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TRIBUNA

La suerte de haber nacido en tiempo de Feria

lunes 24 de mayo de 2021, 20:16h

Ahora que he encontrado un remanso de sentido común se me viene encima el vocerío de que si hay que situarlo a la derecha o a la izquierda. Sin reparar en que, por común, no corresponde ni a derecha, ni a izquierda. No porque esté más allá de esas dos consabidas formas de ser un imbécil, que dice Ortega, sino porque está más acá. El remanso es la muy conocida novela de Ana Iris Simón, que yo no conocía hasta que mi amigo Jaime me la recomendó el otro día. Jaime tiene pocos años más que Ana Iris, y yo tengo casi veinticinco más que ambos. Esto importa a la hora de leer la novela y creo que permite entender cómo la vemos unos y otros. Tengo, en resumen, más o menos la edad de la Ana Mari – esa señora madre de la autora que tiene el don de la expansión indefinida – o de su padre – sostenido por una capacidad narrativa de otro tiempo –.

Mi propio padre no nació lejos de Castuera, la patria chica de María Solo – abuela de la autora – y también a mi abuelo, cuando se retrasaba a la hora de la comida, le dábamos capote; pero yo he visto en mi pueblo un circo minúsculo con dos leones viejos y corrí los gallos en la fiesta de los quintos. Festejos hoy vetados por la nueva sensibilidad que trajo el progreso “no al mundo, sino a nuestros ojos, que pronto empezaron a ver víctimas que antes no veían y dichosos los que sufren y Mateo 5.4”

Hablando de sufrir. Yo he sufrido algún doloroso ataque por declarar verdades de sentido común que Ana Iris Simón ha sabido decir, al parecer, sin provocar heridas. No me queda más remedio que aceptar la enmienda y tratar de expresarme con la caridad debida. O saber que mi condición determina para muchos todo lo que pueda expresar, en cuyo caso sólo puedo callar. Sea como fuere, “Feria[1]” me parece un libro asombroso, una bendición que ha aprendido su sutileza narrativa de gente que, por desgracia, puede darse por extinguida. ¡Si yo hubiera sabido reproducir la voz de algún paisano hace tiempo desaparecido! Pero en mi caso la academia ha logrado “quebrar el pulso de mi estilo”. Por el contrario, Ana Iris ha conseguido contarnos su vida con la voz común de su estirpe y eso, a la altura de un siglo XXI ya avanzado, puede juzgarse simplemente milagroso.

La sutileza de esta escritora tiene un trasfondo inabarcable. Los ejemplos serían innumerables, como cuando dice que, de haber esquelas en Madrid – donde no hay vecinos, sino inquilinos –, se llamarían “paneles informativos de decesos destinados a fomentar los cuidados comunitarios” y añade: “en ese empeño nuestro por desnaturalizar todo a fuerza de explicitar todo”. Delatar ese exceso de conciencia, la capacidad abrasiva de una razón soberbia que consume la misma atmósfera que la sostiene, no puede hacerse más breve y directamente.

El caso es que ha coincidido mi lectura con un breve discurso de Ana Iris Simón ante políticos distanciados y enmascarados, presididos por el Sr Sánchez. No puedo dejar de concebirlos como vanguardia de esos señoritos que “le dicen al pueblo, lo que el pueblo es”. Sin embargo, con Ana Iris Simón ha hablado, ante el rostro pétreo de los gobernantes, el legislador de la razón. En efecto, Kant definía la filosofía mundana – legisladora de la razón – como “un saber que se orienta a los fines esenciales de la vida humana”. Kant decía de la “razón humana”, pero es que Kant tenía una idea muy estrecha de la vida. Ana Iris Simón reconoce los fines esenciales de la vida humana, conoce su estructura dramática o narrativa y la cuenta maravillosamente.

La ocasión de su discurso ha sido un programa para adivinos y profetas que saben qué hacer en la España del año 2050, aunque ignoran qué va a ser de la España de 2021. La vanguardia de videntes se ha volcado en eso que llaman la “España vaciada” y, si algo está claro, es que no será ya nunca más la España que conoció la joven escritora. Los últimos ecos de su orden antropológico se desdibujan y se pierden y La Mancha vital y mágica será renovada por los vientos del agónico progreso. En el lugar del sentido común se extenderá una razón globalizada que deshaga para siempre los vestigios arruinados de la comunidad, la destrucción será completa porque el moderno – como decía Nicolás Gómez Dávila – “destruye más cuando construye que cuando destruye”.

En resumen, que no veo en el libro de Ana Iris Simón aires de Fronda, sino más bien un decantado elemento de nostalgia. Sabe bien que entre las más graves pérdidas que acarreó el progreso se encuentra la del sentido de la fiesta, con el envilecimiento de la alegría. Aunque me complace escuchar a esta escritora, tan cargada de promesas literarias, ponerle al galán de la Moncloa los puntos sobre las íes, sé bien que la nostalgia es una trampa dulce. Si me deleito leyendo algunas de sus bellísimas páginas es porque – en su voz y junto a la nostalgia – no encuentro reacción, sino esperanza.

Entiéndase bien, hay aquí algo complejo: la constatación del fin de los tiempos del progreso. La certidumbre de que ya “no vivimos en una época sino en una prórroga” (Günther Anders) y de que llega a término la era del progreso.

Pero el final del progreso es la apertura de la esperanza, como dice Fabrice Hadjadj señalando “la suerte de haber nacido en nuestro tiempo”[2]. No se confunda esta afirmación con un pánfilo optimismo, esa “suerte” (l´aubaine) tiene un profundo valor dialéctico porque cuanto mayor es la persecución, mayor puede ser el testimonio. ¿Será Ana Iris Simón perseguida, como es hoy invitada a las ceremonias del Poder? ¿Ha empezado a serlo ya?

[1] Ana Iris Simón. Feria. Círculo de tiza.

[2] Hadjad, Fabrice. La suerte de haber nacido en nuestro tiempo. Rialp.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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