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TRIBUNA

Madrid libre

martes 04 de mayo de 2021, 23:44h

A los pocos días de las decisivas elecciones celebradas en Italia en 1948, saldadas con el apabullante triunfo de la democracia cristiana y una considerable derrota de socialistas y comunistas, un diario de Milán publicaba este anuncio: “Se ha escapado un loro que acostumbra a gritar ¡Viva Stalin! El abajo firmante no participa en grado alguno de las ideas políticas del loro. Mario Faustino. Vía Cavour, 27”. Ante aquél aluvión de votos, Attilio Piccioni, Secretario político del Partido Demócrata Cristiano, exteriorizó su gratísima sorpresa: “Deseábamos que lloviese pero no pensamos que granizase”.

En Madrid ha llovido y granizado a gusto de Ayuso. Y aún sin playa, Madrid es tierra de libertad como lo fueron las playas de Normandía en 1944. El gran derrotado ha sido el sanchismo. No Gabilondo, que no ha podido ser voz cuando era eco, sino Sánchez, doblemente derrotado; primero, porque vio frustrado el intento de moción de censura urdida con Ciudadanos para desbancar al PP. Segundo, porque ha perdido la condición de primer partido en Madrid. Junto a Sánchez, caen derrotados Tezanos, el trapisonda, el progresismo frentepopulista, jaleado por Iglesias, quien diciéndose de izquierdas, vive como un burgués, y es insuperable en agitar disturbios. Y, por supuesto, Arrimadas, que lleva tiempo extraviada en el país de las maravillas.

En política no basta con ser transparente, también hay que ser eficiente y valiente. Y Ayuso lo ha sido en beneficio de la ciudadanía. No ha dejado atrás a nadie, a diferencia del Gobierno de coalición en su nefasta gestión de la pandemia. Y con sus decididas y audaces medidas, la líder del PP ha ayudado y convencido a sus votantes. Se ha revuelto contra esa impostora altivez de un progresismo endiosado de superioridad intelectual y moral que no tolera al rival, desprendiéndose, al mismo tiempo, del habitual complejo de la derecha para disputarle a la izquierda la hegemonía del espacio público de las ideas. Por ello, la aversión del sanchismo hacia ella es tan descomunal como su ineficacia para resolver los problemas de los españoles.

Porque ese progresismo que malgobierna España no se ha detenido un solo día en su labor metódica de acoso y derribo de las instituciones, las tradiciones, las costumbres y las creencias. Ese progresismo, convertido en ideología al crear la izquierda coaliciones de víctimas, ha sustituido la desvencijada táctica marxista de la lucha de clases por un confuso amasijo de banderas como el multiculturalismo, el antirracismo, el feminismo, los derechos de los homosexuales, la ideología de género, el ecologismo, el animalismo o la memoria histórica. Y claro, con tantos ismos, se olvidan de lo esencial: del trabajador, del autónomo, de los desempleados, del hambiento y hasta de los muertos.

Ayuso ha sabido retratar a esa izquierda progre emperrada en destruir la idea de que el hombre es un ser libre y, si además, puede prosperar por sí mismo, eso ya es letal para el progresismo, obsesionado todavía con la ocurrencia infumable de que solo la colectividad produce prosperidad. En Madrid no, porque es libre.

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