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TRIBUNA

"Los Ángeles de Colores"

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 09 de abril de 2021, 20:05h

María Nieves Sánchez López es una magnífica escritora de literatura infantil. Aunque la verdad nunca he entendido este maníaco frenesí tabulador que compartimenta y clasifica las creaciones literarias en función de las presuntas edades que las leen. En realidad, todo es literatura. Otra cosa es que sea buena o mala, extremo que no tiene nada que ver con la edad del lector. Y dado que tengo muy bien comprobado que los niños son los seres más inteligentes del mundo, con diferencia, la literatura infantil que triunfa lo hace por razones estéticas mucho más fundadas que las otras literaturas, siempre que se obedezca a los deseos del niño, cuando él no tiene recursos para comprarse “su” literatura. La gran literatura infantil pertenece, como no puede ser menos, a la Historia de la Literatura Universal. Junto a la Ilíada y la Odisea Homero también es el autor de la Batracomiomaquia, una parodia épica para niños, pero niños y adultos leyeron sin distinción las tres obras de Homero, además de los Himnos. Sin embargo, una babosa taxonomía pergeñada por una mediocre didáctica y moral cursi ha acabado haciendo de la literatura que leen los niños un subgénero. La literatura que leímos mientras aprendimos a leer no la olvidamos jamás y, en cierto sentido, configura nuestra estética y nuestros gustos literarios. Mis sueños malos y buenos no serían los que tengo sin Hans Christian Andersen y los Hermanos Grimm. Y tampoco sería yo mismo.

Todos los padres hemos contado cuentos a nuestros hijos en distintas ocasiones y circunstancias, la más frecuente, a la hora de dormir, convocando a Morfeo a través de la fantasía de nuestros cuentos, y Los Ángeles de Colores es un cuento que Nieves escribe para su hijo, un niño con ciertos trastornos del espectro autista (TEA), que lo hace un tanto diferente a los demás, pero que gracias a esa diferencia puede aportar a los demás una impagable mundivisión original, también a su madre y autora. El niño es una cara metafísica en sí del poliedro del ser humano que necesita nutrirse todas las noches de literatura, y los padres tienen el deber, entre otros, de crear literatura para sus hijos. Y conviene que sea buena, tanto en belleza formal, como en fantasía e intención moral. En el fondo toda familia tiene su propia literatura oral intrafamilar, aquella que mi abuelo contó a mi padre, la que mi padre me contó a mí y a mi hermana – aquellos cuentos de Jere, que hicieron también las delicias de los nietos de Concha Espina-, y la que yo conté a mis hijos que, sin duda, bebía de aquélla. El espíritu de mi hija sin duda tiene aleteos que devienen de algún recoveco o mechinal que crearon mis cuentos. La perfecta integración de niños muy diferentes en el grupo, como se integran los colores en el arco iris, vendría a ser la intención, epimýthion y epiphonema, de este precioso cuento, Los Ángeles de Colores, ilustrado maravillosamente por Crifos. Cuando el ilustrador del cuento es bueno sus viñetas abren un grande y misterioso museo para los ojos del niño, que como una de las caras más sagradas del poliedro de lo humano, está dotado de imaginación y hambriento de fantasía. Para mucha gente las viñetas de los cuentos y los cómics han sido sus verdaderos museos de arte. Y con razón, en España un Bagaría, un Sileno, un Penagos, un Castelao o El Roto han construido verdaderos museos de alta cultura con sus geniales viñetas. Y la Vanguardia también marcha a la par que las ilustraciones de cuentos y cómics; ahí está el gran Robert Crumb con su Mr. Natural.

Los grandes cuentos infantiles tienen la misma morfología que el cuento popular, tan sistemáticamente estudiada por el formalista y antropólogo ruso Vladimir Propp. De hecho es en el buen cuento infantil que se fabrica hoy – y son muy pocos buenos, claro - en donde quedan los rudimentos esenciales del cuento popular, el cuento en sí. El gran Saturnino Calleja lo intuyó, y la mayor parte de los muchísimos cuentos que editó se ajustan a la morfología del cuento popular. De la pretenciosa Colección “El barco de vapor” prefiero no hablar. María Nieves Sánchez López ha hecho bien en no olvidar este elemento popular, y así su cuento acaba en una versión modernizada de aquella vieja canción infantil del principios del siglo XIX con el estribillo de “carabí, urí, urí, urá…” o “carabín rin, rin(…)carabín ran, ran…” Esta cancioncilla de corro como salida del cuento es tan perfecta de forma como un poema de Rimbaud o de Lorca, los cuales tomaron el irracionalismo poético de otras canciones populares y vivamente entrañables como patrón sumamente original. El propio estribillo los supera, en tanto que enigma, acertijo y fórmula esotérica – ese “carabín” de una posible hurí del paraíso mahometano, que predice e interroga -, fórmula totalmente incantatoria, hipnotizadora y mágica, apoyatura lírico-formal, exorcismo apotropaico, distanciamiento estético y juego surreal. Un artefacto delicioso para repetir una y otra vez, como el propio cuento, que nos propone un canon impoluto, concentrado y rápido, lleno de intensidad y con todos los colores del arco iris. Porque los niños no consumen literatura, sino que en ellos es objeto iniciático y de culto. El cuento es leído o escuchado una y otra vez, lo mismo que el oficiante celebra una misa. Y hay que leerlo y nos tiene que sonar igual que las veces anteriores, si no el cuento dejaría de ser un incantatorio artefacto mágico, y esta hipnótica literatura, la primera, dejaría de ser sagrada. Todos los niños guardan un misterio atávico, y están más cerca siempre de lo irracional, que siempre tendrá más que ver con la “verdadera” realidad. Como ya nos dijese Lovecraft lo racional no pasa de ser un muro doméstico y artificial que intenta protegernos de la verdad. La mente de los niños está llena de elementos irracionales, que no sabemos analizar, ni sabemos de qué fondo atávico provienen. Los niños son los seres humanos que más cerca están de lo numinoso y lo irracional. Yo le aconsejaría a mi admirada amiga Nieves que su pluma aún brillará con resplandores más bellos si oye mucho más a su hijo que a la correcta política educativa.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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