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TRIBUNA

Mandar a hombres libres

Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 11 de junio de 2021, 20:15h

En una democracia auténtica el poder político, egresado de los comicios respectivos, manda sobre hombres libres, y este tipo de mando en nada tiene que ver con el mando que tiene el capitán sobre sus soldados, o el mando que el antiguo amo o “dominus” tenía sobre sus esclavos o “servos”. Y acontece que los políticos españoles no han sabido nunca mandar sobre hombres libres porque no ha interesado nunca educar democráticamente a los españoles. Este contexto fatal para la libertad política supone que España esté constantemente en peligro de caer en una dictadura, roja o no, a consecuencia de que mantiene una sociología predemocrática. Y mientras en las instituciones educativas, colegios, institutos o universidad, no se enseñe a mandar y obedecer como hombres libres, como ciudadanos de una Democracia, España estará varada en este peligro primitivo, de hacer como que se vive en una Democracia sin modales democráticos, y que de vez en cuando se revele la verdad de las cosas con patadas a la barriga al pueblo.

El gobierno ahora se entromete a sangre y fuego en los hogares de los españoles para decirnos cuándo tenemos que poner la lavadora, el lavavajillas y cuándo, en fin, apagar o encender la luz. Algunos analistas políticos llaman a este entrometimiento magna hipocresía ante la subida de la luz, pero yo creo que de hipocresía no tiene nada, que no es una mentira homenajeadora de la virtud, de lo que debía ser, desgraciadamente, sino que esta obligatoriedad uniformadora va en serio, en un intento de prohibir la privacidad de nuestras vidas, pues que todo ámbito privado, por pequeño que sea, puede constituir un rinconcito de rebelión contra el despotismo rojo de esta dictadura que nos asola.

Es verdad que los romanos, mediante las llamadas leyes suntuarias y las decisiones de los censores, reglamentaban completamente la vida de los ciudadanos cada vez que salían de casa, imponiéndoles el tipo de vestimenta, de calzado, de transporte – a pie o no, dependiendo sólo de la edad y el estado de salud -, estableciendo la cantidad de comida que podían comer y la cantidad de vino que podían beber, cuánto se podían gastar en una boda o en un banquete – los políticos en ejercicio jamás podían acudir a un banquete, lo que bajaba sin duda el número de gilipolleces políticas – o quiénes podían llevar anillos en sus manos. Ciertamente la República, en un deseo sincero de búsqueda de la moderación y la igualdad, intentaba con esta densa y enmarañada reglamentación que los ciudadanos se diferenciasen lo mínimo por la calle, de suerte que nadie pudiera diferenciar en el ámbito público quién era rico y quién era pobre, quién fuera de Roma era general y quién centurión. Pero jamás las leyes suntuarias – la “libertas Romana” no lo hubiera permitido – ordenaron la vida en el interior sagrado de las casas romanas, que eran, además, las iglesias familiares de los romanos, en donde se veneraban a los dii familiares, a los Lares y a los Penates. Cada romano no pertenecía a una familia por la sangre, sino por la religión, por los dioses familiares a los que adoraba. Y es por ello que en su “domus” cada romano, como “dominus” que era, podía comer lo que quisiera, beber lo que quisiera, vestirse como quisiera, acostarse con quién quisiera y vivir como quisiera. Y esa saludable tradición de privacidad llegó hasta la aparición del comunismo, ese Gran Hermano que prohíbe toda vida privada, acusándola de prejuicio burgués y reaccionario.

No hay mayor aspiración para un marxista de raza que la aniquilación de toda vida privada, pues que donde haya una vida privada allí está el peligro de rebelión contra el gobierno totalitario, que sabiamente pilota nuestros encendidos y apagados, nuestros pensamientos y deseos, nuestros placeres y sufrimientos domésticos. El gobierno como la remozada y siempre perdurable Oreja de Dionisio. No estamos desbarrando ni es una exageración. Basta leer a grandes marxistas como Louis Althusser, Herbert Marcuse o el mismo Lenin. Y el marxismo actual, al ser más chabacano y montaraz, es más brutal y más bárbaro, sin matices. Grandes tiempos aquellos en que el marxismo en España era defendido por intelectuales de la talla de un Manolo Sacristán o del zamorano Manuel Ballestero, o del pacífico y dulce bilbaíno Carlos París, o del inolvidable Faustino Cordón. Hoy tenemos a Monedero. Y aquel eurocomunismo de verbo sosegado se ha tornado ahora en comunismo latinoché con el contundente argumento de reventar de una patada el estómago de un septuagenario canceroso de derechas. Intelectual proeza sólo comparable a las hazañas intelectuales de Himmler. Y es que no paramos de mejorar, como dice Ramón Pérez-Maura. La cultura siempre suaviza incluso a las dictaduras, porque las llena de matices, de excepciones y hasta de paréntesis.

Todo ideal noble lo pervierte el bárbaro comunismo actual, como aquella conquista liberal de la emancipación femenina, que el marxismo lo ha sustituido por el empoderamiento, que no sólo no es lo mismo sino todo lo contrario, pues que lejos de liberar a la mujer de toda atadura ( emancipación ) la convierte en instrumento de combate para bien de los ideales inmarcesibles del Partido. En el fondo hay una vuelta al rousseaunismo del feminismo actual. Fabricar mujeres para construir el paraíso socialista. Las analogías entre madre y monja, la casa y el convento decían mucho sobre el ideal femenino de Rousseau y sus contemporáneos. El sacrificio y la reclusión eran sus señas de identidad. Fuera de este modelo, no había salvación para las mujeres. El ejemplo de Sophie o Julie de Wolmar es prueba de ello. La primera abandona su hogar, se va al mundo y abandona el suyo. Lo pagará con su virtud y su vida. La segunda, por el contrario, redime un pecado de la juventud convirtiéndose en una esposa y madre admirable.

La advertencia de Rousseau es clara: el único destino femenino posible es reinar sobre su "interior". La mujer debe abandonar el mundo "exterior" del hombre so pena de ser anormal e infeliz. Debe saber sufrir en silencio y dedicar su vida a sus seres queridos, porque esta es la función que le ha asignado la naturaleza, su única posibilidad de felicidad. Tal es el discurso dominante durante la Revolución Francesa, incluso entre aquellos que dicen ser los republicanos más feroces. Amar, Prudhomme, Chaumette y los demás se llaman a sí mismos fuertes y claros desde la perspectiva de Rousseau. Prudhomme se burla de las teorías del liberal Condorcet en nombre de sus tesis ideológicas. Quería una mujer como instrumento “para”, jamás emancipada y libre, como quería Condorcet gracias a la instrucción pública. Las feministas de hoy son rousseaunianas sin saberlo. Las buenas podemitas votan lo que votan sus maridos. “Pourquoi les femmes voteraient-elles puisqu´elles ont, par definition, les mêmes opinions que leurs époux?” Detestan las mujeres libres, porque son más difíciles de mandar.

Martín-Miguel Rubio Esteban

Doctor en Filología Clásica

MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín

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