencia y el empleo de las armas contra el Estado. No. Actualmente los golpes se hacen desde dentro, desde el propio Poder, cambiando poco a poco las leyes democráticas por sus contrarias, corroyendo la Democracia desde dentro, como lo hace cualquier cáncer con el cuerpo humano -en este caso el cuerpo social-, afectando sus órganos vitales hasta la destrucción total. Como lo estamos viendo en la España de hoy cuarenta decenios después del “23F” y en Rusia actual treinta decenios después del “19A”.

Así que, todos los demócratas tenemos que estar muy atentos y vigilantes, dispuestos a defender nuestras conquistas democráticas contra cualquier intentona golpista, teniendo como ejemplo lo sucedido hace 40 años en España y los 30 en Rusia. Si no, ¿para qué sirve la Historia?

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