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TRIBUNA

Los chicos malos

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 16 de abril de 2021, 20:34h

Los chicos y las chicas más atractivos durante la adolescencia para los adolescentes son, sin duda, los chicos y chicas díscolos, impertinentes, desafiantes y temerarios. Oh, el gran atractivo de los chicos malos, que si son inteligentes dejan de serlo en la juventud. Los malos son más deseables, cualesquiera que sean las barrabasadas que cometan y aunque se condenen sus almas. Esos malos suelen ser “tíos buenos” y siempre tienen redención en la edad adulta.

Hans Küng jugó a ser el atractivo chico malo de la Iglesia, quien con sus continuas provocaciones atraía mucho a la feligresía más progre. Vivía de provocar a la jerarquía eclesiástica, entre la que estaba su amigo Joseph Ratzinger, quien por su mediación entró también a dar clase en la misma universidad que Hans Küng. Pero llegó un momento en que el cardenal Ratzinger se percató de que seguir tolerando las provocaciones heréticas del atractivo chico malo Hans Küng podía confundir fatalmente a los católicos, y terminando con una tolerancia mal entendida despojó a su amigo Hans Küng, perpetuo adolescente travieso, de la licentia docendi en las universidades católicas. Si bien se mira no tolerar algo de alguien significa tomarlo en serio. Esto es, respetarlo. Por eso toda tolerancia es en el fondo una falta de respeto y de consideración. Con este castigo se revendieron las obras de Hans Küng con gran fortuna, pues no hay cosa que a uno le promueva tanto en la modernidad como un buen castigo eclesial.

Ahora bien, las patentes herejías de Hans Küng contra el llamado símbolo atanasiano niceano no le quitan su valor de gran escritor y alma sensible, incluso hiperestésica, a las enseñanzas del divino Maestro. Su libro “Ser cristiano”, en el que aún no se ven claramente las herejías que vendrán después, y que desnortaron a un gran teólogo español claretiano, es quizás uno de los dos o tres libros de teología ( y de moral y de filosofía ) más importantes del siglo XX, que será siempre una delicia leer para cualquier cristiano, sobre todo su primera mitad, en la que el autor y grandísimo escritor no se extravía.

Desde el principio de su obra hay un patente intento en el teólogo recién fallecido de hacer entablar al humanismo cristiano relaciones de amistad con los humanismos “seculares”, sin tener en cuenta quizás que esos humanismos seculares suelen ser por lo general ramitas desviadas o “chupones” pujantes del gran árbol de la religión de Jesús. Veía a la Iglesia en la retaguardia de la humanidad, con temor permanente hacia lo nuevo y siempre forzada a caminar a la zaga. Es curiosamente así también como la izquierda ve a la derecha. Y no es verdad. Lo que ocurre es que hay principios y valores que la Iglesia entiende eternos. Hans Küng vio en el cierre abrupto del Concilio Vaticano II una especie de “backlash” o reacción y retroceso, cuando en realidad Pablo VI puso punto final a una “concilitis” que empezaba ya entrar en el desmadre. Este “chico malote” civitatis Helvetiae escupía con cierta despreciativa soberbia a la gran estética y cultura de grupo de la Iglesia bimilenaria ( el latín, el ceremonial bizantino, la liturgia y la mayor parte de la teología ), que estuvieron a punto de ser arrasadas en el Concilio Vaticano II, y que supone sin duda el mayor tesoro de la Iglesia. Porque lo más valioso de la Iglesia no son los Museos Vaticanos sino la liturgia latina acrisolada durante dos mil años. Benedicto XVI escribió precisamente contra esta bárbara desculturización de la Iglesia una apasionada epístola a los obispos – que debió de ser encíclica – instándoles y exhortándoles a mantener el alma de los bienes inmateriales de la Iglesia, como son el latín, la liturgia, el buen gusto musical y una concepción arquitectónica que invitara a adorar a Dios a todos los hombres. Para desgracias del pueblo cristiano Benedicto XVI llegó demasiado tarde, y quizás su dimisión se debiese a la constatación de que ya no tenía tropa que parase la barbarie. La gran teología se ha expresado durante casi veinte siglos en la sutileza gramatical del latín, lo mismo que la liturgia. Así, por ejemplo, se suele traducir la expresión litúrgica “misere nobis et totius mundi" como “ten piedad de nosotros y del mundo entero”, olvidando que la conjunción copulativa, en contra de su uso, está uniendo aquí dos complementos en distinto caso, un dativo con un genitivo, cuando un “rectus” latín hubiera dicho ”miserere nobis et toti mundo”, pero es el que el deponente misereor tiene matices distintos en su régimen con dativo y su régimen con genitivo, que la Iglesia milenaria quiere señalar. La traducción es imposible. Sólo el latín fija el sentido de la frase de ruego imperativo. Y traducir “sé compasivo con nosotros y ten piedad del mundo entero”, sería quebrar esta dilogía teológica. Benedicto XVI tenía, desde luego, más razón que un santo.

