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El lorquismo de E. Naranjo

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 05 de septiembre de 2008, 21:33h
La “Fundación Gregorio Prieto” -cuyo epónimo encierra uno de los más grandes artistas españoles del siglo XX vilmente olvidado y con una soberbia grandeza aún inexplorada- apasionadamente presidida por Santiago Rubio Liniers y primorosamente dirigida por mi gran amigo el gran pintor Vicente Nello, está exponiendo, con motivo de las Fiestas del Vino de Valdepeñas, una extraordinaria colección de acuarelas y grabados del genial pintor extremeño, infatigable explorador de la materia plástica, Eduardo Naranjo, sin duda el mejor pintor español de ese realismo que tanto gustaba a Schelling y que el filósofo alemán definió como “la forma y las figuras embellecidas por el presentimiento del alma”. Es decir, el verdadero realismo o realismo humanístico.

En esta ocasión los temas de la presente exposición son dos libros de Lorca: “Poeta en Nueva York” y “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, dos obras que se publicaron seguidas y que representan el gran baluarte sagrado de lo mejor de Federico, su sanctum sanctorum.

Nunca he estado de acuerdo con el Lorca interpretado por Francisco Umbral, que lo convierte en un vate del duende oscuro, de lo dionisíaco telúrico, de lo demoníaco -proyectando sin duda sus propias obsesiones en el abstemio poeta granadino-, sino que muy al contrario Lorca es un poeta apolíneo, y no un vate inspirado de raíz flamenca -aunque pueda parecer esto que decimos novedoso-, un poeta del agua, del orden, de la recta medida, de la ropa escrupulosamente planchada y de la pajarita perfecta.

Pues bien, esa misma visión mía la tiene Eduardo Naranjo en su radiosa interpretación plástica de la nueva Babilonia de Nueva York, en donde parece penetrar impura una bocanada de selva y de irracionalidad y desorden que pavorosamente se multiplica, subiendo por las paredes de los rascacielos y que pone en peligro lo doméstico, el orden apolíneo, la vida morigerada. El cocodrilo, el tigre, las cucarachas contra el humanismo de las palomas, las vacas y los caballos. El alcohol en sus variantes de whisky y ginebra contra el agua purísima, la única y verdadera bebida de Federico. “Es preciso matar al rubio vendedor de aguardiente”. “Yo vi la transparente cigüeña del alcohol/ mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes/ y vi las cabañas de goma / donde giraban las copas llenas de lágrimas”.

Por otro lado, en la interpretación plástica del “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, Eduardo Naranjo parece escenificar en sus cuadros un auto sacramental, un drama senequista, en el que parecen dialogar los caracteres divinizados de la muerte y la belleza, el toro y el arte, la nobleza y la sangre, la vida y la plaza.

Por otro lado, en los grabados, ajeno al cálculo multiplicador del interés egoísta, Eduardo Naranjo no reproduce grabados a través de una plancha, sino que hace grabados singularísimos a partir de la combinación de muchas planchas. Es el arte en sentido puro, enemigo de la venta y el negocio multiplicador. Es la dulce entrega del esclavo hacia la belleza-“domina”. Y los numerosos bocetos o drafts para las acuarelas -magnífica muestra de consumado y delicado dibujante- son claros síntomas de esta misma honestidad laboriosa indesmayable. Sólo se puede servir a la Belleza desde el trabajo y el afán por lo perfecto. La elegante belleza de su mujer, Marta, también podría explicar la delicadeza donatellesca que tiene la belleza en los cuadros de Eduardo.

Eduardo Naranjo. Ningún amante de la pintura y el grabado debería perderse esta exposición de la “Fundación Gregorio Prieto” en Valdepeñas.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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