Después de casi una semana de Covid 19, que me ha tenido a mal traer, agobiado de múltiples malestares y, sin duda, gracias a una prodigiosa vacuna, que ya lleva un mes regocijándose en mi humanidad con sus anticuerpos, se puede decir que, aunque un poco maltrecho, vuelvo a la vida casi normal. Al menos esto espero.
Pues bien, después de texto, me comprometo a retomar mi lectura de Ramón Gómez de la Serna, del que estoy escribiendo una monografía. El enorme Ramón, que fue un verdadero “genio” con todas las de ley y, sin exageración, podemos equipar a Leonardo de Vinci y Miguel Ángel, Shakespeare y Cervantes, Einstein y Picasso, y que a mí me sigue deleitando con sus páginas gloriosas de cautivante imaginación. Soy un lector hedonista, lo repito asistido de las palabras de Borges: “Que otros se jacten los libros que han escrito; yo me enorgullezco de los que he leído”. Vale decir, alguien que trata de leer aquello que le produce placer. Lo demás -porque también lo demás está al alcance de la mano y suele ser necesario-, lo postergo o lo leo cuando necesito informarme y no me queda más remedio.
¿Para qué este exordio? Pues sólo para explicar que no sólo de libros gratos vive un lector, sino también de los textos obligatorios, los que leemos para estar al tanto de las cosas y ayudarnos a ganar el pan nuestro de cada día. Iremos al grano, como se dice en buen español. Estos tiempos extremos en los que estamos a merced de la pandemia, esta peste ecuménica que no respeta poetas ni humoristas de buena ley, me ha devuelto a las manos un volumen que pretende, desde su óptica bastante melancólica, hacernos entender los mecanismos económicos y el funcionamiento de esta compleja sociedad contemporánea que nos abarca y contiene.
Para quienes tomamos con pinza y cierto escepticismo este enojoso y complejo asunto, toda enumeración de los errores de la política nos sirve de elemento para poner a los políticos ante la espada y la pared. En especial en estos casos extremos, cuando en medio de una peste aniquiladora, se ocupan de próximas elecciones y exhiben sus actitudes ventajeras y sus miserias, mostrando apenas sus retazos de pálida humanidad. Se magnifican a sí mismos en los medios de información y se ensalzan con actitudes actorales, menos ideológicas que partidistas. Por lo general revelan sus vicios y las fallas inherentes a las democracias plutocráticas, con que las mayorías estamos de acuerdo; quizá porque no queda más remedio y no hay nada para sustituirlas.
Es verdad que todo el sistema político mundial está sufriendo los merecidos malos tratos por los desaciertos y descalabros, y porque corporativamente no ofrecen salidas a las grandes crisis que enfrentan los pueblos. Aunque la censura es ecuánime son vulnerables ante cualquier crítica y se resquebrajan en episodios vulgares, no en batallas decisivas. El mundo está diseñado para una convivencia en perpetuo movimiento y la conducción política aún no puede ser sustituida por un modelo diferente que los excluya. De manera que siguen en primera plana, acumulando privilegios, aplicando impuestos abusivos y sumando desprestigios.
Estos días de reclusión obligatoria me han llevado a la lectura de Pluriverso, un ambicioso volumen que, con cortapapel en mano, por las páginas todavía intonso, le eché diente. Se trata de un resumen del ya famoso Diccionario del posdesarrollo, que reúne más de 100 ensayos sobre alternativas transformadoras de los actuales procesos ante el avance de la globalización, incluidas sus raíces estructurales, ancladas en los valores de la modernidad, los capitalismo industrialistas y especulativos, el dominio estatal y el feminismo.
En esta imaginaria propuesta bien a las luces posdesarrollista, en la que coinciden algunos sociólogos y filósofos, el llamado desarrollo ya no sería el principio organizador ni el sustento de la vida comunitaria. De tal manera que el libro presenta cosmovisiones y prácticas de todo el mundo en una busca colectiva de pretendidas sociedades ecológicamente sabias y socialmente justas. También ofrece ensayos críticos sobre una serie de falsas soluciones que están proponiendo quienes detentan el poder, en un sano intento, sin duda, de “ecologizar el desarrollo”. Entre los coautores del volumen encontramos activistas, académicos y profesionales con una vasta experiencia en sus respectivas áreas de investigación.
Publicado en diversas ediciones, que van desde lo más económico hasta lo más costoso, con estadísticas creíbles, Pluriverso se presenta como una nueva biblia del posdesarrollo y es, sobre todo, muy informativo. Pero después de la lectura de algunos ensayos, se llega a la conclusión de que la mayoría de los análisis son loables expresiones de deseos. A menos que se quiera vivir en un mundo sin automóviles, comunicaciones de internet, drones y viajes de aviones; o, que en un acto de fe, uno crea que el budismo o el hinduismo, el Ubuntu, el Ibadismo, el Tikkum Olam o la ética islámica pueden dar las verdaderas respuestas y soluciones a las complejas preguntas existenciales. Lo que se postula es un mundo excedido de espiritualidad, con menos (o controlada) modernidad (o posmodernidad) y un limitado universalismo. Como si no fuéramos todos seres humanos con exactamente idénticas necesidades.
