Sin refrendar, al menos in totum, la rotunda afirmación de varios cualificados estudiosos de la historia más reciente española de considerar Annual como fecha crucial y decisiva de la contemporaneidad nacional por ser causa esencial del advenimiento de la primera dictadura hispana del siglo XX y, con ella, de la Segunda República y aun de la excruciante guerra civil de 1936, resulta incuestionable ver en el trágico acontecimiento de julio de 1921 un hecho trascendente en la evolución reciente del país.
Pocas fechas, desde luego, estuvieron más grabadas a fuego en la memoria de nuestros abuelos como la de la terrible derrota, en dicho lugar marroquí, de las tropas comandadas por el muy controvertido general de Caballería Manuel Fernández Silvestre (1871-1921). La incomparable fuerza modeladora poseída por el Ejército en la sociedad española de los años veinte se reflejó con cegadora patencia en el imaginario colectivo de la época. Un novelista de admirable plasticidad describió en una obra de singulares valores narrativos –José Ramón Sender (1902-82) en Imán (1929)- el auténtico calvario padecido por las diezmadas tropas españolas en su apocalíptica retirada hacia Melilla. El realismo, nota definitoria de la mejor novelística de cuño hispano, alcanzó en su taraceada prosa uno de sus títulos más peraltados. (La maltraída, pese a la legión encomiable de sus docentes, enseñanza secundaria aportaría otro servicio inestimable al país si incluyera en el catálogo de lecturas indispensables para sus alumnos el bello, grandioso, impactante texto del autor de Mr. Witt en el Cantón.)
La presencia en la conciencia nacional de la dramática efemérides del día de Santiago de 1921 ha determinado, felizmente, que su evocación se haya convertido en reflexión generalizada en periódicos y en todos los restantes componente de los mass media españoles. Aunque sea impregnados de connotaciones sombrías, los españoles del presente momento necesitan de remociones profundas en su sentimiento identitario y patriótico y nada para ello mejor que la meditación sosegada de una piedra miliar de su itinerario histórico. A derecha e izquierda del convulso acontecimiento, su referencia galvanizó los estratos más recónditos del alma española, alentando con vibración descollante el renacimiento creativo experimentado de modo espectacular por las más diversas ramas de la cultura y la ciencia de los años veinte, su periodo quizá más floreciente desde los tiempos clásicos. Al margen de la dictadura primorriverista, cuyo próximo centenario dará ancho vado a una producción historiográfica tornasolada, es claro que la sociedad hispana se impuso durante ella a toda suerte de censuras y limitaciones para dar rienda suelta a un ímpetu literario y artístico con muy pocos parangones en nuestro muy rico pasado civilizador.
Pese a tan destacado balance en el terreno mencionado, es claro que sus auras habrían sido más estimulantes de nacer de una introspección gozosa o ufana de la coyuntura mencionada. Pero los grandes pueblos -y por derecho propio el español se incluye entre ellos- son los capaces de transformar una derrota en una victoria. Cuando la vida española se encuentra envuelta en la tormenta suscitada por la última crisis de las relaciones con Marruecos, la reflexión sobre Annual todavía sigue tan vigente como en los años veinte.