El prófugo Carlos Puigdemont huyo de España para esquivar la acción de la Justicia. Sabía que había cometido un gravísimo...
El prófugo Carlos Puigdemont huyó de España para esquivar la acción de la Justicia. Sabía que había cometido un gravísimo delito de sedición, tal vez de rebelión, agrediendo el orden constitucional de una nación ejemplarmente democrática.
Amparado en mil añagazas jurídicas, en insólitas triquiñuelas políticas y judiciales, ha vivido como un milmillonario en Bélgica, nación siempre propicia a las insólitas acogidas. Desde el extranjero, el prófugo impenitente se ha reafirmado en el presunto delito y se ha dedicado de forma miserable a denigrar a España y sus instituciones.
Hay que odiar el delito y compadecer al delincuente, aunque en este caso ese presunto delincuente haya desafiado a la nación que democráticamente permitió que se convirtiera en presidente de Cataluña, su Comunidad Autónoma. Ahora, la Eurocámara le ha levantado la inmunidad de la que disfrutaba y en la que se había refugiado, haciendo todo el daño que ha podido a la democracia española.
Bien por la Eurocámara. Europa debe ser solidaria con las naciones que integran su unión. Existen Tribunales Internacionales de apelación, pero resulta imprescindible respetar, primero, los procedimientos de la Justicia de cada país y aceptar, finalmente, lo que Europa decida. Y la Eurocámara ha despojado al prófugo Carlos Puigdemont de la inmunidad. En consecuencia, debe ser entregado a España y someterse aquí a un juicio justo con todas las garantías. Si el Tribunal Supremo español considerase que la acción del expresidente fugado es un delito, Carlos Puigdemont ingresará en la cárcel para purgar sus culpas.