La tolerancia del “chico malo” con el comunismo genocida no era tolerable, llegando a tener el valor de afirmar que “una mala realización no basta para refutar un buen programa”. La desgraciada frase se la podríamos prestar al Sr. Iglesias. “No podemos desistir de todo marxismo”, señalaba repetidamente Hans Küng. Ridiculizó la exageración de San Cipriano de que “fuera de la Iglesia no hay salvación” y de que todos los que están fuera son una “massa damnata”, una hueste perdida y que están excluidos de la salvación, no a favor de la libertad religiosa, que es la madre de todas las otras libertades, sino afirmando que fuera de la Iglesia no hay salvación, en cuanto que todos están ya dentro de antemano como cristianos no formales, pero sí “anónimos”, o mejor dicho – pues esto sería lo más exacto y consecuente -, como católicos romanos anónimos”. El cristianismo fue siempre para Hans Küng el activar, en la teoría y en la praxis, el recuerdo de Jesucristo, y esta sencilla frase esconde una profunda verdad. Nada hay superior al recuerdo de las exigencias del dulce Jesús: ¡En lugar de aniquilación de los enemigos, amor a los enemigos! ¡En lugar de venganza, perdón incondicional! ¡En lugar del uso de la fuerza, apertura al sufrimiento! ¡En lugar de cantos de odio y de venganza, exaltación de los pacíficos!

Nuestro Jesús no fue un hombre educado en la corte, como Moisés; ni hijo de reyes, como Buda; ni un político docto, como Confucio; ni un rico comerciante, como Mahoma, sino un hombre ordinario, esto es, el ideal de la masa, capaz de encarnar todos los hombres en su mismo rostro, el perfecto espejo de la humanidad. Ahora bien, este perfecto y extraordinario hombre ordinario era el Hijo de Dios. Y su reinado no está fuera del hombre, en paraísos comunistas y aberraciones tales, sino dentro del corazón de cada hombre. No pretendía Jesús hacerse propaganda, sino salvar a cada hombre. La atención de Jesús no se centró jamás en la naturaleza humana en abstracto, ni en ninguna clase concreta de hombres, sino en el singular hombre concreto.

En definitiva, Hans Küng, “el chico malo”, acertó de modo rotundo en que no se puede estar a favor de Dios y en contra del hombre, y siempre tendrá un lugar señero en la Historia de la Teología Cristiana, a pesar de sus excentricidades heréticas, pero, sobre todo, en la Historia de la Literatura Cristiana, pues sus textos, traducidos al español por José María Bravo Navalpotro, constituyen una delicia de lectura. Dicho esto, uno prefiere “el niño bueno” de Benedicto XVI, gran amigo verdadero del chico malote y gran teólogo helvecio. Pues querer despojar de su divinidad a Nuestro Señor no es simplemente una broma de chico malo, sino pura letalidad que la Iglesia no puede consentir jamás.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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