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Ensayo

Guillermo Gortázar: Romanones

domingo 06 de junio de 2021, 19:46h
Guillermo Gortázar: Romanones

Espasa. Barcelona, 2021. 688 páginas. 29,90 €. Libro electrónico: 12,99 €.

Por Alfredo Crespo Alcázar

En Romanones. La transición fallida a la democracia, Guillermo Gortázar nos ofrece una biografía política mayúscula del conde de Romanones, testigo y actor principal de una parte fundamental de la historia de España. Asimismo, el autor no sólo reivindica su figura sino que también elimina todas aquellas fake news que la izquierda, con la aprobación de sectores de la derecha, ha vertido sobre su objeto de estudio (tacañería, caciquismo, priorización del interés personal sobre el nacional en la cuestión de Marruecos…).

El profesor Gortázar, referente como académico e historiador, aplica a rajatabla el método científico a la hora de elaborar este libro, algo que el lector observará, por ejemplo, en las innumerables fuentes consultadas. Este rigor, además, le capacita para realizar afirmaciones de calado, como la que identifica a la II República con un sectarismo promovido por la izquierda, es decir, un escenario que nada tiene que ver con ese régimen inclusivo del que muchos hablan en la actualidad. La figura de Manuel Azaña constituye el paradigma de esta aseveración.

El autor se sumerge en los orígenes familiares del conde Romanes, para lo cual se remonta a las trayectorias de sus abuelos (paternos y maternos), pasando por sus padres hasta llegar en última instancia a Don Álvaro Figueroa y Torres. A partir de este instante, los aspectos más personales ceden terreno ante aquellos otros de índole histórica y política. Mediante esta exposición cronológica ordena el contenido a través de una serie de etapas fundamentales: Restauración canovista, dictadura del general Miguel Primo de Rivera, II República y primeros años del franquismo.

El conde de Romanones contribuyó en gran medida a la consolidación de la Restauración, periodo en el que ocupó numerosos cargos de trascendencia y fue referente del Partido Liberal. En efecto, observamos una actividad parlamentaria intensa, tanto en el Ayuntamiento de Madrid como cuando estuvo al frente del gobierno, que el autor refleja de manera pormenorizada. Sin embargo, también apreciamos un deterioro cada vez mayor de nuestro país en todos los niveles (económico, social, diplomático…). Por un lado, en el plano internacional, España ya no era la potencia de antaño (como certificó la derrota militar frente a Estados Unidos en 1898). Por otro lado, a nivel doméstico, la atmósfera de violencia y de tensión social se acentuó. De una manera más concreta, el terrorismo apareció de la mano del anarquismo y su máxima de propaganda por el hecho, sobresaliendo los magnicidios de Cánovas del Castillo, Eduardo Dato y José Canalejas.

La incapacidad del “turnismo” para dar respuesta a las demandas que planteaba la sociedad, unido al mencionado clima de violencia, provocaron el inicio de una etapa especialmente convulsa, susceptible de simplificarse en el binomio dictadura-II República. Con respecto al primero de los acontecimientos, Romanones siempre mostró su rechazo a la figura y a lo que implicaba el general Miguel Primo de Rivera (al contrario que ciertos sectores del socialismo encabezados por Largo Caballero, cabe apuntar). En lo que atañe al periodo republicano, sufrió las consecuencias de la violencia sectaria de la izquierda, logrando escapar con vida. En este sentido, durante los conflictivos años 30, su actividad política fue muy limitada, todo lo contrario que su producción intelectual, una tendencia que incrementó durante la década de los cuarenta.

Con todo ello, Romanones representó un político orientado a la acción, ajeno a posturas más plácidas que, a buen seguro, le hubieran evitado críticas, reproches y persecuciones. Así, mientras estuvo al frente del Ayuntamiento de Madrid, apostó decididamente por la creación de un cuerpo de Bomberos; cuando fue ministro de Instrucción, revitalizó los ingresos de los maestros. Finalmente, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, a pesar de la neutralidad por la que se decantó el gobierno, él se mostró cercano a la causa de Inglaterra y Francia, como reflejaron algunas columnas escritas en la prensa. Por último, frente al revanchismo republicano de 1931, defendió la figura de Alfonso XIII, como más tarde haría con la de Don Juan, si bien esto último lo hizo desde postulados realistas, pues era consciente de la imposibilidad del retorno de la monarquía en el corto plazo.

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