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TRIBUNA

El futuro próximo

viernes 09 de abril de 2021, 20:11h

Alex Pentland, Director del Human Dynamics Lab del MIT, asesor del Foro Económico Mundial, del programa de Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas y de numerosas empresas de primera fila mundial, receptor de financiación de muchas de ellas, colaborador en líneas de producción con algunas y difundido en España por el portal de divulgación científica Open Mind de BBVA y por la Fundación Telefónica afirma tener la solución de todos nuestros males mediante la modificación inconsciente de las conductas.

Su formulación alquímica de una nueva ciencia de la sociedad, una ciencia social computacional, se basa en las matemáticas, en el big data y en la inteligencia artificial, que, rememorando a Auguste Comte, ha llamado Física Social, título también de su libro más destacado, Una ciencia tal, gracias a la información que suministran las múltiples fuentes de captación de datos personales ya existentes -teléfonos móviles, redes sociales, correo electrónico, tarjetas de crédito, Internet-, permitiría no sólo un conocimiento mucho más completo y fidedigno de los comportamientos humanos y sociales que el de las actuales redes, también sería la nueva sociología del conocimiento ideada por Max Scheler, ahora entendida como minería de la realidad que posibilita detectar estadísticamente pautas de comportamiento de sorprendente exactitud,

Dando un nuevo giro copernicano, el principio de la influencia social permitirá saber por qué los individuos toman decisiones no tanto por interés racional, persuasión o coacción, sino fundamentalmente por la mímesis de imitación de las demás personas, que -más que la educación, la reflexión o el diálogo- será la base fundamental del aprendizaje social significativo. Así pues, conforme a una vaga epistemología conductista, se logrará por la presión y el manejo de estímulos de cambio que los individuos desarrollen normas de conducta útiles según los incentivos para ellos preprogramados, altamente predecibles y controlables. Un lavado de cerebro en toda regla para que las personas cambien conscientemente de valores y de prioridades, cosa no tan difícil en una sociedad descerebrada, en la que rige el castizo principio de que “donde no hay mata no hay patata”. Los nuevos demiurgos cibernéticos tienen ya, al parecer, muy avanzado el procedimiento para orientar las conductas deseadas de las masas hacia objetivos “adecuados”, todo lo cual constituye además un proyecto tan lírico, que Pentland lo llama afinar la red, más becqueriano que afinar el arpa. Los pajaritos caerán en la liga sin la menor dificultad, dejarán saciados a Gargantua y Pantagruel, y a vivir que son dos días. Ya lo hacía con los tiernos niños el flautista mágico de Hamelín.

Efectivamente, sobrecoge el afán altruista de ayudar a la humanidad a actuar correctamente por parte de los abnegados apóstoles de la nueva Física Social. Heme aquí, tan conmovido por la tembladera tan agudamente, que las gozosas lágrimas brotan como venas de mi rostro, por decirlo con Fray Luis de León, sobre todo porque creo firmemente que la “instrumentación sin precedentes” de Pentland responde únicamente al objetivo científicamente determinado de acelerar al máximo el camino a la mejor situación posible para la humanidad: paz, estabilidad, orden, seguridad, progreso en todos los aspectos, bienestar general, todo lo cual caerá por sí solo como resultado de la optimización de la eficiencia social.

Es el tipo de discurso que cabe esperar de una sociedad de postántropos y de metántropos, que posthumanamente renuncia al humano actual con la esperanza de que nos salve el no humano que no hay. Tales planteamientos, que hacen las delicias de los ejecutivos de medio pelo en los aeropuertos y que a la vez son globos sonda por si cuelan, dan fe de lo que piensan de nosotros los nuevos sabios: que somos más tontos que los bobos víctimas del tocomocho, y que pueden vendernos la torre Eiffel a cambio de un cheque de hule grasiento. Ta barato dame dos paraísos en la tierra por el pago de uno. Qué casualidad, mire usted por dónde, que esta burla e indecente charlatanería de quincalla para comerte mejor, Caperucita, cuente con la más calurosa acogida por parte de muchas grandes empresas tecnológicas. Era lo que nos faltaba.

En realidad sí, lo confieso paladinamente: yo soy el bobo de Coria, o sea, Juan Martín Martín (Juan Calabacillas) uno de los batueco-jurdanos con deformidades, enano, bizco muy gracioso y simpático, auténtico cretino natural de Calabazas, una alquería perteneciente a Caminomorisco que terminé de bufón en el palacio coriano del duque de Alba –también marqués de Coria–, donde fui tratado como auténtico animal a cambio de alojamiento, vestido y en ocasiones con restos de comida. Mi fama, la del Bobo de Coria fue tal, que el duque de Alba me regaló a Felipe IV, siendo descrito por Lope de Vega, Quevedo y Góngora entre otros. Ya al servicio de la monarquía alcancé todos los privilegios posibles, pues tenía sueldo, una mula para moverme, estaba autorizado para dar órdenes al resto de los enanos y bufones, y para deambular libremente por palacio. Yo, Juan Calabacillas, quedé retratado en un lienzo de Velázquez, y mi memoria se recuerda en una estatua decorativa en granito erigida en la puerta de Poniente de la catedral de Coria sobre una pilastra de la balaustrada, a la cual se sigue llamando El Bobo. No me hago el bobo, lo soy.

Estoy dispuesto a ponerme un acento circunflejo como las cejas de Zapatero o un tricornio de la benemérita guardia civil. He escrito más de trescientos manuales del perfecto idiota, que es a la vez el arte del autorretrato con gloriosas e insuperables ocurrencias.

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