¿Una nueva Guerra Fría?
lunes 08 de septiembre de 2008, 09:46h
Quienes veían en George W. Bush al típico norteamericano que respondía al arquetipo de ignorante en materia exterior, erraban –aunque sólo fuera porque la política exterior norteamericana es una política de estado seria que cuenta con un aparato administrativo y académico muy sólido que trasciende al cambiante inquilinato de la Casa Blanca. Sirvan como ejemplo dos modos de actuar bien distintos, frente a sendos colosos dignos de respeto: China y Rusia. En el primer caso, basta echar una ojeada a la reciente historia del pasado siglo para ver que el país más poderoso del mundo y la mayor potencia de Asia nunca han intercambiado golpes directamente. Se respetan y se temen. Siendo palmario el nulo respeto que se tiene en China a los derechos humanos, y tratándose de una dictadura comunista, sería de recibo que desde Washington marcasen una clara estrategia contra Pekín. Ocurre que China se ha convertido en la fábrica del mundo, y muchas de las empresas punteras norteamericanas tienen una fuerte dependencia de allí en lo que se refiere a manufacturas. Habrá declaraciones encontradas, intercambio de vetos en el Consejo de Seguridad de la ONU, pero poco más.
Caso distinto es el de Rusia. Tras la caída del Telón de Acero, la antigua URSS comenzó un largo proceso de descomposición que, tras pasos intermedios algo confusos como la CEI, cristalizó en el actual statu quo geopolítico. Por un lado, Rusia; por otro, un rosario de ex repúblicas soviéticas no siempre bien avenidas, y con un indisimulado resentimiento hacia su actual metrópoli. Por si fuera poco, los antiguos miembros del Pacto de Varsovia no parecían demasiado dispuestos a seguir bajo el ámbito de influencia ruso. Antes al contrario, deseaban verse libres de una vez por todas, abrirse a Europa, y seguir su andadura de manera independiente: una digestión demasiado pesada para quien fuera el rival de Estados Unidos, quien, por otro lado, ha jugado sus cartas con maestría. El atraerse a antiguos satélites soviéticos a la OTAN no ha gustado a Moscú. El grupo de países que “han cambiado de bando” en los últimos años, ahí está.
Por eso, es interesante ver cómo desde lugares inconexos geográfica y culturalmente se han ido estrechando lazos, en lo que constituye un nuevo eje de resultados inciertos. Sirva como ejemplo el nombre del primer estado en reconocer la independencia de Osetia del Sur: Nicaragua. No dejaría de ser un mero elemento folclórico, si no fuese porque Managua no es sino una de las naciones que ha manifestado sus simpatías hacia la nueva “entente de facto”. Venezuela y Rusia realizaran maniobras navales conjuntas, Cuba ha manifestado que vería con buenos ojos la instalación –otra vez- de bases rusas en su territorio, y junto a todos ellos, Irán. Precisamente, Irán, Rusia y Venezuela cuentan con un arma sumamente poderosa: el petróleo. Y Rusia, además, abastece de crudo y gas a media Europa. Conviene tenerlo muy en cuenta. Y obrar en consecuencia.