La mayoría de los textos se centran en la diversidad de la especie humana y esto se ofrece como algo sumamente interesante. El problema es cómo se difiere con el mundo contemporáneo que vivimos donde todo tiende resignadamente a equipararse con la uniformidad. Ahora bien, ¿no es acaso porque todos somos diferentes que también necesitamos la igualdad de derechos, demasiado ausente en naciones como la Argentina, que ya supera el 40 por ciento de pobreza, verbigracia?
Es así que este modo ecuánime, que se trasunta a través de los ensayos, no se opone a la diferencia, sino todo lo contrario aspira a ella. Frente a la proclamada igualdad está la contracara de la desigualdad, y frente a la diferencia más de lo mismo; es decir, un problema de lenguaje y confusión semántica para dar sentido académico a los hechos. Una cosa es enfatizar la diversidad, las distintas maneras de interrogar el mundo y otra, muy distinta, es olvidar la extendida desigualdad diseminada en especial en los países subdesarrollados.
Por cierto que el universalismo es emancipador y nunca, jamás, equivale a la uniformidad a la que aspiran imponer las corrientes fundamentalista del populismo; también las del neoliberalismo. Es así como Pluriverso coincide en la descripción de un mundo donde la gente puede cuidar de sí misma y el capitalismo o el comunismo (por lo general el modelo es el chino y un poco los retazos de Rusia, y piadosamente Cuba) han desaparecido como por arte de magia, entremezclados a un sistema que se plantea bajo el manto de la posmodernidad, afín a las formas de desarrollo más convenientes para cada república. Pareciera que ya no existen los totalitarismos o, en todo caso, que solo quedan apenas fragmentos de estos sistemas. Lo cual no es cierto, todos lo sabemos.
En el caso de los países latinoamericanos y africanos, que son los que más nos preocupan, la confusión se produce por la idea que muchos analistas tienen sobre la modernización y, por ende, su capacidad globalizadora; algo que se viene concibiendo como inherente a lo que debía ser el desarrollo en los años 60’ del siglo pasado. La panacea era que a través de la industrialización, el avance de las comunicaciones y la robotización, junto a la diversificación económica, también se ampliarían la educación y la sanidad, y acabaríamos llegando a instituciones políticas y democráticas idénticas a las de Europa Occidental o Norteamérica, que también ahora han entrado en crisis.
Esta es, en efecto, la firme creencia y no es de extrañar que se plantearan objeciones contra ella, no sólo porque no se produjo en ninguna parte, sino también porque se desterró de antemano cualquier posibilidad alternativa. Pero el pensamiento o la idea que se tiene de la modernización no se encuentra solidariamente en la modernidad y, menos aún, en el agregado de la posmodernidad. De manera que no solo los políticos encargados de estas realizaciones se han quedado atrás, sino que también son una forma de acción que ya resulta obsoleta, definitivamente inadecuada al mundo que vivimos.
La conclusión final es que hay que arreglárselas lo mejor que uno pueda. En otros tiempos, ante la desesperación del naufragio, se decía: “Los niños y las mujeres primero”; ahora: “Sálvese quién pueda”. Ante esta dramática alternativa, arrasados por una peste ecuménica, que se traslada de un continente a otro en confortables aviones, muy propia del mundo moderno, lo peor no ha pasado y acaso esté por llegar. Sin demasiada imaginación, muchos colaboradores de Pluriverso coinciden en esto.
Todo lo anterior significa que, como es casi una norma, entre los pretendidos estadistas que manejan los países, hay casos de meritocracia, irracionalismo y promoción de negociados, que siempre les caen como anillo al dedo a los políticos y burócratas de turno, y les resultan afines. Probablemente bien haría esta gente en adoptar el espíritu de experimentación que desde siempre distingue a la ciencia, con la apertura de nuevas ideas en la evaluación desapasionada de la evidencia, y ante la realidad empírica, esforzándose por empezar a recomponer la credibilidad de las democracias ante las múltiples crisis que las acechan.
La alternativa -el status quo llamémosle- ofrece solo la profundización de la gran crisis de desgobiernos que ha venido afectando a tantas democracias occidentales, estallando en revueltas de este y de aquel lado de los océanos, como ha sucedido en Francia en el día del trabajador, y trágicamente en Bogotá, donde se cobró más de veinte vidas.
Con satisfacción de confeso lector hedonista, regreso a Ramón Gómez de la Serna, que brinda en su literatura una sabia alegría en la vuelta de cada página; por demás rebosante de gracia e imaginación; algo que a veces ni roza a políticos y tecnócratas de turno. Desde su título, que pretende unir plural con universo, todo se queda ahí, y lleva a la broma inevitable. Pluriverso y sus soluciones, son puro verso, nada más. Mi próxima colaboración, lo prometo, será sobre este titán español, que se sigue llamando Ramón y en pocas líneas con belleza insuperable, lo dice todo.