www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Nada que celebrar

jueves 04 de marzo de 2021, 20:10h

Algunas celebraciones históricas, por lo visto, se nos atragantan. Una importante polvareda ha levantado la conmemoración del bicentenario de la muerte de Napoleón. Como hemos llegado al final de la historia y viajamos a velocidad de crucero por la vía amplia del orden y el progreso, podemos definir el pasado como detrito deplorable. Residuo, válido únicamente como ilustración de la miseria superada. Una ilustración que mostrará a los jóvenes de esta antropológica plenitud de los tiempos, hasta qué punto era turbia la historia antes del advenimiento de la humanidad renovada y perfecta. ¡Qué sucia era la historia antes de su final! ¡cuánta realidad antropológica!

Louis Ferdinand Céline, misógino totalitario y pestilente, no merece nuestra evocación, pero tampoco el comerciante de esclavos Voltaire o Hume o John Locke... Pocos como Napoleón Bonaparte deben cubrirse de un manto de silencio: misógino y esclavista, pese a haber sido considerado un propagador de las Luces que avanzaban – dicen – al ritmo de sus ejércitos. Su imperialismo es inaceptable, aunque se le declare luminoso. Pero la misma Comuna de París de 1871 escondió en su seno – para muchos prometedor y visionario – actos de violencia extrema e injusticias de extremada sutileza…

Aplicada a todo acontecimiento la medida de nuestra absoluta emancipación, no tenemos nada que celebrar. Los portaestandartes de la plenitud humana sólo pueden celebrarse a sí mismos, en un hímnico onanismo que canta la perfección de los espejos.

Estos puros, declamadores de las excelencias del presente – con su integración sin resto y su ecualización sin matices –, estos emisarios de un mañana sin pasado cantan a la nada con la voz de los perfectos. Políticamente correctos, estos cátaros autoindulgentes modulan el epinicio del hombre nuevo con la voz depurada de un humanismo sin ganga o de un transhumanismo excelso.

Sin embargo, me asalta un reparo. Como aquel viajero que le escupió a Sócrates a la cara: monstruum in fronte, monstruum in animo. Dice Nietzsche que Sócrates, con su parsimoniosa sabiduría, respondió: “Ud. sí me conoce”. En mi fuero interno me pregunto: ¿cómo es que son tan feos.? ¿Cómo es tan feo el transhumano correcto?

Dotados de un habla sin discriminación o de un pensamiento infinitamente inclusivo, los más puros ciudadanos del presente actúan como cloaca máxima: nada dejan fuera. Son el gran sumidero que abduce – junto a toda la casquería – las delicias más exquisitas: sin estimarlas, ni considerar jamás su diferencia. Toda estimativa es opresión: cabe todo en la andorga abismal de su espíritu contrahecho. Inclusión infinita e indiferenciada, vemos con sorpresa que excluye los elementos de la constitución histórica del presente. No se alimentan de huesos, sino de las delicias amaneradas de sus sueños.

Se repite que son los vencedores los que escriben la historia, aunque se olvida que la historia que escriben no ha alcanzado todavía término. Esta falta de conclusión hace posible que los vencedores de entonces sean mañana vencidos y la escritura de la historia resulte, una vez más, una reescritura incesante. En ese gran palimpsesto, el historiador ha de descifrar los estratos sobrepuestos, las escrituras borradas, las versiones y controversias, las definiciones recuperadas y los signos contrapuestos. Hoy los portavoces de la corrección, vigilantes de una rectitud impostada, deshacen las figuras de nuestra memoria y trazan sobre el papel ajado de la historia una línea recta al presente inmaculado en que se miran al espejo. Pero ni el presente ha sido purificado, ni podría serlo, ni su versión del ayer luce al sol absoluto de una verdad perfecta. El hoy sigue estando abierto al mañana y el pasado es todavía un enorme campo de batalla.

Saber reconocer, en ese campo de batalla, las fuerzas con las que nos alineamos es el más elemental acto de prudencia. Virtud política por antonomasia. Pero los correctos exigen no alinearse, elevados a la perspectiva sublime del hombre nuevo, todo el pasado es un error en el que – a lo sumo – sólo en sus márgenes puede atisbarse el anuncio del presente luminoso: víctimas, excluidos, anormales, locos, apestados… Sólo a través de los vestigios marginales, ocultados por los vencedores de entonces, hallaremos el presente de la inclusión infinita. El pasado patológico, es el padre del presente eterno: Efialtes es el héroe, cuya figura torcida es efecto de la historia prescrita. Liberados de la perspectiva del occidente blanco y binario, Efialtes luce como un Apolo desatado y libre. Ulises es la sombra de una oscura hegemonía, por fin desvelada: marido y padre, títulos de una dominación aterradora. Ahora puede Penélope abandonar la rueca e impugnar los títulos del señor: convertida en cortesana que abruma de hijos de Ítaca una descendencia tan legítima como Telémaco.

¿Nada que celebrar o celebrar la nada? En este presente atribulado los vencedores sueñan una imposición definitiva: la escritura finalmente eterna de la historia. Sin embargo, la revolución que borrará su huella se encuentra – una vez más – en marcha.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (10)    No(2)

+
0 comentarios