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TRIBUNA

Dos artistas de México

domingo 14 de marzo de 2021, 19:29h

En esta ya larga vida dedicada a la literatura -muy cercana a otras formas del arte que me apasionan, como la pintura y la música, el teatro y el cine-, tuve oportunidad de conocer y tratar a grandes creadores de este y del otro lado del Océano, y de escribir sobre ellos. En España peregriné hasta Cadaqués, para someterme a la indiferencia de Salvador Dalí; pero tuve suerte y pude conversar a mis anchas con los pintores representativos del movimiento informalista como Antoni Tápies, Lucio Muñoz y Manolo Millares; también visité en su taller al maestro Antonio Saura, de quien conservo un entrañable recuerdo. México, ha sido otro sitio de mis amores; allí frecuenté a dos maestros de la forma y del color que poco tenían de común entre ellos; es más, eran el agua y el aceite. Me refiriendo a Rufino Tamayo y a José Luis Cuevas. En ambos casos tuve algo que ver cuando estuvieron de visita en la Argentina. En fin, somos nuestro pasado y evocar gratifica. Decía Sartre que “la memoria es el único paraíso del que no podemos ser expulsados”.

Me quedo en tierras aztecas y empiezo por el maestro Rufino Tamayo, que muy joven se definió por un nuevo estilo de pintura alejada del purismo postcubista y de un surrealismo simplemente intuitivo; como también del folklorismo y del realismo social, representado en buena medida por el muralismo. Don Rufino me confesó que no quería imitar la realidad, quería comprenderla, escudriñar a través de ella todos los horizontes para depurar los procesos y llegar a la esencia de los seres y, si le era posible, de todo lo viviente. Fue así que creyó en el trabajo de cada día y en las muchas horas que le dedicó. Sabía que el dominio técnico no se obtiene por inspiración; sostenía convencido que “para ser pintor hay que pintar cada día”, y, casi como una consigna, le encantaba repetir aquellas palabras de Pablo Picasso: “La inspiración existe, pero te debe encontrar trabajando”. Pintar, como este maestro lo entendía, no era un mero ejercicio manual. En su tarea fluía una honda y muy personalizada meditación metafísica y estética. Don Rufino era hombre de pocas palabras, inclusive reconocía haber prescindido de ellas. Para imaginar y transfigurar sus telas el maestro Tamayo miraba y miraba: “Miro todo el tiempo; nunca dejo de mirar y de aprender de lo que miro", justificaba con enjundia, y se le podía creer por cuanto su obra tiene de relectura lo visible y lo invisible del macro y microcosmos; vale decir de la vida como una palpitación universal.

Apenas pasado el periodo formativo, Tamayo dio las primeras batallas para obtener un espacio estético propio. En un pequeño catálogo presentado por el poeta y crítico de arte Xavier Villaurrutia se lee: “Rufino Tamayo es de Oaxaca -selva fruta, trópico-, por consiguiente todo aquello que toque se llenará de sol. Directa sensualidad de indio y de primitivo, que tendrá que vaciarse en una pintura lírica, libre, cálida”. En muchos sentidos estas palabras fueron premonitorias.

José Luis Cuevas, el otro virtuoso, tuvo una personalidad rebelde y desarrolló una gran habilidad para trazar lo más tenebroso del sufrimiento humano, ambos aspectos lo convirtieron en uno de los más aclamados artistas mexicanos. En oposición al pretendidamente cálido humanismo ideológico de los muralistas, Cuevas ofrecía una visión existencial de la condición humana, que daba por sentada la desesperanza y el fatalismo. “Si hay algo que me aburre es la alegría y si hay algo que detesto es la felicidad cuando alguna vez creo entreverla en la expresión humana”, me comentó una tarde en su taller del barrio San Ángel.

El injustamente olvidado poeta y crítico de arte Rafael Squirru fue quien me conectó con Cuevas en un viaje a México en los años 70’. Desde entonces sellamos una sólida amistad. Fuimos hermanos en este sendero del arte y tuve el privilegio de participar, en diciembre de 1985, en el montaje de una exposición suya que se trajo a Buenos Aires. En esa oportunidad, generosamente ilustró un número de la revista Proa, que yo dirigía. Hospitalario, generoso y divertido, recuerdo muchos momentos compartidos con José Luis; un almuerzo con Borges y Roberto Páez en el barrio de San Telmo y, muy presente, una cena en su casa con Mario Vargas Llosa y otros amigos. Él y Bertha Riestra, su mujer, eran mis anfitriones cuando visitaba México.

El dibujo en tinta conforma la gran mayoría de la obra de Cuevas. En el dramático trazo de sus invenciones buscó representar a los desdichados de la tierra: los débiles, deformes y locos; con un imperturbable estilo expresionista que reflejaba la influencia de artistas como Goya, Breughel y Grosz; además de las formas del arte precolombino. “Mi interés en los moribundos y en los locos representa mi visión de la vida moderna indisolublemente ligada a la historia”, dijo a la revista Time en 1954, cuando se expuso por primera vez su obra en Estados Unidos, en el edificio de la Unión Panamericana en Washington.

