Cuando me jubilé como Inspector de Hacienda pude cumplir un viejo sueño de juventud, estudiar ruso para leer a Dostoiewsky en el original. Me matriculé en el Instituto Puskin de Madrid a últimos de septiembre de 1992. Nueve meses antes, el 25 de diciembre 1991, el gigante con pies de barro que era la URSS se había derrumbado como un castillo de naipes. El director y el profesorado del Instituto habían tenido tiempo suficiente para reciclarse. Todos eran demócratas de toda lavida. Ninguno había pertenecido antes al Partido comunista. Todos habían soportado con paciencia y resignación la tiranía soviética. O al menos, eso era lo que decían.
Lo que no habían podido reciclar eran los libros de texto. No habían tenido tiempo material para ello. Era forzoso emplear los de años anteriores, todos ellos intoxicados de propaganda ponderando las excelencias del así llamado “paraíso soviético”. Recuerdo el libro de lecturas cortas para principiantes que usábamos. Había una que me llamó especialmente la atención. Tenía por título “Casa de descanso” (Дом отдыха).
Un ingeniero estaba muy contento porque le habían dado un vale de viaje (putiotka) para pasar su mes de vacaciones pagadas en una casa de descanso junto a un lago cerca de la frontera con Finlandia. Allí la pesca es muy abundante. Y la pesca era precisamente su diversión favorita.
Todo era estupendo en aquella casa de descanso, como correspondía al paraíso soviético. Los viajes de ida y vuelta y la estancia eran gratis. La comida era sabrosa y abundante; el servicio impecable; la limpieza inmaculada, etc., etc.
Un médico hacía un chequeo a los que llegaban. El ingeniero estaba preocupado por ello. Años atrás había tenido algunas complicaciones con el corazón. Tenía miedo de que el médico le prohibiese pescar. Pero también el médico formaba parte del paraíso soviético. Le autorizó a pescar seis horas cada día.
Lo que me causó asombro fue que el autor de esta historia -se supone que ferviente comunista- no cayese en la cuenta de que, por encima de las glorias del paraíso soviético, quedaba claramente al descubierto que la gente no iba de vacaciones donde quería, sino donde decía la “putiotka”. La gente no era libre para elegir su lugar de vacaciones. ¿Dónde las había pasado el ingeniero en los años anteriores? ¿Acaso donde más le gustaba? Eran los funcionarios encargados de asignar las vacaciones los que decidían en qué lugar debía pasarlas cada persona, le gustase o no.
Aquella historieta resultó para mí reveladora. Comprendí cual fue la razón última y decisiva por la que el imponente sistema soviético cayó como un castillo de naipes. La gente estaba hasta el gorro de un paraíso en el que no había libertad, ni siquiera para elegir el lugar de las vacaciones. Por muy bien pagado que estuviese el mes de vacaciones, había que “disfrutarlo” donde decía la “putiotka”.
Ciertamente el bien supremo de la libertad jamás podrá ser substituido por ventajas materiales, por muchas que éstas sean. Nada más inhumano que restringir la libertad. Por esta sencilla y elemental razón todo aquel imponente tinglado político y social se vino abajo en tres días.
En la práctica, el verdadero paraíso soviético sólo era disfrutado por los diez mil o doce mil integrantes de la famosa “Nomenklatura”, los jerifaltes del partido comunista repartidos a lo largo y lo ancho de la URSS. Tenían tiendas especiales y dinero que sólo era válido en ellas. Y por supuesto, nadie les enviaba la “putiotka”. Iban de vacaciones donde les daba la gana.
Si el “paraíso soviético” hubiese sido una realidad, y no una hueca ficción de la propaganda, la entera masa de los ciudadanos se hubiera levantado en bloque para conservarlo. Pero nadie movió un dedo. Más bien, la gente se alegró de salir por fin de aquel calabozo sin libertad, en que estaba prisionera. Y además era “oficialmente feliz”. Afirmar lo contrario suponía varios años de cárcel.
Curiosamente hoy día, en la primavera de 2021, todavía existen entre nosotros nostálgicos del imaginario paraíso soviético. La ideología comunista sigue viva, aunque más entre intelectuales que en la gente corriente. Pero, por desgracia, los intelectuales comunistas son muy capaces de arrastrar a las masas incultas con sus encendidas y mentirosas arengas.
Lo que me interesa destacar aquí es la falta de lógica de los intelectuales comunistas, socialistas y afines; el curioso e incorrecto modo de pensar que caracteriza a los ideólogos de izquierdas.
En estricta lógica, o al menos en esa lógica barata que llamamos “sentido común”, a partir del silencio del pueblo ruso ante la pérdida de su supuesto paraíso, se deduce que no había tal paraíso. Su extinción fue una liberación y no una pérdida. Sin embargo, y en ilógico discurso, los nostálgicos comunistas de ahora concluyen que fue en efecto el “paraíso perdido”. Y sueñan con reconquistarlo.
Utilizaré el término “idiota” en su sentido original en griego clásico. No es un insulto, sino que designa objetivamente a la persona incapaz de razonar con lógica. De las premisas extrae una consecuencia en contradicción con tales premisas. En este preciso sentido, los políticos e intelectuales de izquierdas han sido siempre idiotas. Y siguen siéndolo. En el PSOE, por ejemplo, Besteiro fue una rara excepción. En cambio, Largo Caballero e Indalecio Prieto constituyen el paradigma de la idiocia.
