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TRIBUNA

Atención o libertad

jueves 13 de mayo de 2021, 19:39h

La libertad tiene efectos curiosos, es asombroso que la libertad haya llevado a elegir lo mismo a miles de jóvenes el último fin de semana. Reunidos en torno a un botellón festejaron tan unánime decisión en nombre de la libertad. Si miles de individuos eligen al unísono lo mismo, podríamos sospechar que su voluntad ha sido orientada. A menos que decidamos creer en sintonías impensables o casualidades inesperadas.

Desde hace varios siglos, en este Occidente de nuestras tribulaciones, se ha exaltado la idea de un individuo autónomo y libre que, soberano de una razón autosuficiente, sería capaz de elecciones perfectas. Había que suprimir todos los factores externos: romper los vínculos que le subordinaban a terceros, negar toda determinación institucional, suspender toda costumbre capaz de constreñir su soberana decisión para que el acto fuera un acto libre. El sujeto solo y emancipado de toda estructura tradicional, de todo vínculo heredado, de toda costumbre o ritual, de toda tradición e institución. El individuo sustantivo, a solas con su razón, ejecutaría su decisión inapelable con la certeza de actuar movido por sí mismo, por fin dueño semoviente de una voluntad perfecta.

A los que no padecemos de una ingenuidad irresponsable esa proclamación de libertad no ha dejado nunca de resultarnos un acto de simple abandono. La libertad así concebida ha significado, de hecho, la negación de toda protección, con la consiguiente indefensión de muchedumbres de individuos aislados que han quedado a la intemperie. Miles de individuos solitarios que hoy nos movemos al albur de unos “arquitectos de la elección”, enseñoreados de nuestra atención y capaces de conducirnos por el dogal de una percepción secuestrada. Gilbert Chesterton nos avisaba de que no debíamos derribar una barrera si no sabíamos por qué había sido puesta. Hoy hemos derribado todas las barreras que estructuraban nuestra voluntad y hemos quedado a merced de los más eficaces diseñadores de la elección, dotados de tecnologías extraordinarias.

Y lo peor no es esa pérdida de libertad en nombre de la libertad. No es lo peor la ruina de nuestra libertad positiva en nombre de la simple liberación. Lo peor es que el contenido de esa libertad, su momento positivo al que tan ufanamente atamos nuestra voluntad, está indudablemente dictado por eficaces “arquitectos de la elección”. Servidores de intereses privados que explotan nuestra atención en nombre del beneficio. Hay quiénes pretenden reconocer en la atención un bien común que habríamos de proteger. Mathew Crawford nos muestra cómo las zonas VIP de los aeropuertos – por poner un ejemplo – se caracterizan por el silencio completo y la ausencia de publicidad. Alguien se ha apropiado de nuestra atención y si queremos volver a poseerla hemos de pagar por ella. El silencio es su más inmediata condición.

Son innumerables los jóvenes y no tan jóvenes que hoy tienen dificultades para fijar su atención, de manera sostenida, en la tarea más nimia. Se ha extendido por el cuerpo social un virus capaz de producir un síndrome de severa disminución de nuestro celo o nuestra concentración. Se diagnostican cada día miles de trastornos de déficit de atención, convirtiendo en médico un problema social o, más propiamente, antropológico. Vivimos asfixiados por requerimientos y solicitudes que nos bombardean de manera incesante desde todo tipo de dispositivos, angustiados por reclamos publicitarios extendidos sobre los soportes más inesperados, fatigados por mensajes inevitables que nos salen al paso en cada gesto. El nuevo “internet de las cosas” promete multiplicar hasta el hastío la tormenta inagotable de sugestiones, agudizándolas merced al Big Data hasta hacerlas irresistibles. Convertidas en hipnóticas, por perfectamente ajustadas a las inclinaciones de nuestra subjetividad, nos conduciremos voluntariamente tras el dueño de nuestra atención.

Y seremos felices en el ejercicio de nuestra libertad, beberemos y danzaremos al ritmo que nos marcan, y lo haremos voluntariamente. Nadie se atrevería hoy a proponer explícitamente una educación del gusto o a definir el contenido de una buena vida. En el acto sería declarado un tirano fundamentalista contra el que cabría toda medida defensiva. Contra esos cenizos del pasado mantendremos siempre una lucha denodada en nombre de nuestra gozosa libertad: contra sus pretensiones de verdad, contra su desprecio a nuestra valetudinaria voluntad, contra la inadmisible exigencia de respeto a los límites, a las costumbres del común, a la sabiduría asentada en siglos de vetustas enseñanzas. Occidente agoniza en un paraíso de libertad y democracia morbosa.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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