www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

ORIENT EXPRESS

La tragedia de los pueblos árabes

Ricardo Ruiz de la Serna
x
ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 23 de mayo de 2021, 19:43h

El año que viene se cumplirán los 40 años del suicidio del gran poeta libanés Khalik Hawi (1919-1982) en la terraza de su apartamento en Beirut el mismo día que las Fuerzas de Defensa de Israel invadían el sur del Líbano. Su muerte simbolizó el fin del sueño panárabe que había alcanzado su cénit en los tiempos de Gamal Abdel Nasser (1918-1970) y la Guerra del Canal de Suez (1956). El anhelo de emancipación de los pueblos árabes, la esperanza de una democracia compatible con el socialismo y con la tradición islámica y cierta difusa esperanza de unidad nacional árabe caía al suelo junto con el cadáver de aquel poeta extraordinario.

Desde Marruecos hasta el Yemen y Siria, la tragedia del mundo árabe ha sido, precisamente, el desgarro entre las ideologías provenientes del mundo occidental moderno -el nacionalismo, el socialismo, el fascismo, el comunismo- y la tradición cultural y religiosa de los distintos pueblos. El panarabismo encontró sus mejores valedores en los cristianos del Oriente Próximo. Hombres nacidos de familias cristianas como George Habib Antonius (1891-1942), Anton Saadeh (1904-1949), Michel Aflaq (1910-1989) y George Habash (1926-2008) encarnaron el ideal del nacionalismo y el socialismo árabes.

El panarabismo y el nacionalismo árabe nunca fueron democráticos, es decir, no en el sentido de las democracias occidentales actuales. El auge de los gobernantes autoritarios -ya fuesen presidentes de república o reyes- coartó desde el comienzo instituciones y principios esenciales en los sistemas democráticos, como la oposición, el poder limitado del Estado y los derechos humanos; en especial, las libertades civiles. El Estado de derecho moría antes de nacer asfixiado por las policías políticas, el militarismo y la corrupción. El secuestro en París y posterior desaparición de Mehdi Ben Barka (1920-1965), cofundador del Istiqlal y de la Unión Nacional de Fuerzas Populares y opositor al rey Hassan II (1929-1999) sirve como ejemplo de que, a la hora de ser despiadados, no había grandes diferencias entre regímenes monárquicos y presidencialistas.

Atrapados en los conflictos de la Guerra Fría, los distintos países árabes se vieron forzados a elegir entre el bloque occidental o el soviético. En algunos casos -por ejemplo, la Guerra Civil de Yemen del Norte (1962-1970)- sus pueblos sufrieron conflictos bélicos terribles. En otros, padecieron periodos de represión política y falta de libertad como los “Años de Plomo” de Marruecos (1960-1991). De este enfrentamiento entre bloques no se libraron ni el conflicto árabe-israelí ni el del Sáhara Occidental.

Más de sesenta años después de la nacionalización del Canal de Suez (1956) y del final de protectorado francés (1956) y español en Marruecos (1956 en la zona norte y 1958 en la zona sur) -dos hitos importantes en la emancipación de los pueblos árabes- millones de árabes y bereberes sufren la falta de libertad, de derechos humanos, de desarrollo económico y de Estado de derecho que sus países arrastran desde la descolonización.

Muchos se preguntan por qué la emigración a Europa se ha convertido en la aspiración de millones de marroquíes, argelinos, tunecinos, libios, palestinos, yemeníes, sirios y otros tantos. Las causas primeras hay que buscarlas mucho tiempo atrás. Es un error pensar que se debe sólo a las guerras civiles de Siria, Irak y Libia. La frustración de las Primaveras Árabes, el deterioro ambiental -por ejemplo, la falta de agua- en determinadas regiones y países y la debilidad moral de las sociedades occidentales, que los traficantes de seres humanos explotan, contribuyen a agravar la tragedia del Mediterráneo.

El mundo árabe posterior a la Descolonización ha sufrido sacudidas terribles. La Revolución Islámica de Irán (1979), el asesinato de Annuar el Saddat (1981) y el surgimiento de Hizbolá en el sur del Líbano (1985) dieron alas tanto al islamismo chií como al sunní. El horizonte de una revolución islamista ha alimentado tanto los procesos políticos -el ascenso de los partidos islamistas en Argelia, Túnez, Egipto- como la Yihad Global de Al Qaeda y la creación del “califato” del ISIS. Las guerras intestinas entre chiíes y sunníes han desgarrado, una vez más, al mundo árabe en Irak, Siria y el Yemen. Los intentos de reforma y modernización del Estado de los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Arabia Saudí y Catar son excepciones en el panorama árabe. En Marruecos y en Túnez, las reformas emprendidas después de la muerte de Hassan II y de la caída de Ben Ali respectivamente no han detenido el anhelo de emigrar ni el descontento de amplios sectores de la población. En el Rif, desde 2016, hay un movimiento de protesta contra la corrupción y el abandono de una de las regiones más pobre de Marruecos.

En los últimos días hemos visto a niños cruzar la frontera de España con Marruecos en Ceuta. La revista marroquí Tel Quel ha dedicado la portada a los “harragas”, los jóvenes magrebíes que queman sus pasaportes y documentos antes de emigrar ilegalmente a Europa. Los ha llamado “ejército de presión de Marruecos”. Las fotografías de los guardias civiles y los trabajadores de la Cruz Roja rescatando inmigrantes del agua han servido a muchos para recordar la superioridad moral de las democracias. En Marruecos, ciertas élites han criticado el uso de los niños como arma arrojadiza contra la frontera.

Uno de los tópicos más injustos es que no puede haber democracia entre los árabes. Yo creo lo contrario. Sin embargo, mientras en el mundo árabe, desde el Magreb hasta Siria, siga habiendo un déficit de libertad, de derechos humanos y de Estado de derecho, la tragedia de los pueblos árabes seguirá abierta como una herida al sur del Mediterráneo.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (10)    No(0)

+
0 comentarios