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Novela

Alan Parks: Hijos de febrero

domingo 14 de marzo de 2021, 21:16h
Alan Parks: Hijos de febrero

Traducción de Juan Trejo Álvarez. Tusquets. Barcelona. 2021. 430 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por Daniel González Irala

A poco que pensemos, Escocia tiene últimamente una gran tradición literaria que se centra sobre todo en la ciudad de Edimburgo, donde destacan escritores como Irvine Welsh, autor de Trainspotting, cuya huella escrita y filmada se dejaba ver a través de sus personajes en las calles hasta bien entrado el siglo XXI, o J.K. Rowling, la “madre” de la saga de Harry Potter. Del mismo modo, a poco que uno haya viajado allí se da cuenta de que incluso para el turista, Glasgow (capital de la nación) es una ciudad mucho más gris, y también más noble humanamente y muy distinta.

Alan Parks, que hasta 2019 escribía en un diario local sobre música, entregó en esa fecha Enero sangriento, la primera parte de la saga del agente Harry McCoy, en que el protagonista que nos ocupa trataba de resolver el crimen por tiroteo a una mujer, que trata de solventar con cabezonería y cierta temeridad, lo que lo hizo identificable con los parámetros de que hablábamos.

En Hijos de febrero, Parks es consciente de la habilidad de su personaje para meterse en líos, y por ello introduce sombras en su pasado, un pasado que termina siendo presente, o se termina reflejando inevitablemente en él. En la azotea de un edificio se encuentra el cadáver de un tipo, al que además han marcado en su pecho con sangre la palabra ADIÓS; uno de los primeros en enterarse es McCoy que, junto a Murray, otro tipo conflictivo que acabará en más de una ocasión sacándole las castañas del fuego, y mientras que espera con las manos entumecidas por el invierno, lograrán fiarse de una intuición propia sobre la autoría del crimen, Charlie le habla de un psicópata rapado llamado Connolly, que emborrona su mente aún más. Al poco tiempo, llega el abogado de la defensa, Lomax, en un lujoso coche, acompañado de Jake Scobie, en representación de su hija Elaine, novia del asesinado.

En un principio podría parecer que el móvil del crimen son los celos de Connolly por Elaine, pero ella lo desmiente sin intenciones claras. La novela, a través de un narrador que utiliza sobre todo el diálogo para mover la acción, consigue meternos en la cabeza de Harry unas páginas más tarde, cuando aparece el personaje del psiquiatra aficionado a las lobotomías, que cree firmemente que con estos métodos o los electroshocks que practicaron a la tía del protagonista en su día, desaparecen los estados de malestar derivados de las multifacéticas formas de depresión posible.

Esta acción se circunscribe del 10 de febrero de 1973 al día 19 del mismo mes y año, y no solo es una interesante por momentos novela negra, sino un cuadro patológico de una sociedad postapocalíptica que deriva en un sálvese quién pueda insoslayable y aún oportuno hoy. Un ejemplo de lo que McCoy se encuentra en comisaría todos los días del año es: “A excepción del sargento de guardia, estaba solo. La noche del sábado era siempre la más ajetreada. Todo el mundo estaba fuera lidiando con las mierdas habituales”, mierdas que se van concretando en “Psiquiátricos, la mayoría llenos de mujeres que ya no podían resistir más o que se habían rendido. Pobreza, alcoholismo, maridos que les daban palizas constantes, el aplastante terror de una vida marcada por el miedo a lo que traería el día siguiente”. Todo eso hace que a veces Parks se regodee en la desgracia demasiado y cree a su vez una atmósfera de calma chicha en la que realidad y pesadilla se abrazan fuertemente sin soltar al lector, de un modo frío y pegajoso, y el autor del crimen y sus consecuencias queden en un discreto, pero siempre importante, segundo plano.

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