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TRIBUNA

Paul Klee o el arte de simbolizar

miércoles 26 de mayo de 2021, 20:11h

Los restos mortales del pintor suizo Paul Klee yacen en Berna. En la lápida de su tumba están reproducidas unas líneas de sus diarios personales en las que venía a decir que él no podía permanecer sujeto al mundo, porque se sentía en casa tanto con los muertos, como con aquellos que aún no habían nacido.

Klee murió en 1940, con 60 años de edad. Hasta 1914 no consiguió vender sus cuadros. Vinculado a Kandinsky y Franz Marc, en torno a la escuela abstracta Der Blaue Reiter (El Jinete Azul), Paul Klee fue profesor de la innovadora escuela de diseño Bauhaus, desde 1921 a 1931. El nazismo no tardó en tacharlo de artista degenerado. ¿Por qué ese encono, por qué esa atención? La decidida hostilidad de quienes se estaban adueñando totalmente de Alemania le haría abandonar el país y regresar a su Suiza natal.

¿Qué ideas tenía Klee del significado del arte, de su función y de su confección? ‘Sobre el arte moderno’ es un texto suyo que le sirvió de guión para dar una conferencia en 1924, la editorial Elba lo acaba de editar y lo ilustra con un buen número de sus dibujos y bocetos. Él, que había manifestado un temprano y excepcional talento musical, pretendía asociar su visión de la vida con la destreza artística pura: “No deseo representar al hombre tal como es, sino tan sólo como podría ser”, siempre en evolución; sólo esto sería suficiente para tener enfrente a los totalitarios, a quienes buscan eliminar todo rastro de vida y esperanza fuera de su control ideológico.

Como se da por supuesto que el pintor debe pintar y no hablar, dice Klee, él buscaba con particular cuidado voces adecuadas que modulasen las impresiones que sus cuadros llegaran a producir; una forma de complementarlos. Y pretendía iluminar elementos del trance creativo que se dan en el subconsciente; puesto todo ello al lado del esfuerzo creativo consciente.

Abordaba, pues, el fenómeno del contacto simultáneo con las distintas y múltiples dimensiones de un cuadro. Hay un todo que no es sólo naturaleza, sino que incluye “el arte, su imagen transformada”. Hay factores formales que se integran en la dimensión objetiva de una obra. Así, la línea (que se caracteriza por la medida); el valor tonal (que se caracteriza, dice, por el peso; con una gradación de grises entre el negro y el blanco); y el color (que no puede pesarse ni medirse, pero sí definirse en términos de calidad). Y enumera las principales parejas de colores complementarios: rojo/verde; amarillo/morado; azul/naranja.

Los objetos, por su parte, nos revelan contrastes del campo psíquico-fisonómico y “nos observan –dice- desde el cuadro, serenos o severos, tensos o relajados, reconfortantes o amenazadores, dolientes o sonrientes”. Nos estimulan a trabar asociaciones.

Paul Klee se fija en “una acción tan insignificante como mirar a través de un microscopio” y dice que nos revela imágenes que serían catalogadas de fantásticas si las viéramos de forma casual en otra parte. E ironiza recalcando que, a pesar de ello, si un realista viera esos dibujos en una revista, exclamaría indignado:

“¿Se supone que eso es la naturaleza? Yo lo llamo no saber dibujar”.

De nuevo, enfrentados a la simpleza y al juicio temerario, siempre apresurado e inapelable; otra constante en la condición humana y con la que todos nos vemos obligados a lidiar.

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