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TRIBUNA

De la farsa a la tragedia

miércoles 14 de abril de 2021, 21:31h

Isaac Asimov, uno de los padres de la ciencia-ficción, conjeturaba que si fuese posible crear un robot capaz de ser funcionario gubernamental, haríamos un gran bien a la sociedad, ya que las Leyes de la Robótica le impedirían dañar a un ser humano, lo incapacitarían para la tiranía, la estupidez, el prejuicio y la inadmisible y deleznable corrupción. Sucede que cuando la tentación es fuerte la contención moral se debilita, haciendo que ese mal endémico rebrote y se haga posible y extensivo. Esta calamidad tan inherente a los humanos se viste con infinitos disfraces y a veces hasta se vuelve invisible. Puede afectar a cualquier gobierno que no está debidamente controlado por la justicia, un parlamento serio y, además, por la ciudadanía que lo padece en carne propia. Según Georges Bernanos el primer signo de la corrupción en una sociedad que todavía está viva es “el fin justifica los medios”. En este caso: “si los demás roban, por qué no voy a robar yo, total no va a pasar nada y ninguno va preso”.

Para frenar esta peste de corrupción, que con los años en la Argentina se ha vuelto estructural, no basta con castigar los abusos sino que es necesario modificar los usos e imponernos un Estado más ético y severo con los que no cumplen el mandato constitucional ni el respeto a las leyes (tan es así que el enriquecimiento ilícito no tiene condena). De esta manera, cambian los gobiernos, pero seguimos justificando a los protagonistas y tropezando con la misma piedra, debido a que las cosas siempre se negocian y tienden a naturalizarse. Hay quienes hablan de funcionarios corruptos de épocas anteriores -que recibieron coimas, cobraron sobresueldos o estafaron al Estado- y hasta son recordados con la justificación de algún mérito o la complaciente pícara sonrisa de aprobación. En el colmo de los colmos, la Universidad invita para dar una conferencia magistral a un ex funcionario condenado por estafa. Muy de la Argentina, por otro lado.

Cayetano Bollini, un escritor liberal apócrifo, inventado por el talentoso periodista Carlos Alberto Brocato, autor del quizá menos divertido que condenatorio Manual del buen argentino, decía que “la corrupción es algo tan encendido, que si en esta bendita tierra cada corrupto llevara una lamparita en la cabeza, la Argentina sería un país iluminado, que sin duda superaría a París o Las Vegas”. Pero, claro, nuestro amigo no tenía en cuenta que si todos los políticos van a la cárcel por corruptos ¿quién demonios va a gobernar este condenado y maltratado país?

Mientras tanto, con el correr del tiempo, los corruptos se suceden y se diluyen pasando de un bando a otro alegremente en gobiernos que ya demostraron su incapacidad. Lo lamentable es entonces resignarnos a nuestro patético “ser argentino”, que todo lo justifica, sostenedor del sistema que nos gobierna y, por ende, de la metodología operativa de la corrupción; o sea del modus operandi de estos personajes delictivos casi siempre protegidos (o miembros) del poder de turno. Algo que en la mayoría de los casos nos permite vislumbrar un mal con idéntico protagonistas y el mismo disfraz. Y luego resignarnos al “bueno, si sucedió una vez porque no va a seguir sucediendo -o, lo que es peor aún-; si yo estaría en su lugar quizá haría lo mismo… total nadie te castiga y si no lo haces te miran como a un imbécil.”

Por supuesto, se me dirá que esto no ocurre sólo aquí y que los paraísos fiscales son una demostración de voluminosos negociados a nivel global; pero esto no nos hace vislumbrar una clara conexión entre el problema y la eventual complicidad del llamado “ser argentino”, que es lo que más duele y está en juego en este caso. Las operatorias offshore a menudo generan los más impúdicos negociados y, por supuesto, las grandes injusticias. Nunca se sabrá, por consiguiente, qué sucedió en rigor de verdad con las espurias desviaciones de dinero hacia el Banco Vaticano, donde se ven implicados gobiernos y riquísimos “empresarios”, que pusieron allí sus ahorros por ser el sitio más seguro, libre de cualquier investigación (algo que en épocas de Licio Gelli y Roberto Calvi cobró fama inusitada y quizá sirva de paradigma). Harina de otro costal, agreguemos. En fin, desde el poderoso poder nos dicen: “ojo al Cristo”. Mejor borrón y cuenta nueva; o, como bien escribió mi recordado amigo Julio Llinás y se difundió en boca de Marcello Mastroianni: “non si parla di questo”.

Tampoco es ético que se blanqueen grandes sumas de dólares con operaciones fraudulentas a través de la banca privada, ni que poderosas multinacionales gigantescas tributen menos impuestos que una pequeña empresa local, asfixiadas de impuestos y condenadas al ocaso. Un despropósito, claro. Sin duda tan humillante como insultante. De esta sencilla y corrupta manera la crisis de representatividad no pasa por el sistema democrático, sino por quienes lo desnaturalizan con estas trampas que se exhiben como legales.

