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TRIBUNA

Poesía y religión

José Manuel Cuenca Toribio
sábado 13 de marzo de 2021, 19:46h

Al cabo de casi un siglo de su muerte, la obra y espíritu de D. Miguel de Unamuno (1864-1936) laten aún con vigor en la literatura y pensamiento españoles. Sin cesura destacada, o amplia bibliografía y la crítica en torno a ella ofrecen un volumen y hondura de inusitado paralelo en nuestras letras.

No descubre, por tanto, nada insólito que un autor de la inquietud cultural del recientemente jubilado Profesor de la Universidad de Córdoba D. Carlos Clementson haya abordado, en plenitud de saberes y fuerza creativa, el análisis de una dimensión esencial del vasto, inabarcable opus unamuniano. Pues es claro que la faceta poética se peralta con especial énfasis en el conjunto de la proteica producción unamuniana. El más importante traductor al español de la poesía europea contemporánea -Antologías de la literatura lírica catalana, gallega, francesa, italiana e inglesa- da ahora a las prensas otro florilegio de sus estudios en torno a la poesía del gran y quijotesco bilbaíno –Entre Dios y la nada. La poesía de Miguel de Unamuno (Córdoba, 2020, 210 pp.).

En la ocasión glosada, su tornasolada pluma discurre por las zonas fronterizas de crítica y creación, siempre las más difíciles de escolio, pero siempre también las más fecundas cuando se discurren con erudición acribiosa y tremente sensibilidad. Con mano de artista y rigor profesoral, Clementson desentraña las principales claves de la en extremo original lírica de D. Miguel, entre las que ocupa un lugar primordial la religiosa. El buceo en sus densas aguas no puede ser más sorprendente. La aventura lírica que el Rector de Salamanca emprendiese en la mitad de su biografía alcanza en el plano religioso metas de belleza y profundidad inigualables en la literatura hispana y ciertos paralelismos con la coetánea británica, la de espectro sin duda más refulgente y variado.

Empero, en el momento de las conclusiones, debe señalarse que a lo largo de la temática de la obra del autor -enriquecida con múltiples incursiones por el anchuroso terreno de la lírica ochocentista y decimonónica, se extiende una compacta sombra limítrofe con el lugar común. La diatriba del mal llamado nacionalcatolicismo resulta a las veces vitriólica e inexacta. El integrismo ha sido, ciertamente, un cáncer de la Iglesia española sobre el que el abajo firmante ha escrito centenares de páginas en nada elogiosas. Más, en manera alguna, su intensa y prolongada vigencia yermó el campo de la religiosidad hispana. Junto a su nefasta presencia, otros factores de no menor trascendencia impidieron la asfixia de un catolicismo fecundado por el mejor talante del espíritu que alentara, con energía dionisíaca, la lírica religiosa del Siglo de Oro.

Un tema capital de un autor clave de las letras españolas. Una nueva lección académica de quien por incuria o envidia vive apartado de su representación en los distintos niveles locales, provinciales y nacionales, pero que, sin sentar plaza de adivino, cabe asegurar que figurará, merced a su inteligencia y vocación admirables, con caracteres peraltados en las historias de la Literatura Española de los planes de la Enseñanza secundaria y universitaria confeccionados tras la abierta derrota de la devastadora epidemia. Será ello indicio infalible de que no todo estará perdido en la sacrosanta formación de las generaciones encargadas de la continuidad de España.

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