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CABALLERO BONALD, YA TODO TERMINÓ, YA SOMOS TIEMPO

lunes 10 de mayo de 2021, 12:07h
Lamentable, lamentable que un escritor de la dimensión literaria de José Manuel Caballero Bonald no fuera académico...

Lamentable, lamentable que un escritor de la dimensión literaria de José Manuel Caballero Bonald no fuera académico. Yo lo presenté, pero no tuve éxito. Caballero Bonald hizo siempre una poesía de vanguardia, independiente, sin sumisiones ni a la dictadura de la crítica ni a la asfixia de los grupos poéticos. En sus versos se escucha la música callada y tiembla la rima interior sobre el fulgor de los endecasílabos y la doble adjetivación antes y después del sustantivo. Lo más importante, sin embargo, es lo que se dice en el poema, el aliento lírico ante la vida y ante la muerte, la intensidad del sentimiento y del pensamiento.

En Somos el tiempo que nos queda enciende el poeta la ceniza de sus labios, ciega la cal y los cuchillos, se fractura en la voz y el holocausto, para mirar después la luz, los péndulos furtivos del otoño, y regresar al cosmos engendrador junto a la mujer que tiene los pechos rendidos de esperarle, olvidado el tamaño caliente de su boca y su cuerpo yacente del que cuelgan las hebras de la intemperie, las trizas del telar del amor. Se refugiaba el autor en las turbias aguas de su memoria para escribir la historia vulnerable de los días antiguos, los momentos que fluyen evocados, los que sangran todavía, los versos sin cicatrizar.

Recordaba Caballero Bonald, tristemente desaparecido a los 94, las memorables tardes, la abdicación del mar en las arenas, el feroz exterminio de los días, la madera podrida de los años, mientras caminaba, ciego, el cuerpo idolatrado. No somos el tiempo que hemos vivido. Somos el tiempo que nos queda, según la misma idea del último José Hierro: qué más da que la nada fuera nada si más nada será después de todo, después de tanto todo para nada. Soporta el poeta el reducto voraz de las injurias, la impaciente codicia del pecho presentido y las aguas tutelares que fluyen del manantial. Tú y yo somos como dos seres primitivos, Adán y Eva, que están en el principio de los tiempos y no tienen nada que ocultarse.

Autor de las horas muertas se sentía acosado por las inválidas culturas, la cicatería del entorno deshabitado, los inermes labios amordazados, los palpitantes bordes de la herida, de esa herida atroz y ruberiana de no saber adónde vamos ni de dónde venimos. Le quemaba después la ardiente garganta entumecida, los desgarrones lívidos del miedo, la espesura del tiempo que se derrama más allá de la carne y sus fronteras, allí donde las oxidadas llaves de la historia abrirán los portones de la muerte, sobre la oscura penumbra del más allá, cruzada ahora por el poeta, tras una larga vida entregada a la creación literaria.

Caballero Bonald, el escritor sosegado, quería que le buscaran entro los hijos de la ira cuando miraba las cenizas de la noche, cuando sentía la tierra genital, cuando le envolvía un tibio vaho humedecido, cuando las frondas de pétalos carnales devastaban la geografía extensa de su cuerpo y de su alma. Llegaba de pronto el tiempo funeral del desamor, la hiel abastecida de la desmemoria, las hoscas hojas conjuradas de la noche y el olvido. Se quejaba el poeta sobre la piel dormida de su patria, sobre el yerto papel amordazado, chorro de sed de las aceñas clandestinas.

Decía entonces que le poseían las noches anheladas, los cobijos silenciosos del deseo, la herrumbre silbadora, el cráter del tiempo en el pensamiento seminal. Sus últimas letras desterradas se remansaban cuando llegaba a la casa de campo y columbraba la excitante cimera del almiar, las reliquias degradadas que se encendieron en la Argónida, su coto de Doñana por encima de la cortina del exterminio, tan lejos de las lóbregas escombreras. Eran las vísperas de la depresión, y el poeta recorría las viscosas lucernas, el declive más lívido del sexo, la neblina tenaz de la obsidiana hasta caer sobre el gran vértigo tentacular donde nunca amanece. Canta Cavafis, la voz trémula del temblor, y allí está Ana, la de los ojos de novilla, mórbida efigie de esmeralda y musgo. Frente a los toscos mestizajes del azar aparecerá la afamada lobezna Almaunía.

Se consumió la existencia del poeta que optó por descreer el valor de la vida y se fue dulcemente al mar, lejos de Ulises, del decoro taimado de los héroes, de las hendeduras pobres del terrizo, mientras río arriba la memoria se angustiaba en las penumbras de la adolescencia, en los lastres del desamor. Tocaba el poeta la piel solícita del aire, el rastro de los andrajos, la huella de los albañales. Envuelto se ha ido en las cóncavas comarcas de la niebla. “Ya es la hora -decía-, ya todo terminó, ya somos tiempo”.