¿Cómo resguardar ese bien tan amenazado que se llama credibilidad, cada día más devaluado y que alcanza los asombrosos niveles de una fábula? ¿Qué hace el periodismo frente a esta corrupción, por lo general VIP, que ahora llega hasta las vacunas hechas para salvar la vida? ¿Basta acaso con una tibia denuncia? La desprotección es muy grande y crece con la disminución de la calidad de vida. Los medios de difusión son de uno u otro bando y juegan de acuerdo al mejor postor; en algunos casos son militantes con pocos escrúpulos; hoy, las fake news o las “operaciones encubiertas” también están en zonas de sospechas, pero protegidas por ciertos medios de información. Las nuevas tecnologías potencian la segmentación de las respectivas audiencias y eso lleva a un acceso de “la información más conveniente”, y hasta versiones, rumores, livianos comentarios u opiniones, que mejor cuadran con las ideas previas. También se suma la tendencia natural de rechazo a las noticias que no condicen con ideas previas. Por lo tanto, en esta voluble Argentina, tener voluntad de poder o disponerse a ser competitivo en la arena política implica necesariamente aceptar las reglas del sistema corrupto. De lo contrario no hay posibilidades. La decencia no es admitida en un ruedo donde se juega a quién es el más rápido.

Si bien uno debe rehuir a las generalizaciones. No todos los políticos, sindicalistas, jueces o empresarios están en esa competencia de dañina corruptela. Hay, sin embargo, una línea de largada que permite conjeturar un “pecado original”. Es decir, que al dar el primer paso en esa recta uno casi naturalmente se ensucia. Por otro lado, como las campañas electorales son demasiado costosas y no cualquiera sube al ruedo, sobre todo si es honesto y quiere competir en las grandes ligas. Para hacerlo se necesita una fortuna que no está al alcance de cualquier hijo de buen vecino que intente disputar la Casa Rosada. Pero, es obvio, en el balance todos somos culpables. Nuestros representantes no nacen de un repollo, ni vienen de otro planeta, son la resultante de lo que somos como individuos y sociedad. En una reflexión de Jorge Luis Borges, nuestro máximo escritor, tomadas de Otras inquisiciones, podemos leer:

“El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos sueles ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Aforismos como el de Hegel “El Estado es la realidad de la idea moral” le parecen bromas siniestras. Los films elaborados en Hollywood repetidamente proponen a la admiración el caso de un hombre (generalmente, un periodista) que busca la amistad de un criminal para entregarlo después a la policía; el argentino, para quien la amistad es una pasión y la policía una mafia, siente que ese “héroe” es un incomprensible canalla. Siente con don Quijote que “allá se lo haya cada uno con su pecado” y que “no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello” (Quijote, I, XXII). Más de una vez, ante las vanas simetrías del estilo español, he sospechado que diferimos insalvablemente de España, esas dos líneas del Quijote han bastado para convencerme de error; son como el símbolo tranquilo y secreto de nuestra afinidad. Profundamente lo confirma una noche de la literatura argentina: esa desesperada noche en la que un sargento de la policía rural gritó que no iba a consentir el delito de que se matara a un valiente y se puso a pelear contra sus soldados, junto al desertor Martín Fierro”.

Por consiguiente, ¿somos culpables? En parte, o en buena parte, sí. Nuestro pobre individualismo opera de un modo negativo (o destructivo) sobre una moral que ni siquiera nos aproxima al patriotismo. La destructiva pandemia ha puesto sobre el tapete con sus efectos arrasadores a todas las economías y está dejando sociedades cargadas de temores y de críticas a sus gobiernos de turno, ya sea por el manejo de la crisis sanitaria o por la devastación de las economías. En la Argentina existe una evidente fatiga social (o apatía para ser más concretos) con respecto de toda la dirigencia política. Ni siquiera las encuestas se ponen de acuerdo cuando evalúan los posibles resultados de las elecciones por venir. Todo corre parejo en un casi idéntico nivel.

El ayer y el ahora son trágicos. Venimos de una suma de errores y trampas de alto vuelo y chapoteamos en el lodo. Se necesitaría un gobierno persuasivo para disciplinar y devolver credibilidad a las leyes, la política y la economía. El que tenemos, eventualmente agobiado por la incertidumbre, agrava más la enfermedad y produce el efecto contrario. Una parte importante de ese destino se definirá en las elecciones de los próximos meses. Dicha constatación explica por qué el oficialismo empezó a jugar desde muy temprano a todo o nada en medio de una pandemia que avanza de manera destructiva.

No hay soluciones mágicas. El deber es mejorar el sistema y quitarlo de las manos de quienes lo utilizan y desvirtúan en provecho propio. Como está demostrado, la corrupción mata tanto como la peste; el altísimo porcentaje de niveles de pobreza está a la vista y avanza implacable. La economía funciona de acuerdo a los nefastos aparatos financieros que siguen amasando fortunas especulando y reproduciendo el dinero mal habido. Por supuesto que no es delito que los empresarios contraten con el Estado, pero sí lo es que sobornen a funcionarios y ofrezcan bienes y servicios peores y más caros a la comunidad.

Para concluir, dejo en manos de Borges la reflexión final; también tomada de su ensayo sobre Nuestro pobre individualismo: “Sin esperanza y con nostalgia, pienso en la abstracta posibilidad de un partido que tuviera alguna afinidad con los argentinos, un partido que nos prometiera (digamos) un severo mínimo de gobierno.”

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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