“Hay” un brusco agitarse y el roce de algo que se escurre blandamente, lubrificado por aguas espesas. “ Hay” un urgente impulso hacia adelante. “Hay” un tacto desconcertado, el paso de una frontera elástica, un escozor doloroso, una luz hiriente, una agitación desconocida y rítmica, algo que se abre paso desde dentro, un grito. El espacio se onduló amorosamente. Mucho tiempo después supe que había sido acunado. Entonces no sabía nada, porque no había nadie que pudiera saber. “Yo” llegué después, las canciones de cuna, los besos, cuando esa conciencia pegada a las sensaciones, que era luz en la luz, tacto en el tacto, calor en la ternura, identidad del sentiente y lo sentido, fue independizándose, distanciándose de las impresiones, que empezaban a ser cosas. Grandes ritmos lo organizaban todo: el desasosiego y la calma, la vigilia y el sueño. Por fin aparecieron los rostros, las palabras, el divertido sonar de un sonajero, las sonrisas, tan divertidas de imitar y también “Yo” como centro del paisaje.
De esta curiosa manera describe José Antonio Marina su propio nacimiento. Las palabras hay y yo están con cursivas en su libro El laberinto sentimental (Anagrama 1996. Pag. 56). Aquí las hemos entrecomillado.
Es decir, Marina nació como un impersonal “Hay”, y un cierto tiempo después, que no precisa, empezó a ser un “Yo”.
Sin duda este pensador conoce el cálculo lógico descubierto por Frege y Peano en el último tercio del siglo XIX. También sabe que, gracias a ese descubrimiento, ha sido posible construir el ordenador con que probablemente ha escrito sus brillantes libros. Es una persona culta y bien informada. Pero no ha debido caer en la cuenta de que, si ha sido posible que un lector entienda la descripción anterior, eso se debe justamente al cálculo lógico. Tanto él como el lector se han atenido a los mismos operadores lógicos. Marina se sometió a ellos para que su texto sea inteligible. Y el lector entiende su ingeniosa descripción, porque también se rige por los mismos operadores lógicos.
Dejemos al lector de lado. ¿Cuándo empezó el recién nacido Marina a estar en posesión de los operadores lógicos? Por lo menos, cuando se dio cuenta de que era un “Yo”. Un yo pensante, en posesión del primero de los operadores lógicos, el afirmador-negador (lo formal del conocimiento). Y cuando se ha realizado la identidad entre el sentiente y lo sentido (lo material del conocimiento). El “yo”, una vez en posesión de ambos elementos, fue capaz de formular en su mente infantil la primera oración gramatical compuesta de sujeto y predicado (materia). Y sobre todo de afirmarla (forma). Esa frase fue
yo soy distinto de lo que me rodea
Cuando encuentro un matrimonio con un niño de ocho o nueve meses, suelo preguntar ¿habla ya? Si me aseguran que aún no ha pronunciado palabra alguna, digo al niño ¿tienes nariz? Y más de una vez he observado con gran sorpresa que el niño ha llevado su manita a la nariz. Y lo mismo si he preguntado ¿tienes ojos? ¿tienes boca? El niño es todavía mudo y no puede emitir fonemas. Pero está claro que posee los operadores lógicos, y con ellos el lenguaje. Ha entendido mi pregunta y ha respondido a ella. Con su gesto, el niño ha enunciado la frase
yo tengo nariz
Su lenguaje es gestual. El gesto substituye a las palabras propias del lenguaje fónico. Pero el operador lógico es el mismo y la conexión sujeto-predicado es la misma. El gesto ha hecho la misma función que los fonemas o palabras materiales en nuestro lenguaje hablado. Palabras materiales son las que designan algo. La palabra formal de la frase es la afirmación, la atribución del predicado al sujeto.
El primer lenguaje tuvo que ser gestual. Adán, Eva y compañeros eran simios que no podrían articular más sonidos que los dos o tres que observamos en los monos actuales. Costó la friolera de dos millones de años que nuestros canales hipoglosales alcanzasen el ancho suficiente para permitir la emisión de los aproximadamente treinta fonemas, que tiene cualquier lenguaje actual. La Torre de Babel, más que un castigo divino, fue el paso desde el lenguaje gestual y único para todos los humanos, a una multitud de lenguajes fónicos. Incluso en nuestros días recurrimos al primitivo y único lenguaje gestual, si no tenemos un lenguaje fónico común con nuestro interlocutor.
