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Novela

John J. Healey: La hija del samurái de Sevilla

domingo 14 de marzo de 2021, 21:13h
John J. Healey: La hija del samurái de Sevilla

Traducción de Aurora Rice. Espuela de plata. Sevilla, 2020.258 páginas. 17,90 €.

Por José Pazó Espinosa

Entre los años 1613 y 1620, Tade Masamune, un daimio o gran señor japonés de Sendai (el lugar que hace diez años sufrió un terrible tsunami), mandó a Europa una embajada al mando de un samurái, Hasekura, con la aparente aprobación del sogún o gobernador general de Japón. El propósito de la embajada era obtener un tratado de comercio entre Sendai y la Nueva España, y para ello Masamune necesitaba los parabienes del Papa y del Rey de España, la potencia hegemónica en aquellos momentos. La expedición atravesó el Pacífico, cruzó la Nueva España de Acapulco a Veracruz y tocó tierra en España, en Coria del Río. Allí los recibió el duque de Medina Sidonia, y de allí siguieron su infructuoso y accidentado camino hasta Madrid y luego Roma. Infructuoso porque, mientras la embajada japonesa (formada por japoneses y monjes franciscanos españoles) estaba fuera del país, el sogunato Tokugawa, el poder central, decidió perseguir a los religiosos católicos, alarmado por su rápida expansión no solo en temas religiosos. Esta historia la noveló Shusaku Endo en su magnífica obra El samurái, gran relato de una profundidad y un conocimiento del tema asombrosos.

La novela que hoy nos ocupa, La hija del samurái de Sevilla, del estadounidense John J. Healey, se basa en los flecos de esa aventura histórica. En Coria del Río quedaron algunos de los japoneses integrantes de la embajada, seguramente convertidos al catolicismo y ya sabedores de la persecución en su tierra, temerosos de volver. Healey recrea un personaje, el samurái Shiro, que tiene una hija con una mujer española. Esta hija, Soledad María o Masako, es la narradora de una serie de aventuras vertiginosas, que vuelan ante los ojos de los lectores con la velocidad de dibujos animados, por tierra, mar y cama. El samurái, conoce cinco lenguas, el japonés, el inglés, el español, el italiano y el holandés, maneja la katana como un demonio de antaño, viste en todo momento impactantes ropas niponas a pesar de su baqueteo, cae en la misma cárcel de Argel en la que estuvo Cervantes, conoce en Roma a Galileo, en Madrid a Velázquez, encandila a toda mujer que se le acerca (sea española, inglesa o japonesa), y tiene con la noble Guada una hija con la que viaja a Kioto y cruza luego a pie Nueva España, es decir, toda América), conociendo tribus locales y conquistadores malvados que no logran que su viaje sea otra cosa que un descubrimiento de la naturaleza propio de Jeremiah Johnson.

Tiene también, un hijo con Caitríona, bella irlandesa pelirroja, cuyo nombre nos lleva a la Catriona de R. L. Stevenson. El samurái enseña a su hija todas sus técnicas, y Soledad recibe de sus abuelas un alma española y católica y otra japonesa clásica, las dos nobles. Pasa sus últimos días en Venecia, como no podía ser menos. Por momentos, la novela es El Conde Montecristo, por momentos, Sandokan, en otros recuerda a Bulwer Lytton y no faltan gotas de Walter Scott y hasta de Bailando con lobos. La acción predomina sobra cualquier otra cosa, y los personajes, amables y siempre heroicos, tienen la profundidad de un camafeo cuidadosamente trabajado en su superficie. La novela se lee con asombro a veces por lo inverosímil (es en esto heredera del género bizantino), pero se lee, a la intensa velocidad que imponen sus asombrosos acontecimientos. Y en ello cuenta sin duda la calidad de la traducción del inglés de Aurora Rice Derqui, así como la edición general, un trabajo que es patente que se ha hecho con mimo y buena mano, lo que siempre es de agradecer.

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