El panfilismo diplomático es el camino que con más seguridad conduce a la catástrofe. Es lo de menos si ese panfilismo se practica con convicción o sólo al servicio de victorias electorales. Nadie dudaría de que el paso dado por el gobierno de Marruecos o por su rey, estaría respaldado por una política de alianzas internacionales, garantes de su decisión. Aunque el pánfilo también suele ser irresponsablemente optimista, no creo que en Moncloa hayan dudado un instante del respaldo internacional y, especialmente, estadounidense a la agresión marroquí. Se trata, desde luego, de una forma de ofensa propia de nuestro tiempo. Un ejército de varones jóvenes, sí, pero no sólo desarmados, sino convenientemente victimizados por los arquitectos de la opinión.
Muy asentada estará la diplomacia mora cuando la embajadora se permite el desplante sin ningún interés por reducir la tensión, por lo que hemos de concluir que su incremento interesa por ahora al reino de los alauís. Un tímido murmullo centroeuropeo recuerda que esas tierras al sur son fronteras de Europa, pero el ectoplasma europeo no define bien sus bordes.
El presidente Biden bajo su máscara de Dorian Gray ha dejado ver el colmillo y el drama se desarrolla bajo los auspicios de un complacido Maquiavelo: auténtico príncipe de la modernidad desarrollada. El camino de la extorsión amable, aunque ya recorrido mil veces con éxito: dinero a cambio de control fronterizo, da paso a la vía turca de la amenaza política merced a recursos demográficos vertidos sobre un mundo senil. Es el momento, cuando el mundo mira al próximo oriente y Biden dirige un cambio de rumbo de la gran nave americana en la misma dirección – como era de esperar – que ya indicara el expresidente Trump. Y veo la imagen del siniestro Zapatero, desdeñosamente sentado ante el paso de la bandera de los invitados yankees en el gran desfile patrio, recuerdo los poco discretos tratos con el marxismo del siglo XXI, que es el nombre ampuloso que se da a la confusa marea bolivariano-socialista. Veo la gran solución plurinacional al terrorismo secesionista, veo frotarse las manos al presidente de la catalana república en el aire – en ese Waterloo tan elegante – veo algo feo en el mismo gobierno y sus impensables socios, esos que no podían nombrar la nación que gobiernan y siempre usaron de esa pútrida expresión “este país”, los que confundían ufanos y pomposos España con la sanidad pública o el sistema de pensiones. Veo al fondo el espejismo aterrador que desde hace siglos ha desorientado a los que escriben y hablan – por decirlo orteguianamente – para la Mesopotamia.
No algunos, Sra Benyaich, sino todos los actos tienen consecuencias. ¿Qué duda cabe? Hay que ser muy moderno para negar las consecuencias de las que nos hacemos acreedores a cada paso. Los ultramodernos – valedores sin valor de la irresponsabilidad – no sufrirán nunca esas consecuencias, hallarán siempre un cándido que los exculpe de la expiación que tendrán que afrontar otros: carne de cañón, material antropológico, magnitud sacrificable. Esos modernísimos no están sólo en la izquierda sociológica, sino tanto en la izquierda cuanto en la derecha biempensantes. Si Alfonso Guerra dice ahora que “la izquierda no tiene el fuste necesario para defender España”: ¿querrá decir que él se dispone a la defensa porque se ha hecho de derechas? Más bonito canta el Sr. Baldoví que sólo ve en Ceuta la consabida “crisis humanitaria”. Hace falta fuste – que diría Guerra – para ver en el Tarajal una playa llena de mesopotámicos. A Baldoví le asquea que “en estas crisis siempre aparezcan los salvapatrias repugnantes”, haciendo bueno lo del fuste que dice Guerra. No, no parece que Baldoví esté dispuesto a salvar nada. Tampoco huelen bien los “pudrepatrias” que, como tampoco han caído del cielo, deshacen unas para hacer otras: la gran Cataluña, por ejemplo. Ahora, que se cumple el siglo de Annual, puede recordarse el brindis por Abd el-Krim en el que levantaron sus copas los representantes de esa curiosa coalición, dicen que internacional, llamada Galeusca.
Y en estas seguimos. Es curioso que a la eminencia gris de la Moncloa no se le haya cruzado jamás la sombra densa de D. Nicolás. Maquiavelo. Está para otra cosa, claro, para decirle al galán electoral cómo hay que soltarse la chaqueta o mirar al ojo ciego de una cámara. A veces, sin embargo, aparece al otro lado una oscura realidad.