Siempre rebelde y provocador, en 1967, cuando Siqueiros trabajaba en el mayor mural del mundo, La marcha de la humanidad, Cuevas respondió con una parodia que tituló el Mural efímero, un tríptico que desplegó en una azotea de Ciudad de México; una de las tres secciones era un autorretrato con facciones burlescas. Se develó ante el público en medio de una estridente ceremonia que incluyó un desfile de chicas a gogó, buscando un toque exquisito y grotesco a esa obra sombría de Siqueiro.

A lo largo del tiempo José Luis buscó infatigablemente su propia forma. “Sin duda no existe un artista más refinado que Cuevas, nadie que calcule con mayor delicadeza el trazo de cada línea, que rechace con mayor firmeza la forma impulsiva o el garabato rápido y sugestivo”, escribió John Canaday quien era el crítico de arte de The New York Times, y añadió: “Ningún artista, ni siquiera Jerónimo Bosch, ha logrado darle una apariencia tan elegante al horror”.

Cuevas no era un colorista. La expresión de su arte está en el trazo del dibujo y en la fuerza expresiva de sus personajes. “Con el color no transmito ninguna emoción”, me explicó. “Lo utilizo algunas veces, más que nada para crear cierta atmósfera, para acentuar el horror, para destacar lo erótico. Nunca he dejado de ser un dibujante y aunque haya un poco de color en ciertas áreas de mi obra, insisto en que no soy un pintor. Utilizo lo que tengo a mano, ya sea óleo, acuarela, aguada u otro material, pero repito mi medio de expresión es el dibujo”.

A una edad más avanzada incursionó en la escultura. En 1992, para la inauguración del Museo José Luis Cuevas, vecino al Zócalo, en Ciudad de México, creó una escultura monumental en bronce de ocho metros de altura y ocho toneladas de peso, a la que llamó La Giganta. Donó a la ciudad otra escultura de grandes dimensiones que realizó como homenaje a su esposa; la obra mira hacia el infinito y está emplazada en un área central cerca del Paseo de la Reforma.

En 2017, estando yo en Tijuana invitado por el CECUT (Centro Cultural Tijuana), que dirigía nuestro común amigo Pedro Ochoa, hablé con José Luis por teléfono. Pedro, tuvo la gentileza de hacer el llamado para que dialogáramos un buen rato. Se entristeció cuando le hablé del fallecimiento de Rafael Squirru. Lo noté agobiado, casi vencido, y el abrazo virtual fue nuestra despedida. Pocos días después se sumaba a los más.

José Luis Cuevas Novelo nació el 26 de febrero de 1934 en Ciudad de México y murió el 3 de julio de 2017, a la edad de 83 años. En sus exequias, Enrique Peña Nieto, el presidente de México, con conmovedoras y genuinas palabras afirmó que Cuevas “será recordado siempre como sinónimo de libertad, creación y universalidad”.

Cuando Rufino Tamayo cumplió sus 85 años (coincidentes con el día de celebración de la fiesta de la Virgen de Guadalupe), yo estaba de paso por México y pasé a buscar a Octavio Paz y a su esposa Marie José para celebrar con el maestro en una cena íntima. Lo evoco a don Rufino sonriente, tímido, agradecido por nuestra presencia. Esa noche cuando le conté a Octavio que antes de pasar a buscarlo había estado en el Zócalo para presenciar los festejos de la Virgen, fui reprendido por él y Marie José. “¡Cómo se le ocurre ir a ese sitio, Roberto, le pueden pegar un tiro; allí la gente va con armas de fuego para celebrar sangrientamente! ¡Es raro que no haya muertes!”. Don Rufino, en cambio, se sonrió y me dio una palmada. “¡Usted es de los míos, muchacho! ¡No hay que temerle a nada; cuando la pálida llega no la para ni el más pintado!”

Rufino Tamayo era hombre de pocas palabras en su vida cotidiana; hablaba así, de manera concluyente, sobre todo porque consideraba que el pintor debe manifestarse con sus pinceles y que la única razón de una obra es la fidelidad a la propia obra. Mi admiración por el maestro quizá me lleva a una repetición. En pintura Tamayo lo abarcó todo, y hasta nos muestra personajes inmersos en las preocupaciones y las conductas de la era atómica, de la cosmonáutica y la robotización cibernética; aunque no hay anécdotas ni comentarios a circunstancias precisas. Tampoco se propuso embelesar al espectador. Prefirió dar saltos de acróbata ante el precipicio de lo grotesco y hasta de lo vulgar, para caer de pie en composiciones armónicas y elegantes. Tamayo se empeñó en gran parte de su trabajo a que todo ocurriera en el plano, casi evitando efectos de perspectiva. Como en la pintura y la escultura barrocas, se descubre muchas veces en su obra un sentido melódico; debido a ello la percepción visual de sus imágenes se prolonga en reacciones acústicas para el espectador.

Rufino del Carmen Arellanes Tamayo nació en Oaxaca de Juárez, el 25 de agosto de 1899 y se llamó al eterno silencio en la Ciudad de México, 24 de junio de 1991.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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