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Novela

Alfonso del Río: El lenguaje oculto de los libros

domingo 18 de abril de 2021, 19:01h
Alfonso del Río: El lenguaje oculto de los libros

Destino. Barcelona, 2021. 493 páginas. 19,90 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por Daniel González Irala

La imaginación es un músculo elástico, o al menos eso parece querer creer este novelista bilbaíno, que entrega una segunda novela, compleja a pesar de la sencillez de léxico, una novela que, a pesar de no mostrar grandes alharacas lingüísticas, tiene resultados boscosos a través de los que el lector se pierde en según qué claves de género, para encontrarse en otras.

Narrada en dos tiempos alternos (años 30 y años 60) en sus correspondientes espacios (Bilbao y Oxford) llega un momento en que estos se funden y confunden quizás de una manera arbitraria y hasta atrabiliaria, siendo el resultado más irregular de lo que en principio pudiera parecer. Esta división espacio-temporal obliga a jugar con narradores identificados, que en las seis partes de la novela empiezan siendo Gabriel de la Sota (escritor, profesor universitario en Oxford y empresario siderúrgico en su Bilbao natal) y Mark Wallace (abogado que pretende esclarecer en torno a preguntas tipo una serie de acontecimientos que suceden entre medias como son el asesinato del rector de Oxford, o el misterioso descarrilamiento de un tren, entre otros) y terminan por perder esta condición en aras de que muchos de los personajes quedan expuestos, pero sin identidad, y la gran vorágine de acontecimientos tampoco ayuda a definirlos.

Da la impresión de que por querer meter demasiados datos relacionados con el proceso mercantil por el que el protagonista pasa de tenerlo todo a no tener nada y perecer (la trama del director general de la empresa Iñigo Larrauztegui que se nos presenta como un hipotético tonto útil o tipo demasiado listo es un ejemplo) se pierde humanidad, humanidad que en cierto sentido es sustituida por tramos adecuados de ciencia-ficción o fantasía cultivada por los colegas de De la Sota de departamento, a saber J.R.R. Tolkien (autor de El señor de los anillos o El hobbit) y C.S. Lewis (escribió Las crónicas de Narnia si bien aquí el autor nos lo presenta también como autor detectivesco más misterioso y aficionado a los fantasmas) y que ayudan a Wallace a moverse por estas aguas pantanosas y procelosas de que hablábamos.

Ya en la declaración de intenciones inicial (“Hay algo casi místico en el propio acto de escribir que demuestra que va mucho más allá de un proceso creativo”) nos damos cuenta de que la novela promete mucho más de lo que al final acaba dando. Un ejemplo claro de esto que decimos es la utilización del personaje de Unamuno al principio y al final sin haber un claro hilo conductor entre la intervención por la que considera a Gabriel como un cuentista sin afán de trascendencia, y una parte final en que saca el discurso que dio poco antes de morir en Salamanca (“Venceréis, pero no convenceréis”) supuestamente relacionado con la calidad técnica que el personaje ficticio ha pergeñado en su libro El Señor del Mal, un libro ya introducido en los cenáculos de Oxford.

Alfonso del Río sabe también perderse en según qué partes con astucia, incluyendo el remiendo final por el que Lewis quiso interceder por Tolkien para que ganara el Premio Nobel de Literatura, cosa que nunca logró y que de haberlo hecho tal vez añadiría cierta y necesaria luz sobre estas partes oscuras de un texto que en sus momentos brillantes podría querer ser digno de entrar en diálogo con Todas las almas de Javier Marías.

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