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Novela

Yuko Ogawa: La policía de la memoria

domingo 11 de abril de 2021, 21:29h
Yuko Ogawa: La policía de la memoria

Traducción de Juan Francisco González Sánchez. Tusquets. Barcelona, 2021. 400 páginas. 20 €. Libro electrónico: 9,99 €.

Por José Pazó Espinosa

¿Qué pasaría si se nos impusiera la desaparición de nuestros objetos, en un sentido conceptual y colectivo? ¿Qué ocurriría si la memoria los olvidara, y hubiera un cuerpo policial que nos obligara a deshacernos de esos objetos, para que su desaparición fuera total, y no hubiera forma de recuperarlos? ¿Qué ocurriría si los recuerdos fueran sospechosos y el Estado velara por su desaparición?

Esta es la distopía que Yuko Ogawa plantea en su obra del año 2019 La policía de la memoria. La acción ocurre en una pequeña isla cubierta por la nieve y la narradora es una escritora que entrelaza su experiencia vital de pérdida de la memoria con la escritura de una novela en la que la protagonista inicia una oscura relación con su profesor de mecanografía. La trama se entreteje alrededor de muy pocos personajes: la narradora, su editor el señor R, un viejo que vive solo en un ferry abandonado y los dos protagonistas de la novela que escribe la narradora, el profesor de mecanografía y su alter ego protagonista que acaba vampirizada por su amante.

La novela avanza con lentitud morosa, morbosamente a veces. Su lectura deja un sabor de boca raro, como de cavidades bucales húmedas y aleatoriamente peludas. Es difícil precisar el mensaje que va dejando esta novela que, como un Garbancito, camina dejando atrás un reguero de diminutos indicios. Pero a medida que la metáfora inicial avanza se va convirtiendo en inevitable alegoría, de raigambre europea y profundamente japonesa también. Alegoría del mundo moderno que quita más que da a una velocidad de vértigo, de las pérdidas que nos imponen los Estados y las administraciones sin que podamos muchas veces reconstruir lo perdido, de los abandonos a los que nos obligan las tendencias sociales…

En ella encontramos a Kafka y su insecto encerrado, por supuesto, pero también a Orwell y su estado policial ubicuo, a Gogol y su nariz perdida, a Akutagawa y su nariz recobrada y, sobre todo y ante todo, a Kobo Abe y su mujer de la arena, su hombre que se convierte en pared, o su otros caballeros, el que perdió la cara o el que vive en una caja. De hecho, Ogawa en esta novela agita un curiosísimo cocktail del mencionado Kobo Abe, un autor no muy conocido en las letras hispanas y del archipopular Haruki Murakami, con sus mundos asépticos y asordinados que flotan entre la distopía y la utopía.

La prosa de Ogawa es sencilla y envolvente. Contrasta con la oscuridad del mensaje y con los ambientes velados, centrados en muy pocos personajes medio ausentes, medio desconocidos, seres que lo poco que tienen lo van perdiendo poco a poco, sin saber por qué, adaptándose a ello con resignación. La protagonista dice en un momento: “La desaparición no es un suceso objetivo sino subjetivo. Para quien lo sufre es lo mismo. Tener ante tus ojos algo que supuestamente no existe causa un desasosiego tremendo”. El mundo ha cambiado, hemos de golpe perdido un concepto, pero el objeto o la persona siguen ahí, ante nosotros, poniendo de manifiesto y a la vez denunciando nuestra falta de memoria.

El desamor, el olvido, la renuncia, son mensajes de esta novela extensa pero fluida, sencilla y húmeda. Y, en estos momentos, se erige además como alegoría de una pandemia que nos está llevando a la pérdida de conceptos, objetos, personas y de partes incluso de nuestro propio ser, y que se produce bajo el control de una policía casi invisible que algún día, de forma paradójica, trataremos de recordar y rescatar de la nada quizá bajo el nombre de policía de la memoria.

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