No es una idea nueva. Pío Moa la expresa con fina ironía al comentar cómo razonan los intelectuales izquierdistas sobre Franco. “Si hubiéramos de dar crédito aesas versiones, el Caudillo, zoquete incapaz de ganar una guerra, habría querido prolongarla por el gusto de la sangre, habría querido entrar en la guerra mundial, habría querido mantener al pueblo en la incultura, el atraso y la miseria, etc. Y sin embargo, misteriosamente, todo le salía al revés, a pesar de ser un tirano absoluto, personalmente un hombrecillo cruel, gris y mediocre” (Franco, un balance histórico,Planeta 2005, Pag. 189).
Los hechos son que Franco ganó la guerra civil, consiguió mantener la neutralidad a pesar de las presiones de Hitler y Mussolini, se produjo el milagro económico español en los años sesenta y España vivió cuarenta años de paz y prosperidad. Y si hubo lamentable falta de libertades políticas, la gente no echó mucho de menos a los partidos políticos. Recordaban que previamente habían llevado a España al caos. Estas son los hechos, las premisas.
En buena lógica, de ellas debiera extraerse la conclusión de que Franco fue un gobernante prudente, un hábil diplomático y un eficaz gestor de la economía y la política.
Pero los ideólogos de izquierdas, a partir de estas mismas premisas extraen las descalificaciones y adjetivos peyorativos que Moa indica. O sea, todo lo contrario de la lógica, o del sentido común más elemental.
Lo mismo ocurre cuando hablan de la Segunda República. Los hechos son éstos: se incendiaron iglesias y conventos, se quemó un ingente patrimonio artístico, se dio el golpe de mano de 1934 por el PSOE, los resultados de las elecciones de febrero 1936 nunca fueron publicados, el Frente Popular salió a la calle y se atribuyó la victoria sin haber terminado el recuento de los votos, los diputados iban al Congreso con una pistola en el bolsillo, fueron constantes los asesinatos por motivos políticos, hasta el extremo del efectivo de Calvo Sotelo y el fallido de Gil Robles, los dos jefes de la oposición.
Estos son los hechos. Lo esperable de estas premisas es concluir que la Segunda República fue todo lo contrario de una tranquila y risueña democracia. Fue todo lo contrario, un gran desastre social y un enorme fracaso. Sin embargo, y contra toda lógica, de estas mismas premisas los intelectuales de izquierdas sacan la consecuencia de que la Segunda República fue una idílica sociedad democrática, la Arcadia feliz, el aperitivo del paraíso soviético que se abría para los afortunados españoles.
Por eso, es intolerable para ellos que la democracia de nuestros días se la debamos al miserable Franco y no a la estupenda Segunda República. Si la Transición se hizo porque las Cortes franquistas decidieron autodisolverse, hay que imponer la ficción de que ni Franco ni el franquismo existieron nunca. Hay que borrar cuarenta años de historia. La actual democracia tiene que enlazar con la imaginaria democracia que reinaba en la Segunda República.
De nuevo nos topamos con los idiotas que piensan contra las más elementales reglas de la lógica, y hasta con las más modestas del sentido común. En rigor, ni siquiera “piensan”. Simplemente exponen sus “ocurrencias”, como se suele decir. No razonan ni discurren. Más bien exteriorizan con palabras, sujetas a la lógica, sus apasionados sentimientos, que escapan a toda lógica.
Con todo, tratemos de llegar al fondo de la cuestión. Hagamos una pregunta de más calado. ¿Cómo es posible pensar al revés? ¿Cómo es posible pisotear de esta manera la racionalidad, nuestra condición de personas dotadas de inteligencia pensante? ¿Cómo es posible rebajarse hasta la inhumana idiocia de conculcar las reglas de la lógica?
De nuevo Moa acierta al indicar un sentimiento concreto, el odio, como explicación de este hecho. El odio, el rencor, el resentimiento, el revanchismo, o como queramos llamarlo, es la ciega pasión que aclara lo que aquí ocurre. Es el odio visceral a Franco lo que explica tal falta de sentido común. Es el odio lo que obnubila y ofusca la mente de los intelectuales de izquierdas, hasta el punto de esterilizar la facultad más noble del ser humano, el razonar con rigor, el pensar con lógica hasta alcanzar alguna verdad objetiva en cualquier área.
Yendo incluso más al fondo de esta cuestión, se diría que lo que odian, no es tanto Franco como persona, sino lo que Franco representó en la guerra civil. Y sigue significando todavía a juzgar por la saña y tenacidad con que han conseguido sacarle fuera del Valle de los Caídos. Lo que odian en realidad los intelectuales de izquierdas es la civilización cristiana y occidental.
Han sacado a Franco del Valle de los Caídos, pero han dejado intacta la imponente Cruz. Y de lo que se trata es justo de esa Cruz y lo que significa. El amor cristiano es precisamente todo lo contrario del odio tenaz y el amargo resentimiento que rezuma todo lo que huele a marxismo, nacionalismo, anarquismo y demás“ismos” afines. En cambio, los cristianos buscan el perdón mutuo y el olvido del pasado. Los autores de la Memoria histórica tienen pendiente la asignatura de derribar esa Cruz. Sin duda odian lo bastante para hacerlo algún día. Externamente, se pondrán a la altura de los talibanes, que no hace mucho destruyeron las monumentales estatuas de Buda. Interiormente, ya lo están.