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TRIBUNA

Amor a los lejanos y amor a los cercanos

José María Méndez
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axiologiatelefonicanet/9/9/20
lunes 08 de marzo de 2021, 21:10h

Debemos a Nicolai Hartmann una luminosa idea, que si presidiera todas las relaciones humanas, alcanzaríamos el ideal de la paz mundial y perpetua. El amor a los lejanos (Fremdenliebe) es previo al amor a los cercanos (Nächstenliebe). Si no amas a los europeos, no eres un buen español; si no amas a los españoles, no eres un buen catalán; si no amas a los catalanes, ni siquiera amas a tu propia familia.

Hartmann no formalizó con pleno rigor lógico su idea. No explicitó la clave de ella, o sea, la condición necesaria pero no suficiente, “si no amás a los lejanos, tampoco amas a los cercanos”. No conocía la lógica moderna. Pero lo que él expresaba con sus prolijas y redundantes palabras alemanas ordinarias era justo la relación lógica “si no A, entonces no B”. En su terminología, A es más “fuerte” que

  1. Introdujo el concepto de “fuerza” (die Stärke), que aplicó a los amores lo mismoquea los valores éticos.

Compárese esta certera intuición con el envenenado mensaje de nuestros desnortados nacionalistas. Si no odias y desprecias a los extraños, no amas a los nuestros. El amor a lo propio sólo crece gracias al odio y el desprecio a lo ajeno.

Por más que los nacionalistas crean a pies juntillas lo contrario, debemos evitar el odio o el desprecio a quienquiera que sea. De la raíz pútrida y perversa del mal es imposible que surja la planta del bien.

Así pues, debemos amar a todos los humanos. Pero hay un orden o jerarquía en los amores, como obligada consecuencia de la ya mencionada condición necesaria.

La topología o matemática ordinal permite ir más allá en la exposición de esta profunda idea de Hartmann, y presentarla con más rigor.

Imaginemos una escalera de dos peldaños. El más bajo es el Amor a los lejanos. El más alto es el Amor a los cercanos. Hay que subir la escalera por su orden, peldaño a peldaño. Saltarse un peldaño equivale a violar la condición necesaria. Y entonces se comprende inmediatamente por qué razón el Amor a los cercanos es más intenso, o sentido de modo más vehemente, que el amor a los lejanos. El amor más alto presupone el amor más bajo. Es lógico -en el más estricto sentido del término- querer más a la propia familia que a los vecinos del edificio donde vivimos. Y a éstos más que a los que viven en el barrio, etc, etc. Queremos con más intensidad a los cercanos, precisamente porque el amor a los lejanos es su condición necesaria.

La escalera de dos peldaños presupone, por tanto, una dimensión horizontal, que refleja el orden entre los amores según la mencionada condición necesaria, y además una dimensión vertical, que expresa la intensidad con que se viven los diversos amores. Obviamente, la escala puede ser de muchos peldaños. Pero siempre encontraremos en cada par de dos peldaños contiguos la citada condición sine qua non. Establece un orden en toda la escala, por larga que sea

Curiosamente, Hartmann imaginaba su “fuerza” como vertical. Pensaba que su Etica atea era radicalmente opuesta a la ética teísta de Scheler, quien previamente había ubicado los valores en la dimensión vertical de la altura (die Höhe). La diferencia estaría en que la valiosidad descendería de arriba abajo según Scheler, mientras que Hartmann sostenía que los valores más bajos hacían valiosos a las más altos. Pero todo ello dentro de la única y misma altura vertical, en la que sólo pensaban tanto Scheler como Hartmann.

Al aplicar la idea de “fuerza” a los amores a lejanos y cercanos, Hartmann tuvo una excelente ocasión para descubrir su error de imaginar la “fuerza” como vertical. Y darse cuenta de cómo se enriquecía su acertada intuición, si es visualizada en dos dimensiones, la fuerza horizontal y la altura vertical. Desgraciadamente, Hartmann estaba tan obcecado por llevar la contraria a Scheler, que no pudo ver lo obvio. Para él lo decisivo era oponer su Etica atea a la Etica teísta de Scheler. Según Scheler, todo valor desciende en último término de Dios.

Según la forzada tesis de Hartmann, no hay Dios. Sólo sucedería que los valores más bajos dan valiosidad a los más altos. Tampoco se dio cuenta de que no se puede pasar sin más desde la condición necesaria a la condición suficiente. Que algo sea condición necesaria de otra cosa no implica que sea condición suficiente. No se percató de que, si la valiosidad asciende, entonces actúa como una condición suficiente. Añadamos en su descargo que este fallo lógico se encuentra en casi todos los grandes nombres de la filosofía.

Como salta a la vista, si consideramos la fuerza como horizontal, la imagen de los dos peldaños resulta ser del todo adherente a la realidad. Y lo mismo ocurre si se trata de más peldaños. Esta es precisamente la mejora que la topología aporta al lenguaje ordinario de Hartmann. certero en lo esencial pero impreciso y confuso en los detalles.

En conclusión, no debemos odiar a nadie. Debemos amar a todos. Y amarlos por su orden en las dos dimensiones coordenadas de la altura vertical y la fuerza horizontal.

Por desgracia los obtusos nacionalistas de todos los tiempos ni siquiera han aprendido lo más elemental. Si odias a los extraños, es falaz el pretendido amor a los tuyos. A Goethe, que había luchado como buen patriota en Valmy, los necios nacionalistas alemanes de su tiempo le acusaron, como si fuese un delito, de “amar la cultura francesa”. Según ellos, tenía que odiarla o despreciarla, si quería ser un buen alemán.

La respuesta de Goethe fue magnífica: “¿cómo podría yo odiar la cultura francesa, si es una de las más brillantes en la historia humana, y a la que debo buena parte de mi propia cultura personal?”.

Ciertamente, la estúpida necedad de los nacionalistas es más miserable todavía que el pestilente odio que destilan sus podridos corazones.

José María Méndez

Presidente de la Asociación Estudios de Axiología

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