Volvamos a Marina. Hemos precisado algo que él no sabía. Cuando tenía 8-9 meses pudo decir su primera oración gramatical en lenguaje gestual.
Tradicionalmente se han empleado palabras tales como espíritu, alma, mente, yo, persona o quien para denotar esa realidad inmaterial, que nos permite pensar y hablar. Después de la formalización de la lógica debiéramos decir con mayor rigor posesión de los operadores lógicos.
¿Podemos afirmar que a los 8-9 meses, y no antes, todo niño empieza a ser un yo poseedor del lenguaje? Si eso fuera cierto, matar un niño de un mes sería lo mismo que matar una lagartija. No sería asesinar una persona humana.
Pero de que un niño de un mes, o de una hora, o de un minuto, no hable, ni siquiera con gestos, no se deduce que no posea ya los operadores lógicos. Sin duda es cierto que, si un coche anda tiene gasolina. Pero de ahí no se deduce que si no anda no tiene gasolina. Todos los coches aparcados tienen gasolina. Es perfectamente posible que el niño de un mes, o de una hora, o de un minuto, tenga ya los operadores lógicos, Como si a alguien le regalan un raro artefacto y no sabe manejarlo. Que no lo use no implica que no lo tenga. Si el niño habla, está claro que posee los operadores lógicos. Pero eso es compatible con que los tenga y no hable.
Aunque no podemos observar nada externo, cabe que el lenguaje esté presente en el niño de un mes, o de una hora, o de un minuto. In potentia, no in actu, para usar esta terminología medieval. Cabe incluso que el lenguaje in potentia estuviera ya presente en el feto, antes de nacer. Y como no disponemos de observación externa alguna para establecer un antes y un después en algún momento arbitrario tras la fecundación del óvulo por el espermatozoide, cabe que los operadores lógicos estuvieran presentes justo en el momento mismo en que se forma el cigoto.
O al menos, eso es lo que sugiere un mínimo de honestidad intelectual o la ausencia de prejuicios. El nacimiento de un niño, aparte de su carga emocional tan celebrada por los poetas, es sólo un cambio de sitio, no un cambio en el código genético.
¿Pueden ser los operadores lógicos el resultado del código genético? Es justo al revés. Los libros de química, en que se describe la complicada estructura de los ácidos nucleicos, tienen una parte literaria conforme a las reglas lógicas No son sólo fórmulas. Si alguien intentase escribir unos Principia chimicha, emulando los Principia mathematica de Russell y Whitehead, estaría abocado al mismo fracaso que éstos. Los actuales libros de matemáticas siguen teniendo la parte literaria que siempre han tenido. Igualmente, se ha podido describir la famosa doble hélice gracias a que autores y lectores de los libros de química poseen los mismos operadores lógicos en sus respectivas mentes.
Se encuentra en el libro de Marina esta frase. Pero no debemos olvidar que la cartesiana planta del conocimiento brota del humus cálido de la afectividad” (Pag. 63).
La frase es ingeniosa y hasta bella. Pero falsa. El conocimiento no brota de los afectos, sino del cálculo lógico -lo formal en él- y de la percepción de la realidad -lo material en él-. Lo mejor que podemos hacer es olvidar esa frase cuanto antes. Sólo la entendemos gracias a que ha sido escrita de acuerdo con los operadores lógicos, que Marina sigue conservando intactos desde que tenía 8-9 meses.
Eso por lo menos. Puede que los tuviera desde el momento mismo de su concepción como ser humano. Y que no hubiera ningún “Hay” antes del “Yo”. Nadie puede negar esa posibilidad. Ni tampoco que ésa sea la posibilidad más probable. Señalar cualquier otro momento después del cigoto es puro arbitrio, mero voluntarismo. En la fecundación aparece un código genético ex novo. Lo que sigue es multiplicación y diferenciación de la célula inicial, pero siempre con el mismo código genético. El cigoto es un “Yo”. Hay al menos una razón para afirmarlo. Y ninguna para negarlo.