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TRIBUNA

El secuestro del feminismo

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 21 de mayo de 2021, 20:23h

En rigor, no se puede hablar de feminismo antes del informe emitido, para la Asamblea Nacional francesa, por parte del diputado girondino, esto es, de centro-derecha, Nicolás Condorcet (1743-1794 ), titulado “Sobre la admisión de las mujeres en el derecho de ciudadanía”. Según este profundo y adelantado estudio las diferencias existentes entre el hombre y la mujer se deben básicamente a la educación. Si los niños y niñas franceses van juntos a la escuela pública, se sientan en los mismos pupitres, tienen los mismos maestros y reciben la misma instrucción pública hasta su juventud, no existe ningún argumento razonable para impedir que las mujeres francesas voten y sean elegidas para ser miembros de los órganos rectores de la Nación. A esta pretensión girondina se opusieron siempre los jacobinos ( la izquierda ) con la definición que el misógino Robespierre tenía sobre la mujer: “une force instinctive difficile à canaliser”. El feminismo nace en Europa con el estudio citado del girondino Condorcet, que no tuvo el respaldo de la Asamblea Nacional, y mucho menos posteriormente de la izquierdista Convención que le llevó a la cárcel, en donde probablemente se suicidó antes de ser guillotinado. La República fue mezquina con la mitad de la ciudadanía francesa, a la que tanto debía en las grandes jornadas de la Revolución. El informe de Condorcet nace de un alma humanista delicada, que poseía la suficiente sensibilidad para darse cuenta de que si los hombres se enamoran de mujeres es porque ambos sexos se fundan en una igualdad total. “El amor verdadero sólo se da entre iguales”. Pero la influencia de Rousseau fue tan grande en la Revolución que ni siquiera de su brutal machismo pudieron sacudirse la mayor parte de los protagonistas de la revolución. Porque para Rousseau la mujer “loin d´être une femme du monde, n´est guère moins recluse dans sa maison que la religieuse dans son cloître” ( Emile ). Junto a Condorcet otro ferviente feminista fue el diputado Pierre Guyomar, que escribió otro informe feminista para la Asamblea que no prosperó, “El partidario de la igualdad política entre los individuos”, que vuelve a repetir las argumentaciones de Condorcet, junto a nobles asertos morales. También Joseph Lequinio pidió sin éxito ante la Convención la igualdad política total de hombres y mujeres en su informe titulado “Destruye los prejuicios”. Por entonces ( 1792 ), Olympe de Gouges, guillotinada por el izquierdista misógino Robespierre, escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana, que debería ser la piedra angular de todo feminismo en cualquier parte del mundo. La mujer francesa había demostrado repetidas veces su heroísmo efectivo en la defensa de la dulce Francia, no sólo a través de la Pucelle d´Orléans, sino a través también de la hermanas Fernig, Felicidad y Teófila, que fueron las agudas ayudantes de campo en todas las batallas del mejor general de la Revolución, Dumouriez, que se retiró en cuanto la Revolución cayó en manos de una izquierda sanguinaria. Y Gilbert Romme, una víctima más de Robespierre, creador del “Club de los amigos de la ley”, entendió que el bello sexo tenía que tener los mismos derechos políticos que el hombre. También otros diputados guillotinados por el Incorruptible, como Pierre-Gaspard Chaumette o el autor de teatro Fabre d´Eglantine, defendieron en bellos discursos la igualdad política de los dos sexos en la Convención, basándose siempre en el opúsculo de Condorcet. Y ya nadie puede negar hoy que la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres nace con las mejores almas de la Revolución Francesa, y que esa lucha es parte consustancial de cualquier democracia liberal.

Ahora bien, el comunismo, ya desde la época de Lenin, acepta los ideales del feminismo ( ideales liberales, no nos olvidemos ) sólo si se ponen al servicio de los intereses del Partido. Sólo hace falta leer las cartas entre Rosa Luxemburgo y Lenin para darse cuenta de ello. Pues bien, el valiente libro de Cristina Seguí, La mafia feminista, nos enseña cómo siguiendo el modus operandi leninista los comunistas han convertido el noble movimiento feminista en una charca maloliente, con todos los hedores excrementicios propios de las lagunas infernales de Dante. Es una ley histórica: todos los ideales nobles instrumentalizados por el comunismo se convierten en detritus mefíticos, irrespirables. Da lo mismo que se trate del medio ambiente o de la doctrina social de la Iglesia. Sólo hace falta ver cómo siguen cometiendo dolo los comunistas con maquinaciones insidiosas en tramas sexuales, pergeñadas para matar civilmente a los liberales que se resisten a su pretensión de dominio o a sus más valientes disidentes internos. El actual feminismo, en manos de mediocres personajillos como Irene Montero, aupada al gobierno por su hombre y opresora de su empleada de hogar ( a la que tiene que pagar 40.000 euros por haberla explotado laboralmente ), Patricia Fernández Pérez, Amanda Meyer, miembro ya de aristocrática saga comunista, Noelia Vera, Clara Alonso Jiménez, Teresa Arévalo Carballo, la niñera mayor del Reino, Alba González Sanz, María Naredo Molero, Ángela Rodríguez Martínez, la que llama “puta coja” a mujeres con discapacidad, Lidia Rubio Sánchez, Bárbara Tardón Recio, Beatriz Gimeno, directora del Instituto de la Mujer y partidaria de “penetrar analmente al todo hombre”, Boti García, que presumió en “La Tuerka” de haber mantenido relaciones sexuales con menores, o Rubén Juste de Ancos, exasesor del expresidente de Bolivia Evo Morales, quien como ilustre pederasta dejó embarazada a una niña de quince años, no sólo se ha convertido en un álibi para vivir opíparamente de un Presupuesto elaborado por prejuicios ideológicos, sino que también está sirviendo para como una nueva Iglesia inquisitorial meter el miedo en el cuerpo de todo ciudadano que se atreva a pensar por sí mismo. El libro de Cristina Seguí, una nueva Madame Roland girondina del triste momento en que vivimos, es un texto tenebroso, desde luego que no por la autora, sino por los hechos espeluznantes que expone y por la cochambre moral que esos mismos hechos revelan, y de los que no son ajenas Administraciones corrompidas hasta los tuétanos. Tras la lectura de esta obra insoslayable se hace absolutamente necesario que el feminismo, hoy secuestrado por la indigencia intelectual y moral, sea rescatado para la libertad y la igualdad de derechos por manos limpias. Tras la publicación de este libro del horror del feminismo comunista hibristofílico sólo puede hacer dos cosas la Administración de Justicia, o querellarse contra Cristina Seguí, o iniciar procesos penales contra una docena de criminales.

Una cosa queda patente en el feminismo rojo; su amor a la familia tradicional como fuente de prevaricación, dada la eclosión de enchufes familiares, casi un big bang estelar de casta, que se da en este movimiento. En lo que quizás Cristina Seguí debería haberse detenido con cierta dulce morosidad, dedicándole alguna página más, es en los grandes romances y novelones rosas, como ese tierno affaire mantenido entre Iglesias y la muy interesante Bousselham, que habría suscitado mucho interés entre el público español. No se puede despachar así una historia de amor entre el macho alfa y la atractiva doncella emigrante. “No podemos pensar de ninguna de las maneras que los hijos pertenecen a los padres”, sostiene rozagante la ministra Celaá. Mejor es que pertenezcan a la Administración, que ha consentido en Baleares la prostitución de 15 niños y una niña, sin ningún tipo de comisión de investigación ulterior.

Aterrador e insoslayable el libro La mafia feminista de Cristina Seguí.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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